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12 diciembre 2011 1 12 /12 /diciembre /2011 08:22

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El director rumano Rudo Mihaileanu sabe muy bien lo que hace, a pesar de que su película "El concierto" parece un producto incoherente en el que nadie sabe si echarse a llorar o lanzar una carcajada o, como suele suceder en esta película, las dos cosas en sucesión. Pues bien, ese efecto de ambigüedad temática es, para mi, uno de los logros del director, ya que la historia que nos cuenta, aparte de inverosímil y disparatada --lado en el que nacen las carcajadas-- es inteligente, intimista y crítica.

Juzguen ustedes: Andrei Filipov  (Alexes Guskov, un actor que todo lo intenta decir con la mirada, ya que lo demás de su rostro es hierático) fue hace treinta años uno de los mejores directores de orquesta de la Unión Soviética, en la que dirige la Orquesta del Bolshoi. Es la época de Breznev y los músicos judíos son despedidos por razones politicas  y raciales de su trabajo y enviados al gulag. Filipov apoya a sus músicos y critica a Breznev, lo que le vale el ostracismo y ser reducido al empleo de limpiador en el mismo Teatro que dirigió, tras una durísima y capital escena en la que un comisario político irrumpe en el teatro del Bolshoi en pleno concierto (de Thaikovsky), le rompe teatralmente la batuta a Filipov y anuncia que es un enemigo del pueblo y por esa razón es cesado en ese humillante momento.

Pasan treinta años y un dia, mientras limpia el despacho del jefe, se recibe un fax procedente del Teatro de Chatelet invitando a la orquesta oficial a dar un concierto en París. Andrei concibe la descabellada idea de reunir a sus antiguos compañeros de la orquesta--que sobreviven como pueden haciendo las más míseras labores, sin haber vuelto jamás a ensayar con sus instrumentos o actuar,  e ir a Paris en vez de la auténtica orquesta del Bolshoi.

 ¿Cuales son las razones que esgrime para llevar a cabo tan absurda e irrealizable idea? Bien, ahí no debo entrar. Sólo les puedo desvelar que el deseo de ir a tocar en Paris está unido a esa historia del despido de los judios y del concierto de Thaikovsky tan dramáticamente interrumpido.

Bajo un ambiente surrealista y equívoco, Mihaileanu va pasando con  soltura del drama racial y político, a la comedia desenfrenada, de la tristeza, la humillación y el dolor  a la carcajada, al humor grueso, al jolgorio más absurdo, al drama romántico y a un improbabilísimo final feliz, aderezado con un sentimentalismo facilón (que a veces logra el milagro de hacerse pura ternura).

Como colofón de la arriesgada propuesta, el final de la pelicula es la interpretación casi integra del Concierto de Tchaikovski. Aunque lamentablemente el director sigue mostrándonos algunas escenas del triunfo de los represaliados músicos, que hubieran debido ser arrinconadas a los titulos de crédito, para dejar el climax final con el término apoteósico del concierto.

Tal como apuntaba, en su dia, ese magnifico critico llamado Juan Zapater, la visión de esta cinta lleva al espectador cinéfilo a recordar al menos dos títulos anteriores. el "Good Bye, Lenin!" para todas las  secuencias que nos muestran a la Rusia de hoy, bajo una visión crítica pero no sangrienta (excepto en lo referente a la mafia detestable de los nuevos ricos de la sociedad rusa post sovietica) y, en la parte parisina, a "Los chicos del coro" (secuencias en las que hay un exceso de tópicos amables referentes a gitanos, eslavos, burgueses e intelectuales franceses).

 

Película divertida  a la que no hay que pedir más de lo que es, una comedia embutida en un traje dramático, con guiños  a la lamentable historia politica   del siglo XX en clave de humor sarcástico y con un objetivo romántico y sentimental. Para conseguir ese objetivo el director echa mano de un hada madrina que le resuelve vía "buenos sentimientos y corazón generoso" hechos absolutamente inverosímiles. No nos la creemos pero lo pasamos bien.

 

 

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11 diciembre 2011 7 11 /12 /diciembre /2011 08:53

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Robert Redford, además de ser un actor-icono del cine norteamericano del siglo XX y comienzos del XXI, es un director sensible y de clásica factura que se atreve a tratar temas tan delicados como el papel ridículo de cierto senador en las guerras de Oriente Medio comprometiendo la política exterior norteamericana ("Leones por corderos"), en clave de humor, o de la actual "La conspiración", un drama judicial en el que se dilucida, ahí es nada, la múltiple autoría del asesinato de Abraham Lincoln en 1865, recién acabada la guerra Norte-Sur, un crimen que traumatizó a toda una nación.  

Asistimos brevemente al asesinato del presidente Lincoln por el actor John Wilkes Booth (Toby Kebbell) durante la representación de una comedia en un teatro de Washington y a esos primeros momentos de sorpresa, conmoción, dolor y rabia (que a muchos nos recordó el de J.F. Kennedy) y la búsqueda intensa de los que ayudaron al actor a cometer el crimen. Entre esas personas una mujer, Mary Surrat, (Robin Wrigth, sencillamente una revelación) cuyo evadido hijo es uno de los conspiradores  y cuya defensa se encomienda a un abogado, ex capitán herido en la muy cercana guerra civil, James McAvoy (también una actuación brillante).

No importan los motivos, ya se sabe que el asesinato fue planeado y ejecutado por personas del vencido sur, exmilitares y ciudadanos, aquí Redford nos plantea un filme del género judicial, tan cuidado por los norteamericanos. Sin embargo, aunque la mayoría de las secuencias se desarrollan en la sala del tribunal, entre interrogatorios a testigos e intervenciones de jueces --todos militares-- fiscal y abogado, Redford logra con el montaje de otras secuencias paralelas y el flash back que el ritmo no decaiga en ningún momento.

Las pruebas presentadas contra la viuda, que regenta una casa de huéspedes, donde se reúnen los conspiradores, invitados por el hijo de la mujer, van mostrando no sólo la endeblez de su relación con el crimen, sino el amaño y manipulación de testigos para lograr una culpabilidad que permite, por razones de Estado, terminar con todos los asesinos --excepto el hijo de la viuda-- de un sólo golpe, como escarmiento y aviso de que el recién nacido Gobierno de la nación no tolerará ninguna maniobra más del Sur.

Lo cierto es que el planteamiento es de alto calado: la necesidad de que la justicia sea prioritaria ante el interés de estado o las ansias de venganza. La búsqueda de la verdad como objetivo absoluto y la denuncia de las maniobras orquestadas para evitarla, en defensa de su oportunidad o de la adecuación a las circunstancias --el mismo abogado, un héroe de guerra, deberá abandonar la profesión tras el juicio por la condena en paralelo que socialmente se hace a su persona por defender "a una asesina del presidente", cuando todas las evidencias apuntan a que la señora Surrat es inocente (conclusión a la que llega el jurado militar y que es invalidada por el presidente en funciones, que firma la orden de que sea ahorcada junto a los demás).

¿Defectos? Uno y bastante sólido. La falta de brío narrativo, de emoción gradual, de un ritmo acorde con las emociones del momento, una coherencia que no suele darse en la vida real pero que en un drama cinematográfico es vital: adecúa la emoción de lo que se narra con el tirón que se ejerce sobre el espectador. Resonancia emocional, se llama eso. Y a Redford le falta. Me pregunto qué hubiera hecho otro grande del cine Clint Eastwood. Casi no tengo dudas que nos hubiera llevado gradualmente a un climax final que en esta ocasión pasa inadvertido, a pesar de que el tema, el primer magnicidio que afrontaba la muy joven nación, lo merecía de sobras. Recordemos que se recortaron los derechos civiles y se instauró el estado de excepción para un país que acababa de constituirse y mantenía un respeto sagrado por la Declaración de la Independencia y los derechos humanos que ésta defendía.

Redford sigue siendo fiel al compromiso humano , ético y político que ha marcado casi toda su filmografía y no sólo como actor. Pero a menudo, como ocurrió con la citada "Leones por corderos" (de 2007), ese compromiso es demasiado pedagógico, con cierta ambición documental, y eso  lastra la película lo suficiente para que se resienta el ritmo, siendo como es, que todos los demás elementos del producto, fotografía, ambientación, color, actuaciones y detalles de técnica cinematográfica, rozan la perfección. Eso sin olvidar las semejanzas y paralelismos entre la hecatombe nacional que produjo el 11-S y el magnicidio de "La conspiración". En ambos casos el afán de venganza ha prevalecido sobre los ideales democráticos del país y su legislación. Redford nos propone un examen de conciencia (al conjunto de su país y al Gobierno que amparó las medidas de excepción) sobre la fragilidad del estado democrático de derecho, eso sí disfrazado los recortes a los derechos civiles con las más emocionantes palabras y razonamientos dichas en nombre de los ideales que defiende la Constitución americana. Las intervenciones del secretario de Estado Edwin Stanton (un magnífico y casi irreconocible Kevin Kline. muy alejado de sus papeles humorísticos) que amañó el proceso y las del senador "sospechoso" de simpatía con el Sur--Tom Wilkinson--, en el otro polo de las discusiones sobre justicia y verdad, dan a la película una densidad formidable.

No se la pierdan. Y ni una sola de las secuencias en las que actúa Robin Wright. 

 

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10 diciembre 2011 6 10 /12 /diciembre /2011 08:56

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Nuevamente la guerra civil entra en las pantallas españolas. Esta vez tratando de buscar un enfoque distinto. Recién acabada la contienda, la película se centra en las mujeres, las novias, compañeras, hermanas, amigas, madres de los combatientes, de los vencidos. Es como una extensión temática de "Los girasoles ciegos" o de "Pa negre" que, por cierto compitió y ganó merecidamente en la carrera hacia la representación del cine español en los Oscar. En la primera, dirigida por José Luís Cuerda y basada en la novela de Alberto Méndez, asistimos a la difícil postguerra de Elena (Maribel Verdú) esposa de un "topo", un maestro (Javier Cámara) escondido en un zulo casero, asediada por un diácono militar que la pretende creyéndola viuda. En la segunda, una madre de familia catalana envuelta en un crimen también en la misma época, enfrentada al ambivalente esquema ético de su hijo, otra víctima de esos tiempos. Y ambas mujeres, sujetas al férreo y devastador machismo de los vencedores en nuestra incivil guerra.

 

 

En "La voz dormida", dirigida por Benito Zambrano (el director de aquella demoledora película sobre mujeres que fue "Solas") y basada en una novela de Dulce Chacón, se recoge los testimonios de las vidas de  dos hermanas, una, Hortensia (Inma Cuesta), presa en la cárcel de mujeres de Ventas, compañera de un miembro del maquis y la otra, Pepita (María León), que llega del pueblo a Madrid en 1940 para servir en la casa de un médico represaliado y su esposa, franquista.

 

Bella, formal, ortodoxa factura cinematográfica de Zambrano, que logra dar dramatismo y verosimilitud a la vida carcelaria y a la del Madrid aún convaleciente de las heridas de la guerra, donde la prepotencia de los vencedores se auna al clima de miedo a las represalias y la indefensión de los "otros". Volvemos a vivir aquí una red de relaciones femeninas inserta en un ambiente represivo, cruel, inhumano, donde los fascistas vencedores, en un clima de complicidad de la sociedad civil, con el omnipresente ejército y la policía, más las instituciones carcelarias y la misma iglesia, configuran un ambiente sórdido y arbitrario donde las torturas y las humillaciones son el pan nuestro de cada día.

Sin embargo, la historia a pesar de su trágica contundencia no logra conmovernos en demasía, suena un poco a más de lo mismo, un poco excesivo el mensaje básico de la izquierda convertida en mártir, con alguna secuencia de fuerza cinematográfica inusitada (como la de la llegada de Pepita al pueblo donde debe contactar con el maquis, en el que la guardia civil preseta en la plaza del pueblo, expuestos, de pie en sus propias cajas, a los guerrilleros muertos para que la población se asuste y no de cobijo a los que quedan en el monte: nos recuerda la secuencia de "Sin perdón" de Clint Eastwood, con el cadáver de Morgan Freeman expuesto en la entrada del "saloón" del pueblo.

Hay demasiada insistencia en la polaridad siniestra de unos y la heroicidad de los otros, una demanda permanente de complicidad y empatía al espectador, que resta méritos a la propuesta, haciendo a esta película demasiado panfletaria, cuando el drama de esas mujeres, por sí mismo, nos hubiera conmovido sin tanta insistencia.

Pero nadie puede criticar el magnífico trabajo de las dos actrices protagonistas, tanto María León como Imma Cuesta: se puede decir que todo el valor intrínseco de la película reposa en ellas, un recital de autenticidad y garra dramática, en las miradas, en los gestos, en las voces, en la sola presencia de ese par de mujeres desvalidas pero fuertes e íntegras.

Quiero decir que este cine, tan emotivo para cuantos hemos vivido épocas más cercanas a aquella guerra demoledora (los nacidos de los cincuenta hasta los ochenta) incide en nuestra cercana experiencia familiar, sabemos más o menos de qué nos hablan, es la generación de nuestros padres, pero ¿qué ocurre con los jóvenes para los que la guerra y Franco no son más que colegas de los dinosaurios o poco más? Para ellos sólo cuenta la fuerza que logran imprimir esas dos actrices en una historia que nos les debe sonar mucho.

 

También el resto de actrices secundarias que arropan la vida carcelaria, dan una estampa bastante verídica de aquellos horrores, promoviendo momentos de una ejemplar garra dramática (así, la secuencia carcelaria en la que las internas, firmes y en filas, deben besar una a una los  pies de un Niño Jesús de porcelana).

 

Película notable, quizá reiterativa en el panorama español, pero con una innegable buena factura que merecía haber sido mejor tratada por la publicidad de las distribuidoras y por la crítica y el público.

El romance entre Pepita y Paulino (Marc Clotet) está metido con calzador en el drama de Hortensia, la hermana encarcelada que va a tener un hijo en la prisión y que Pepita trata de rescatar para evitar que sea uno más de los niños "desaparecidos" de las reclusas.

La factura técnica de la película es impecable, de un academicismo formal innegable que da cierta frialdad al conjunto, lastrado por el "mensaje" ideológico que propone que, repito, siendo históricamente admisible, a estas alturas requiere un tratamiento más emocional, menos "políticamente correcto", tratando de hacer un cine que atraiga a los espectadores de hoy, sin abusar de un documentalismo que ya no toca. La propuesta argumental es lo suficientemente poderosa (el grupo de mujeres de la cárcel tiene una fuerza interpretativa de gran calado: Ana Wagener, Lola Casamayor, Berta Ojea, Susi Sánchez, entre otras) como para haberse centrado más en los dramas personales que en la pintura social y política de una época, gracias a Dios ya en un pasado algo remoto, siniestra.

 

 

 

 

 

 

 

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9 diciembre 2011 5 09 /12 /diciembre /2011 16:36

"Un amor de Swann" es el nombre de la segunda parte del primer libro de "En busca del tiempo perdido", la obra maestra de Marcel Proust. La primera se titula "Combray" y narra la infancia de Marcel, sus veranos en la villa de Combray y las personas que entonces formaron parte de su vida, comenzando por su madre adorada, por su padre, autoritario y enigmático, por la inefable criada Françoise y por la abuela, verdadera educadora sentimental y cultural del sensible niño, así como por los amigos de sus padres entre los que destacaba el señor de Swann, delicado, extremadamente culto, aristocrático y al tiempo sencillo. En esta segunda parte, Proust retrocede a unos años antes de nacer él y nos relata a conciencia la vida de Swann y sobre todo su enloquecido amor por Odette de Crezy, una cortesana de vida más o menos licenciosa que acabará siendo la esposa de Swann ante el escándalo y rechazo de la sociedad a la que éste pertenece por nacimiento y fortuna.

En el fascinante retrato psicológico que Proust hace del proceso del enamoramiento de dos personas, del climax amoroso y del gradual desencanto y miserias de un amor acabado el lector asiste entre el asombro y la plenitud literaria a comentarios, observaciones y descripciones que, a mi parecer, se encuentran entre las páginas de más altura de la literatura amorosa de todos los tiempos.

En la acertada y valiosa traducción de Carlos Manzano, les adjunto un largo párrafo --a la peculiar manera proustiana-- que muestra la agudeza psicológica y humana del gran Marcel:

"De todos los modos como sobreviene el amor, de todos los agentes de diseminación del mal sagrado, uno de los más eficaces es...ese gran arranque de inquietud de que a veces somos presa. Entonces la suerte está echada: la persona con la que estamos en ese momento es aquella a quien amaremos. Ni siquiera es necesario que nos gustara hasta entonces más que otras o incluso tanto, sino sólo que nuestro gusto por ella se vuelva exclusivo. Y esa condición se cumple cuando a la búsqueda de los  placeres que su encanto nos brindaba substituye bruscamente en nosotros --en el momento en que ella nos falta-- una necesidad ávida cuyo objeto es esa persona misma, una necesidad absurda que resulta imposible de satisfacer y difícil de curar en razón de las leyes de este mundo: la insensata y dolorosa necesidad de poseerla".

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9 diciembre 2011 5 09 /12 /diciembre /2011 08:23

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No es, desde luego, una obra emblemática de la dormida voz de las mujeres del "otro bando" tras el final de la guerra civil española, pero es una novela muy digna, escrita con el corazón y que, mejor aún que la película, refleja el silencioso tormento de las mujeres de toda edad relacionadas con los vencidos y también con los vencedores. "La voz dormida" de la malograda poeta y novelista extremeña Dulce Chacón (1954-2003) puede considerarse representativa de la labor de autores que no vivieron la guerra pero que a través de referencias familiares o de propia y comprometida investigación han creado obras de denuncia literaria sobre una situación injusta y humillante, cuando no cruel e inhumana. Y no sólo hablo de las llamadas "individuas rojas", sino de las mujeres no significadas, por lo tanto pertenecientes a la mayoría femenina silenciosa, franquista o no, que vieron reducidos sus derechos por una ideología que preconizaba la figura de la resignada madre de familia y ama de casa ejemplar por encima de cualquier otra consideración, haciendo de las mujeres seres bajo la tutela casi permanente del varón, sea el padre o el marido. Con el advenimiento del franquismo la marcha de las mujeres hacia una plenitud de derechos que había comenzado con la República quedó frenada durante decenios.

Las obras de Dulce Chacón mantienen una tónica de apoyo, compasión y denuncia de la situación de los más débiles, pero con especial incidencia en las mujeres, ya sea contra el maltrato o a favor de la vida propia, el derecho a "la habitación propia" como diría Virginia Woolf, como en "Algún amor que no mate", "Cielos de barro" o "Háblame musa de aquél varón". En la obra que nos ocupa, la fuerza y dinamismo de los hechos, la economía de medios con que se expresa la voz narradora, la austeridad y concisión de la narración, hace de "La voz dormida" una novela de sentimientos desnudos, un libro donde la feminidad es un elemento permanente que envuelve al lector no sólo destacando la angustia de una situación sino creando un escenario desgraciadamente real, histórico, en el que la irritación y una cierta incredulidad ante tamaño desafuero provocan en el lector vergüenza y rechazo y el deseo vivo de que jamás vuelva a pasar este país por semejante horror.

El amor bloqueado por la guerra entre Hortensia y Felipe, con la prisión y fusilamiento de ella y el de su hermana Pepita por un maquis, Jaime, el "Chaqueta negra", al que conoce en sus labores de recadera entre Hortensia y su marido, un amor que debe esperar –y lo hace-- durante décadas a la vuelta del exilio y después de la cárcel, es el trasfondo sentimental que subyace en la novela. Aunque la verdadera protagonista es la situación femenina, la de las amigas, compañeras, novias o esposas de los vencidos (las de los "vencedores" y la mayoría silenciosa y apolítica, volvieron a la categoría de sumisas "reinas del hogar", por tanto en el fondo a una situación semejante a la de sus compañeras, bien que menos agresiva y cruel).

Por tanto la lectura de esta novela nos adentra en la vida de las mujeres españolas, las más desfavorecidas en un país especialmente atrasado. Recordemos que a principios del siglo XX, el 71% de las mujeres españolas eran analfabetas (por el 55% de hombres) y justo antes de la guerra la situación era de un 47% y un 37%. La República y el comienzo de la guerra dieron un efímero empujón a la mujer, cuya imagen –la miliciana, le enfermera—adquirió tintes heroicos y buscaron una igualdad con el hombre al menos en el aspecto icónico más que en el real. Por primera vez desde Agustina de Aragón, un puñado de mujeres se hicieron populares por hechos de armas, Lina Odena, Casilda Méndez o Rosario Sánchez, "la Dinamitera", aunque la mayoría acabaron realizando labores de cocina, sanitarias, correo, enlaces, asistencia social, educación, fábricas de munición, etc.

Sus compañeras del otro lado habían vuelto a ser piezas del sistema patriarcal tradicional que exigían los "nacionales". Familia, hogar y labores asistenciales y de "caridad" para las más favorecidas. Desde abril de 1937 con la Sección Femenina de Pilar Primo de Rivera ya se marcaban las pautas de conducta oficiales para las mujeres españolas en la que se entendía la feminidad como un campo cerrado y siempre subordinado al del hombre.

El fin de la guerra marcará un agravamiento de la situación femenina en el país. Ya que a la represión violenta que se desencadenó contra el bando vencido, en el caso de las mujeres se utilizó otra insidiosa y humillante, los rapados, violaciones, robos de hijos, extrañamientos sociales, malos tratos y medidas tan retorcidas como impedir a las viudas o huérfanas de caídos "rojos" que pudieran llevar luto por sus seres queridos y todas ellas ser reducidas a un estado de miseria extrema. De esa situación desesperada no suelen hablar los historiadores y apenas si hay rastros en los archivos. Por esta razón es tan importante que sean los novelistas, como Dulce Chacón, quienes aviven la memoria de aquéllas mujeres desdichadas que, con algunas pocas excepciones, sólo penaban el "delito" de tener relaciones de familia o sentimentales con los "vencidos". Por lo tanto no sólo padecían represalias vergonzantes por ser "rojas" sino también por ser mujeres. Es la patética "ejemplaridad" a la que tan aficionado era el régimen de Franco: debían ser borradas de la memoria, tras haber sido humilladas hasta extremos difícilmente imaginables.

La novela de Dulce Chacón acaba con el reencuentro de Pepita y Jaime, a la salida de éste de una reclusión de 19 años. La autora no adjetiva. Narra de forma telegráfica, contundente, austera, el encuentro entre esas personas. "¿Has esperado mucho tiempo?" le pregunta él, refiriéndose al retraso con el que en ese día han tardado en dejarle libre. "El que ha hecho falta" le contesta simplemente ella recogiendo todos los años que ha esperado, cuidando al hijo de su hermana, sola y paciente. Para dar una idea de la realidad documental que subyace tras la novela, Dulce Chacón nos habla de la Pepita real "cordobesa de ojos azulísimos" y nos revela que Jaime murió pocos años después, el 29 de abril de 1971, junto a ella, poco antes de que la policía fuera a buscarlo para encarcelarlo como "sospechoso habitual" y así evitar que se sumara a las manifestaciones del 1º de mayo. Ella recibirá a los policías, con su marido de cuerpo presente, con un lacónico: "Pasen y pueden llevárselo".

El resto de los "agradecimientos" de la autora forman un plantel en el que se suman algunos hombres, hijos y sobre todo abnegadas mujeres que sufrieron cárcel, humillaciones y represión, cuando no la muerte (se cita a las Trece Rosas, objeto ellas de un libro y también de una película) y testimonios obtenidos desde un miedo aún en estos tiempos real como el de "una mujer que no quiere que mencione su nombre ni el de su pueblo y que me pidió que cerrara la ventana antes de comenzar a hablar en voz baja" .

No es pues, repito, "La voz dormida" la más significativa de las obras escritas sobre las mujeres durante y tras la guerra civil, pero es una novela a tener en cuenta y que puede dar sobre todo a los jóvenes, chicos y chicas, una idea de lo que fue, de un pasado vergonzante, una de las exigencias psicológicas que pueden ayudar a evitar un futuro semejante.

 

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8 diciembre 2011 4 08 /12 /diciembre /2011 09:11

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A veces las comedias están estructuradas en torno a una dilema ético de importancia y nos cuentan y muestran las gracietas del cómico de turno pero en todo momento, subterráneamente, de una forma sutil, sigue planteado ese dilema fundamental al que casi todas las personas se enfrentan una o más veces en el transcurso de sus vidas. Generalmente la comedia no resuelve el problema, que queda aleteando como una mariposa insomne, pero al menos nos reimos y nos decimos, "¿por qué no?, quizá sea esta una forma de afrontarlo". Uno de esos dilemas esenciales de los que hablo y el que subyace en esta alocadísima comedia dirigida por Ron Howard, es el de la sinceridad, la honestidad y la verdad en las relaciones humanas, cuando es el momento de plantear esa verdad, si no es mejor callarse, cuáles son los daños colaterales que la sinceridad siempre causa y si vale la pena pagar tan alto precio por esa verdad que castiga a una persona generalmente la más inocente y, en fin, si estamos autorizados a meternos en la intimidad de otras vidas para salvaguardar esa verdad. Salvando las distancias me recuerda al Ibsen de "El pato salvaje" aquella durísima alegoría en la que un fanático de la sinceridad desvela verdades celosamente guardadas durante años a una familia provocando la ruina de ésta y como colofón el suicidio de una niña.

Ese magnifico actor que es Vince Vaughn es el sujeto protagonista del dilema: ha visto como la mujer de su amigo Kevin James, socio suyo en una empresa que pasa el momento más delicado de su existencia, tiene relaciones inequívocas con un joven. ¿Qué hacer? La leniniana pregunta le deja atónito. ¿Debe contarle a su mejor amigo que su esposa adorada le engaña? ¿Una tal revelación no pondría en peligro el futuro de su empresa que tanto depende del trabajo de su amigo? ¿Tiene derecho a no inmiscuirse? A partir de ese momento la vis cómica de Vaughn se dispara, una trepidante cascada de sucesos caóticos y desternillantes van sembrando la historia hasta su desenlace: el momento de la verdad. Para llegar a ese momento Vaughn ha sembrado desconcierto, destrucción, desconfianza y situaciones ridículas y agresivas hasta límites casi patológicos. La secuencia que rodea la fiesta en homenaje a los padres de su novia, con el brindis patoso y casi insultante que Vaughn hace delante de todos, roza la incorrección más asalvajada.

Hay que anotar las interpretaciones casi vodevilescas de una Queen Latifah, en su papel de ejecutiva de la firma de automóviles, con sus referencias sexuales incontinentes, casi al otro lado del espectro de la actuacion de Jennifer Connelly que parece pensar que todo aquello no va con ella.

El final, muy previsible, y el desentono adormecedor de la trama una vez desvelada la infidelidad, van quitando puntuación de calidad a la película que, salvo algunas secuencias de un humor corrosivo, no pasa del aprobado justito. Es decir, cine para la tarde del domingo, para ver con la pareja e ir comprobando de qué forma se rie ella (o él)  ante ese problema común de la sinceridad.

 

 

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7 diciembre 2011 3 07 /12 /diciembre /2011 08:16
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Tate Taylor dirige "Criadas y señoras" con la amabilidad tono pastel de las películas de los ochenta, aunque la época retratada es un poco anterior. Tanto la ambientación como el aspecto de los personajes y su vestimenta están magníficamente reflejados y uno tiene la sensación agradable de estar viendo una película de los años sesenta que por un milagro surge en un color y una estética de filmación rabiosamente modernos. Tan modernos, ay, que el espectador avisado termina encontrándose con la sensación de estar viendo un telefilme de gran presupuesto, eso sí.
Se nos narra un conflicto racial que es también un duro conflcto de clases y, en el fondo de todo, el nacimiento de una escritora, una joven periodista que decide involucrarse en aspectos de su sociedad que ella rechaza y le parecen injustos. Hablamos de racismo, de explotación de los negros en un estado del sur de los Estados Unidos y de una época en la que todo eso estallaría desde el uso conjunto de los autobuses urbanos, a las universidades, pasando por los derechos de las criadas en las señoriales mansiones de la clase alta blanca (por cierto, la legislación de aquél tiempo condenaba con cárcel a quien osara escribir en un medio de acceso público que las dos razas tenían los mismos derechos, algo impensable para un país que, cincuenta años mas tarde, tiene un presidente negro).
Taylor se basa en la novela de Kathryn Stockett, "Criadas y señoras" --un best seller del año 2009-- pero lo hace limando asperezas, tendiendo una mano amable y con humor para aligerar la descarnada situación dramática con la que ambas partes, negros y blancos, vivían una situación cada día más explosiva, con elementos como el Ku-Klux-Klan haciendo salvajadas y la sociedad bienpensante admitiéndolo como un "mal menor" ante la presumible pérdida de sus privilegios. La secuencia en la que la madre de la protagonista, una excelente mujer por otra parte, despide a la criada negra que le crió a ella y a su hija por mantener el aprecio del grupo social al que pertenece, es un modelo de concisión y eficacia dramática. Pero poco más hay de eso en el resto del excesivo metraje de la película.
Si  el director hubiese tratado de hacer un tratamiento realista y documental  de lo que narra, seguramente más que una comedia dramática le hubiera salido una tragedia shakesperiana, en la que la estupidez, mezquindad y crueldad de unos se vería respondida con la brutalidad y la desesperada agresividad de los otros. Pero tal vez entonces no habláramos de la misma película que, por cierto, está titulada originalmente como "The Help" ( "El servicio") un título mucho más irónico y adecuado, ¿no creen? Reducir el drama a la cuestión de que las criadas negras deberían poder usar los lavabos de sus señores ya que están todo el dia cuidando a los hijos de éstos, resulta baladí y denota esa voluntad de no despegarse demasiado del ámbito de la comedia.
 Las actrices (es ésta una película de mujeres, blancas y negras, los hombres están de relleno) desde Emma Stone, la joven irreverente que se atreve a desafiar a su sociedad y su clase por algo que cree injusto, a Octavia Spencer y Viola Davis, dos de las criadas y también a las chicas blancas sometidas al codigo rígido de su clase, Bryce Dallas Howard y Jessica Chatain entre otras, logran hacer absolutamente creíbles a sus personajes y perfilan entre todas una película que conmueve y divierte, a pesar del dramatismo real de la situación. Y esa es una de las notas buenas de esta película: la magnífica dirección de actrices. A la altura de un Georges Cukor.
La película está recaudando una lluvia de millones en Estados Unidos y en Europa lleva una existencia languideciente esperando al mercado de deuvedés. Quizá el secreto está en que para Estados Unidos es una cinta amable que trata de refilón un tema sangrante en el país, aportando gramos de humor y sobre todo elementos y personajes de innegable bondad y comprensión. De alguna forma resulta tranquilizante. Sin embargo fuera del país de las barras y estrellas estamos acostumbrados a ver tratar esa espinosa cuestión del reciente pasado del país, (con rebrotes de lo más sangriento de vez en cuando), con un estilo mucho más descarnado y realista.
La película nos hurta, como era de esperar, información sobre las consecuencias que en aquella sociedad punitiva tendrían las acciones de las negras y su defensora blanca. Todo queda en algo insustancial, una broma social. Y sabemos que eso no es posible. Eso no fue posible en aquéllos lejanos sesenta.
 

 

  

 

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6 diciembre 2011 2 06 /12 /diciembre /2011 10:17

Siempre he sostenido que no se debería hablar de una novela gay o de una novela lesbiana, sino de una novela buena o mala, divertida o aburrida, bien o mal escrita. Escudándose en el subgénero (entiéndase el prefijo "sub" como algo de orden y no de valía) de la narrativa con temática gay, homosexual, masculina o femenina, se perpetran bodrios más o menos infumables, que reciben el apoyo un poco culpable de muchos críticos o comentaristas, sólo porque son de esa temática o esos autores. Es un buenismo critico que trata de compensar las persecuciones y dictados censores del pasado. Me parece de una hipocresía bastante notable. E.M. Forster, uno de los más grandes escritores ingleses (país que ha dado grandes escritores que. además, era homosexuales) tuvo que esperar a dejar este mundo para permitir que se publicara su excelente "Maurice" (que, por cierto tampoco es de las mejores en el conjunto de su obra) donde la temática es descaradamente homosexual. Pero en casi todas sus novelas no hace falta ser un lince para rastrear  el gay perfume en muchos de sus personajes y a veces en el mismo narrador omnisciente. ¿Creen que eso es algo importante en sí mismo? ¿Se debe calificar mejor al Forster gay que al escondido en el armario? Por favor, hablemos de la bondad de una novela o de su falta de rigor o de su lenguaje bello y correcto o de un estilo vulgar y lleno de errores. El sexo no importa. Al menos para desequilibrar la balanza de los valores literarios. He leido reseñas sobre ciertas novelas escritas "in olor a Lesbos" o películas, donde parece atufar esa hipocresía compensadora. Seamos sencillamente sensatos. El palo que debe aguantar la vela del producto literario o cinematográfico no tiene nada que ver con el sexo que se glorifique en él, sino con el oficio en mostrárnoslo y la grandeza, belleza o pertinencia del resultado. Lo demás es ruido.

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6 diciembre 2011 2 06 /12 /diciembre /2011 08:50

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Subir al Moncayo resulta ser uno de los deseos más comunes entre los caminantes y montañeros de Aragón. Pude comprobarlo cuando ascendí a ella y en la cumbre me encontré a un grupo de maños que celebraban con vigor y bastante ruido el coronar cima. Uno de ellos, al darse cuenta de mi extrañeza por semejante alboroto (no es una montaña particularmente alta, 2314 metros, ni difícil de subir excepto en lo más crudo del crudo invierno), se acercó me tendió la bota de vino para que diera un trago y me explicó: "Los aragoneses tenemos en mucha estima esta montaña, es como un símbolo. Como para los catalanes Montserrat o el Montseny. "Nosotros hemos recorrido los Pirineos--continuó-- pero siempre pensábamos en el Moncayo y nunca encontrábamos el momento para venir. Hoy, después de veinte años de hacer montaña, lo hemos subido". Bebí con ellos a su salud y compartí unos frutos secos y unas naranjas, metidos todos en uno de los seis o siete cercados de piedras o refugios que en plena cima pelada impiden que el viento se te meta hasta el alma. Porque el Moncayo es, o suele serlo, la guarida de los vientos.

La leyenda de esta montaña nos habla del célebre gigante Caco, aficionado a lo ajeno, que le robó a Hércules varias cabezas de ganado y las escondió en la cueva de la cercana Ágreda. El semidios localizó al ganado y al ladrón y le castigó enterrándolo por allí. Justamente el Moncayo es lo que quedó del gigante sepultado. Ahora el Moncayo roba el aliento a los montañeros por la pendiente última de subida.

Para hacer esta excursión que puede oscilar entre las cuatro o las seis horas es conveniente disponer de un par de días: uno de acercamiento hasta la localidad de Tarazona, verdadero punto de partida y reposo de todas las excursiones, y el segundo, la subida propiamente dicha, que puede solventarse en una mañana, siempre que uno se ajuste al simple objetivo de coronar el Moncayo y no se deje seducir por las múltiples posibilidades radiales que ofrece todo el macizo y sus alrededores, en un ambiente cercano al de alta montaña.

Un par de horas desde Zaragoza, a las que se debe añadir otras dos si vamos desde la zona del Bajo Aragón o Cataluña, nos lleva, tras pasar por el monasterio de Veruela al Parque Natural de la Dehesa del Moncayo. La pista que lleva desde la carretera de acceso hasta el Santuario de Nuestra Señora del Moncayo está en excelente estado y circula bajo un hermoso bosque de pinos y abetos, hayas, carrascas y robles.

En julio y agosto, hasta mediados de setiembre hay que dejar el coche en los primeros aparcamientos junto al centro de interpretación y comenzar desde allí la subida por un sendero que va cruzando las lazadas de la pista y que en una hora y pico nos lleva, entre el bosque y las fuentes, hasta el aparcamiento superior, cercano al Monasterio que hoy es un albergue con restaurante.

En esta ocasión pude llegar en coche hasta ese último aparcamiento bajo los árboles e hice a pie el ultimo tramo de pista -de tierra- que lleva al albergue para disfrutar del paisaje y calentar los músculos. Justo detrás de los edificios del restaurante empieza el sendero de subida que, muy pronto, se bifurca: a la derecha vamos directos a la cumbre y el de la izquierda tiene el mismo objetivo pero a través del Collado de Bellido y es un par de horas mas largo. El sendero comienza una subida constante bajo los árboles del bosque, con escasas posibilidades de contemplar el paisaje de la inmensa llanura que se extiende a sus pies.

En unos 50 minutos llegamos a una zona abierta, solo quedan algunos abetos, en la que ya vemos la cumbre del Moncayo a nuestra derecha y el maravilloso Circo Glacial o Pozo de San Miguel (santo que da nombre a  la cumbre) , cuya inclinadísima ladera directa forma “El Cucharón” --como se le conoce en ambiente montañero-- que ha resultado ser una trampa mortal para muchos deportistas durante el invierno, cuando la cóncava superficie está helada. El sendero sube abruptamente a la izquierda del "Cucharón", evitándolo, haciendo lazadas muy empinadas hasta llegar al contrafuerte y hacer un ascenso más suave cresteando (este es el lugar peligroso con nieve y hielo) hasta la cumbre. Para los menos avisados un cartel advierte: "Atención, con nieve dura zona de deslizamientos con salida al vacío". El circo glaciar es modesto comparado con sus vecinos pirenaicos, pero las pendientes o canchales de piedra y peñascos cortados por el hielo dan un aspecto primitivo y duro al paisaje.

Pero en esta época, sin nieve, no hay peligro alguno aunque es fácil hacerse la idea del peligro en tiempo invernal:, cuando uno está en la línea o cuerda de la cresta superior avanzando hacia la cumbre los vientos nos azotan con una contundencia feroz: tuve que avanzar inclinado hacia delante para tratar de mantener la verticalidad, con fuertes rachas de viento frío que en momentos cambiaban de dirección y me desestabilizaban. Unos metros delante, bajando de la cima, un grupo de montañeros se inclinaban para soportar la ventolera. Al cruzarse, intercambiamos comentarios. "Arriba aún sopla más fuerte, tendrás que meterte en algunos de los refugios de piedras, pero a media mañana suele amainar. Y aun tenemos suerte: no sopla el cierzo, ni hoy creo que lo haga". En esta zona predominan dos vientos principales, el cierzo, un viento frio y seco que sopla desde el noroeste y el moncayo, algo menos frio y también seco que sopla desde el oeste. Sin embargo hay otros nombres que definen otros vientos locales en una zona que se distingue por la enorme planicie que rodea en mas de cien kilometros a la redonda la elevación del Moncayo, solitaria cumbre y por tanto objetivo de los vientos mas variados.
La cima del Moncayo está señalizada por un vértice geodésico, una columna y una cruz y festoneada de grandes círculos de piedras que forman muros de unos 50 centímetros de altura, donde uno puede reposar sin ser zarandeado por los vientos. La subida ha costado unas dos horas desde el Santuario, son cuatro horas si se hace la ruta del Pico Llobera y Collado del Bellido y a esas dos hay que añadir una hora y pico más si la hacemos en épocas en que no se puede subir en coche.

Desde la cima, cuando amainó un poco la ventolera, se distingue un magnifico paisaje circular que abarca tierras de Aragón, Soria y Navarra, los pueblos de Alcalá del Moncayo, Añón, el vañle del rio Huecha, la peña Lobera a nuestra izquierda (2226m) el gran valle del rio Araviana y las localidades de Beraton y Talamantes. Es un buen atalaya  para observar el valle del Ebro, la sierra del Guara al norte y más allá el Pirineo, si el dia es claro y sin nieblas. Bosquedales, sembrados, tierras de labor, colinas, estanques, arboledas, uno no se cansa de prender la mirada en esa enorme planicie que se extiende por los cuatro puntos cardinales.

En poco mas de una hora se hace el sendero de bajada por el mismo lugar. Ha valido la pena.

 

 

NO SE PIERDA

Dediquen un dia a patearse la muy antigua ciudad de Tarazona , el castro Turiaso celtíbero, con sus huellas romanas  (Colegio Público Joaquín Costa), godas y de la  marca hispana  de Al Andalus. También musulmana,  Tyrassona, y reconquistada tras una lucha de cuatro siglos. A partir de ahí, el Renacimiento, siglos XV y XVI con monumentos tan bellos como la iglesia de Santa María Magdalena y la Catedral muestras del arte medieval reformado, la Zuda, fortaleza árabe y el  Ayuntamiento (antigua Lonja), Palacio Episcopal, la Iglesia de San Miguel, el convento de la Concepción o el de San Francisco o de la Merced, la Iglesia de la Virgen del Río joyas de arte renacentista .  Para dormir les recomiendo el Hostal de Santa Agueda que incluye un diminuto museo dedicado a  Raquel Meller.

Visiten también la cercana localidad de Agreda donde las leyendas sobre brujerías y aquelarres parecen avivar la presencia de Bécquer y la imagen lóbrega pero fasinante del castillo de Trasmoz.

 

 

BÉCQUER Y MACHADO

 

El Moncayo es tierra de poesía y tradiciones, de belleza y magia, de sensualidad estética y brujería. Fuertes contrastes que parecen emanar de su geografía austera y embrujadora. El Monasterio de Veruela, al pie mismo de la montaña, fue el lugar de residencia de Gustavo Adolfo Bécquer, que escribió desde allí sus textos "Desde mi celda" en 1864, convaleciente de una tuberculosis. Machado, que llega en 1907 a Soria, dedica en su "Campos de Castilla" varios poemas a dos picos de la zona, el Urbión y  el Moncayo. Y escribe:

"¿No ves, Leonor, los álamos del rio,

Con sus ramajes yertos?

Mira al Moncayo azul y blanco, dame

Tu mano y paseemos."

 

 

BRUJAS

Durante la edad media hubo una fuerte tradición de brujería, encantamientos, criaturas malignas y gigantes en estas tierras. Las brujas eran especialmente conocidas en Trasmoz, Tarazena,y Agreda. Bécquer recoge una leyenda sobre Dorotea de Trasmoz, la bruja más conocida de esas tierras. La tradición popular convertía a las curanderas --mujeres con gran conocimiento de botánica y de hierbas medicinales-- en brujas expertas en malignidades y males de ojos, con lo que abrían la puerta a su exterminio por razones "religiosas".

 

DOCUMENTACIÓN

 

Recomiendo la “Vuelta al Moncayo” GR 260, editado por la Federación Aragonesa de Montañismo (FEDME) y Prames, el mapa excursionista “Las tierras del Moncayo” (1:40.000) de Prames.  "Moncayo” de Juan Carlos Borrego, editado por Alpina en su colección familiar “Los caminos de Alba”, todos ellos fáciles de encontrar en librerías especializadas o en la de Serret, en Vallderrobres.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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5 diciembre 2011 1 05 /12 /diciembre /2011 08:03

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Supongo que son las cosas del marketing de Hollywood, que nos tiene a casi todos seducidos y confusos con el brillo de sus estrellas. Lo cierto es que ésta ¿comedia? es de lo más tontorrón y manido. Un argumento sobado, creado ex profeso para mayor gloria de miss sonrisa, Julia Roberts, un encanto de mujer por la que sin duda pasan los años y ya está lejos de aquél caramelo efectista de fue su particular "Cenicienta" de la manita (y algo mas) de Richard Gere (y no les digo nada más para no hacer publicidad gratuita). También queda lejos de los "Ocean's Eleven" , parodiándose a sí misma en compañía de George Clooney, en una serie bastante entretenida que imitaba al "Rat Pack" de Sinatra y Sammy Davis Junior  y su película de los 60, "Ocean eleven" con mucha enjundia y salero de la mano de Steven Soderbergh, con colegas de la fuerza de Matt Damon, Andy Garcia, Brad Pitt y otros.
Pero volvamos a "Come, reza, ama". No se entiende la enorme popularidad de esta película que está destinada a la oscuridad de las revisiones de televisión, no por su valor cinematográfico, sino por la presencia de la estrella. Tópicos a manta, una espiritualidad de salón de té de la clase media alta norteamericana y un pretexto tontorrón para mostrarnos la deriva de una mujer con el complejo de Peter Pan y de Wendy juntos que nos lleva a comer a Italia, a rezar a la India y a amar a Bali (con el apoyo surrealista de un Javier Bardem puesto al servicio de la diva y que quiere convencernos de que es un chico muy sensible porque se le saltan las lágrimas cuando su hijo mayorcito se va una semana fuera de casa.
 
Es decir nada en tecnicolor y con una superazucarada versión de la ratita presumida, que va abandonando a sus hombres, Richard Jeckins, un desorientado James Franco, Billy Crudup y por fin Javier Bardem para cerrar con broche de amor eterno entre cocoteros, mares azul turquesa y canciones empalagosas de amor. Entre ellas la sonrisa resplandeciente, pero menos ya, de nuestra Julia, que sigue siendo encantadora pero que nos factura algunos productos realmente innecesarios y reiterativos. Sólo su presencia da un cierto sentido a esta película absolutamente obviable.
Supongo que J.R. sigue en su racha de convencer a sus buenos amigos y buenos actores para que vayan fortaleciendo su deriva cinematográfica, (como hizo recientemente con Tom Hanks en una comedia de mejor factura que ésta aunque nada del otro mundo, "Larry Crowe, nunca es tarde"). La cosa es dirigida, es un decir, por Ryan Murphy y se basa, como no podía ser menos, en un infumable libro de Elizabeth Gilbert, que parece se ha convertido en una de las biblias narrativas de la sección feminista de la sociedad occidental, una mezcla de sexo inhibido, cuotas de espiritualidad de manual, desorientación emocional y protesta contra la prepotencia masculina que aquí sale muy mal parada también.
La necesidad del autodescubrimiento y la autoafirmación en una dama de la edad y el aspecto de Julia Roberts suena un poco a guasa y asi parece que en el fondo se lo toman los actores que le dan la réplica, desde los amargados gestos de no entender nada del excelente James Franco (no aquí, claro) a un Bardem irreconocible haciendo el ridículo con su vestimenta de hippy trasnochado y brasileño poco creíble (¿porqué el director no le ha dejado que se comporte como un español, el ridículo hubiera sido menor). En fin, película para ver y olvidar. O para no ver y dedicarse a otras más gratificantes.
Lo único que me ha interesado es ver cómo se cocinan todos los tópicos de la meditación en un mensaje de libro de autoayuda y como la buena de Roberts lo unico que hace bien es una postura de loto completo que no tiene defecto alguno.
 

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