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25 noviembre 2011 5 25 /11 /noviembre /2011 09:37

whos_afraid_of_virginia_woolf.jpg

Acudí al Romea a la cita con "Qui té por de Virginia Woolf?" de Edward Albee que, por una curiosa casualidad repite en los escenarios barceloneses con "Un delicado equilibrio". Como a mi admirado Marcos Ordóñez, la violencia constante y la tensión destructiva de Martha y George en algo más de tres horas (podada hasta una hora y media por el director Daniel Veronese, gracias a Talía) en todas las ocasiones en las que la he visto me ha causado un defensivo dolor de cabeza y un renovado amor hacia mi esposa que nunca ha dejado de rodearme de cariño, educación y amabilidad.

Desde el comienzo de la obra, en ese hogar desordenado en el que Martha (hija del director de la Universidad donde trabaja su marido) y su marido George, (profesor de historia que comparte con su mujer un inmoderado apetito de alcohol) esperan la llegada de otro matrimonio, Nick y Honey, lanzándose amenazas y reproches a la cara, hasta el pugilato en el que involucran a sus invitados nada más llegar. En una velada angustiosa y que se nos hace eterna, los cuatro personajes torturados y desequilibrados por diferentes razones, juegan un  juego dialéctico mórbido y cruel que mantiene al espectador entre la angustia y la atracción, entre el rechazo y la fascinación.

Emma Vilarasau, nos ofrece una Martha agresiva, mezquina, sin piedad, aunque ligeramente menos vulgar que su homóloga en el cine, Liz Taylor (lo cual en este caso no es recomendable: cuanto más vulgar, mejor). Sin embargo Pere Arquillué no tiene nada que envidiar a Richard Burton. De verdad, no es exageración. Hacia tiempo que no veía a un actor tan sereno, intencionado, duro y al tiempo paciente y maquiavélico en su crueldad elegante y sutil. Mireia Aixalá e Ivan Benet cumplen sus cometidos como Nick y Honey, sin llegar a hacer sombra a sus compañeros de escenario.

Cuando empezamos a conocer los entresijos de las actitudes y comportamientos de la pareja visitante, el deseo de medrar del profesor Nick, el embarazo irreal que le obliga a casarse con Honey, el histerismo de ésta, los ataques  de Martha a George acusándole de haberse casado con ella por interés y su vulgar intento de seducción sobre Nick para humillar a su marido, van llevando la obra al paroxismo del último acto.

Aquí se desvelan algunos de los misterios esbozados, el "tema tabú" que George trata de evitar y Martha irreflexivamente saca a colación desde el principio: el hijo ausente. A principio del último acto George habla de un telegrama "recién llegado" en el que se les avisa de la muerte del hijo. Este es el fin del juego peligroso planteado, en el que Martha se ha acostado con Nick y George desvela que el hijo era una invención de la pareja, con el que escondían sus frustración de no haber llegado a tener un hijo o quizá un patético nexo de unión que les puede ayudar a no desbocarse por el precipicio del odio y la frustración.

Quizá por un reparo de cara al publico, Albee no termina la obra con un portazo que indica el final del matrimonio, sino que introduce un sutil elemento que hace suponer que aun hay esperanza entre Martha y George. 

 

 

virgnia La visión crítica, desengañada y cruel que Albee hace de los dos matrimonios "tipo" norteamericano de la clase media, ampliable al conjunto de la sociedad, provocó sarpullidos porque tocaba algo que podría llamarse "un mal nacional" (aunque yo creo que es universal): la hipocresía, la falta profunda de ética, el engaño sexual institucionalizados en la pareja.

Si no pueden ir al Romea para disfrutar, teatralmente claro está, de la soberbia Virginia Woolf de Daniel Veronese, les aconsejo que rescaten en cualquier videoclub la pelicula  de Mike Nichols (1966) del mismo titulo, interpretada por Liz Taylor, Richard Burton, George Segal y Sandy Dennis. El título es una parodia de la canción "Quién teme al lobo feroz" de "Los tres cerditos" de Disney. La pelicula recibió 15 nominaciones al Oscar y obtuvo cinco, entre ellas las de mejor guión y mejor actriz.

 

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25 noviembre 2011 5 25 /11 /noviembre /2011 08:38

En la novela de Haruki Murakami "1Q84" uno de los protagonistas, una joven llamada Aomame, escucha en diversos momentos de la narración la "Sinfonietta" del compositor checo Janacek. No es algo casual. La novela (de 700 páginas) comienza con Aomame en un taxi escuchando por la radio una interpretación de la "Sinfonietta", obra compuesta en 1926. "Aomame se imaginaba el apacible viento atravesando las llanuras de Bohemia", escribe Myrakami.  Vuelve a haber más citas de esta musica, conforme la endiablada trama se desarrolla. No conocía esta pieza y del autor sólo había oido hablar de una obra dedicada a "Taras Bulba", pues creo que fue la banda sonora de una película rusa dedicada al conquistador mogol.

Al terminar de leer "1Q84", con el libro en una mano y un te en la otra, bajé del estudio hasta la cueva del sótano (es una cueva de piedra real, aunque modelada y reformada como un salón) donde tengo los discos  y cedés. En los estantes de la musica clásica encontré una grabación de Deutche Gramophon con la obra de Janacek, aun envuelta en celofán. La puse en el lector de CD con una viva curiosidad y la idea de que iba a descubrir quizá algo.

Los primeros compases no me dijeron nada, aunque me sorprendió la contundente claridad, el vigor con que timbales y metal iniciaban la obra. Después comenzó a desgranarse el tema principal y me quedé asombrado: es una melodía pegadiza, ritmica y reiterativa, que yo he escuchado muchas veces en diferentes momentos y que jamas habia sabido o me habia interesado en saber quién era su autor y mucho menos su título. Hubo algunas tentativas frustradas de recordar unas imágenes que pugnaban por aparecer al escuchar la música. Supongo que esa melodía debía acompañar unas imágenes, seguramente de una película, y mi mente trataba infructuosamente de evocarlas. No lo logré. Disfrutaba con la familiaridad armónica que producía en mí pero me vi incapaz de encontrarles un acomodo en mis recuerdos. Tengo la sensación de haberme reeencontrado con una música que evoca en mí muchas cosas.

Me encantan estas "coincidencias" que la vida proporciona. Jung las estudió y creía que eran una ventana a algo importante. Sólo que tienes que tener la capacidad de interpretarlas. Y eso no es fácil.

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24 noviembre 2011 4 24 /11 /noviembre /2011 10:34

1Q84.jpg

 

 

La sombra del "1984" de Orwell es alargada. Desde "Matrix"  o "Melancolía" al autor de "Kafka en la orilla" o "Tokio Blues", Haruki Murakami, una de las voces más originales de la narrativa japonesa del siglo. Este autor, premiado en España, publicó este año en Tusquets Editores, colección Andanzas, "1Q84, (Libros 1 y 2)", una novela que exhibe un juego inicial significativo desde el título, ya que Q y "9" se pronuncian igual en japonés (kyü), donde se nos avisa que nada es lo que parece y que la singularidad de la vida cotidiana japonesa en esa década a través de dos personajes complementarios, Aomame y Tengo, puede ser y de hecho es manipulada y cambiada por unas instancias misteriosas con gran poder, el Little People. Las alteraciones de la cotidianidad van salpicando las intrigantes y sugestivas páginas de esta novela, un extraño híbrido entre realismo y ciencia ficción, tan hipnótica como las realidades paralelas que sugiere. La novela fue publicada en japonés en 2009. Ahora acaba de salir la última parte de esta novela (libro 3), de la que ya hablaremos otro dia.

 Murakami es un autor que crea una suerte de adicción. Son muchos los lectores fieles a este sujeto amable y enigmático que entró en la literatura ya siendo un hombre maduro (regentó una tienda de discos y un bar de jazz) y que va haciendo escuela sin dejar de mantener una orgullosa individualidad y una modestia ejemplar.A pesar de ello Murakami crea una fuerte controversia en torno a su figura. No sólo en Japón (donde es minusvalorado por su éxito en occidente y considerado un escritor pop) sino en Europa y Estados Unidos donde muchos le consideran un clásico de nuestros días y otros, igualmente numerosos, un artesano de libros para adolescentes. 

A mi entender Murakami tiene la solidez y la inventiva original de un gran escritor. En esta novela, que transcurre en 1984, sus dos personajes principales, Tengo, un matemático que da clases en una academia y escribe novelas sin publicar y Aomane, una instructora de artes marciales y masajista genial que es en realidad una asesina a sueldo de hombres malvados, van turnándose en una acción compleja con numerosos saltos al pasado de cada uno de ellos. En un momento dado los dos, cada uno por su lado, (no se han vuelto a ver desde la infacia pero atesoran un romántico amor indeleble) entran, o les hacen entrar, en un mundo opcional, 1Q84, en el que habran de enfrentarse --cada uno con sus caracteristicas personales y profesionales-- al misterioso Little People, uno como "negro" de una escritora juvenil que ha revelado al mundo la existencia de la Little People y la otra como asesina.

Komatsu, el editor de Tengo y Fukaeri, la chica peculiar que ha escrito el libro "La crisálida del aire" objeto de la alarma y los ataques de los poderosos "Litle People", son dos creaciones magníficas inmersas en una acción intensa y desconcertante, en la que el pasado de los personajes principales va creando, como las piezas de un puzzle, con sus acciones presentes, el entramado literario de una enorme fuerza de enganche. Desde la primera página el efecto hipnotizante está garantizado. El propio absurdo del argumento, que juega con la lógica empleando una lógica superior, es como un sugestivo motivo musical que te lleva en volandas a devorar página tras página. Uno percibe el sustrato filosófico que alienta en toda la novela, la dualidad fundamental de la creación y la destrucción, las dos caras del dios japonés que simboliza la vida, un ciclo permanente que oscila entre los dos opuestos, como los personajes de la trama.

No se dejen engañar por la propuesta literaria, no se trata de un best seller de buenos y malos, de violencia de género (mal nombre para los maltratos de pareja) ni siquiera de un amor que roza las estrellas, ni un romanticismo trufado de muerte y sexo, ni un alegato contra el supermercado espiritual y las organizaciones fanáticas (como "Vanguardia", la misteriosa institución que parece el nexo de unión con la Little People), no se dejen engañar porque es todo eso y además uno de los ejercicios literarios más evocador de la naturaleza de la realidad que vivimos, pero estamos lejos de conocer (un guiño al mito platónico de la Caverna, referencia lógica si sabemos que Murakami estudio literatura y filosofía clásicas).

No les puedo, no debo, mostrarles más claves de lectura. Deben entrar en el libro sin paracaidas, sin demasiadas pistas, bajando la guardia y dejándose embrujar por este escritor magnífico que ha llevado al extremo el simbolismo crítico de Orwell, adecuándolo a nuestra época.

Leer este libro, actividad a la que he dedicado una semana (más de 700 páginas) me ha provocado la sensación que tenía cuando niño y miraba por uno de esos tubos rellenos de cristales de colores y con un extremo cubierto por un cristal traslúcido en el que un movimiento de muñeca cuando mirabas a través de él producía, en un par de espejos colocados en su interior, cambios geométricos fascinantes, de un colorido y una perfección intrigantes. Eso ocurre con esta novela donde el avance de la lectura va provocando cambios que rompen la estructura una y otra vez. Una estructura donde los temas capitales, la violencia, el amor, la religión, el fanatismo, el terrorismo (referencias a los ataques de una secta religiosa con gas sarin en el metro de Tokio)  o la política, se entretejen con el misterio de la realidad --o "realidades" --y de la vida.

A pesar de su complejidad, no hay confusión en la narración. Tanto las ideas, como los conceptos, como la acción, van hilvanando con el inconfundible estilo realista de Murakami un tejido coherente, incluso cuando éste está siendo cambiado con más persistencia que la tela de Penélope. Entre reiteraciones casi didácticas de algunos elementos de la trama, el cuidadoso detalle narrativo de decirnos cómo visten los personajes, qué comen o beben, la persistencia simbólica de la "Sinfonietta" de Leos Janacek, las dos Lunas que aparecen cuando los personajes entran en esa suerte de mundo coaxial que es 1Q84, el poder controlador de Little People, cuya naturaleza desconocemos, y en el fondo de todo, el poder de la palabra, de la creación literaria, que recuerda el poder del protagonista de "Corazón de tinta", forman el entramado de esta novela, donde las referencias, nada ornamentales, a Chejov y a la isla de Sajalin dan una dimensión profunda y enigmática a la lectura. Y, por supuesto, nos impele a reflexionar sobre la responsabilidad del escritor, del creador literario

Y como en las grandes historias, esta no acaba con este libro. Ya sabemos que Murakami le da UN FINAL POSIBLE, entre todos los que son probables, en el tercer libro de su "1Q84". Pero eso lo dejamos para otro día..

 

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24 noviembre 2011 4 24 /11 /noviembre /2011 09:57

Vaya por delante que no me considero un entendido en ópera, a pesar de mi  amor  por ese arte escénico y musical (más lo segundo que lo primero). En segundo lugar, la obra que nos ocupa tiene indudables méritos y atractivos, no en vano está siendo un éxito. Dicho esto, permítanme entrar en la cuestión. No fue fácil aguantar las más de dos horas que dura el evento. El asunto perpretado por György Ligeti sobre una obra de Michel de Ghelderode se basa en la música "microtonal", unas distorsiones tonales que ponen a prueba las voces de los cantantes y mi paciencia como operainómano tradicional. Fui al Liceo atraido por la originalidad y fuerza del montaje escénico, que se basa en una inmensa mujer  desnuda que ocupa todo el escenario, de rostro articulado, ojos y boca abiertas (como muñeca de sex shop) cuyo trasero y piernas o cabeza se abren en diversos momentos de la función, permitiendo a los cantantes entrar o salir. Los gritos, susurros, estertores, cantilenas y coros mas o menos vociferados forman la banda sonora de esta ópera "sui géneris" que, para mi estupefacción, ha sido elogiada y aplaudida por muchos. El casi siempre ponderado y bastante fiable crítico Roger Alier, la recomendaba sólo por que "no es fácil presenciar una cosa (sic) semejante en un escenario con recursos como el del Liceo", aunque "es una música...que tiene muy pocos momentos atractivos". Por favor, señores, no me considero un especialista como Alier, sólo un simple aficionado --y más al teatro que a la ópera, de la que sólo amo su música y sus voces-- pero lo que nos ofreció anoche el Liceo sólo fue un "happening" con vocación irreverente y grotesca que no justificaba más que el desafío cultural que supone representarlo. Calificarlo de "hito histórico", admirado Alier, me parece un exceso incomprensible. Sin embargo el critico de "El Pais" se deshizo en elogios y admiraciones. Me siento más cerca del Alier de "La Vanguardia".

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23 noviembre 2011 3 23 /11 /noviembre /2011 10:34

Philip Roth entrevista al escritor checo Ivan Klima (en 1990). Como judío tuvo que padecer la estancia en un campo de concentración (Terezin). Después de la guerra, tras la entrada de los rusos en su país en 1968, ya convertido en novelista, ensayista y autor teatral, las autoridades del régimen titere checo prohibieron todas sus obras y le dicieron padecer a él y a su familia una vida cotidiana llena de dificultades, arrestos y carencias. El régimen político convirtió la lengua checa en un lenguaje pobre y simplemente operacional. Lo redujeron a lo que Klima llama "jerkish". Con ese vocablo, procedente del inglés americano, se designaba en los ochenta al lenguaje corto y elemental que se utilizaba como forma de comunicación en los experimentos psicológicos realizados con chimpancés. Tiene 225 palabras. El escritor asegura que en aquellos tiempos se intentó convertir la lengua checa en un "jerkish". Y hace una funesta observación: las dictaduras tratan de convertir las lenguas de los países sometidos en "jerkish".

Reflexiono sobre ello y me pregunto si el "jerkish" no es sino una modalidad del efecto que la tele-basura, el lenguaje joven de los sms y los ordenadores, el desprecio a la cultura literaria, el empobrecimiento del lenguaje coloquial, las carencias educativas, están provocando en nuestro idioma, en casi todos los idiomas. Si no será una aberrante patología sociocultural que nos afectará tarde o temprano a todo occidente.

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23 noviembre 2011 3 23 /11 /noviembre /2011 10:28

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El ilustrador Juan Cuellar y el poeta Luis Felipe Navarro, al alirón, pluma y pincel, han creado conjuntamente un libro curioso, evocador, magníficamente editado. Escritor y pintor narran aupados en sus dos artes las historias gráfica y literaria de diez huidas, el primero a pie forzado de la ilustración."Huimos espantados, o simplemente para sobrevivir", dice el prólogo y añade "En ciertas ocasiones huiriamos pero, cobardes e incapaces, seguimos rumiando  nuestra amargura".

Y asi, un barco de vela flotando sobre el páramo evoca en el narrador la azarosa vida plena de huidas de "Caravaggio" el pintor de bellísima factura que vivió hasta su misteriosa muerte en el filo de la navaja. Una terraza de bar habitada de seres cotidianos con el rostro en blanco, epítome del anonimato o de la falta de singularidad, nos acerca a la vida de un joven sin futuro posible, entre el botellón y la inanidad.

Una viñeta de comic abre una trágica ventana sobre la vida de una joven pintora y un automóvil con una pareja nos habla de un amor prohibido en el que la infidelidad sólo es otra forma de rutina. El interior de un 600 vacío recorre la geografía íntima de uno de tantos que abandonó el pueblo y el campo para buscar futuro en la ciudad. La rota linea del perfil de una ciudad destruida le da alas  a Navarro para escribir una historia de amor encuadrada en la guerra civil, quizá la más larga narración del libro, y muestra una huida al infinito, un final trágico para una vivencia común en aquellos tiempos de sangre y horror donde el amor es una flor efímera.

Un grabado donde una Isseta, aquél cochecito de tiempos de penuria, con tres ruedas y un espacio exiguo, resulta habitado literariamente por una pareja de alemanes separados por el Muro. Una pareja en un "Buick" en la noche nos habla de una huida y un encuentro fortuito que se revela esencial. Aquí también hay esperanza y ésta tiene su nido en un amor. Un elefante de juguete suministra el siguiente tema: Aníbal, la lucha, la libertad y la muerte.

Nos acercamos al final de estas huidas literarias y gráficas: una reunión de ejecutivos sirve al autor para evocar las famosas "Parker", pluma de otros tiempos, con la que firmará su despido o tal vez la oportunidad de comenzar una nueva vida.

Los rostros vacíos de las personas en algunas de las ilustraciones, arropados por la cálida narración de esas pequeñas historias, dejan un curioso regusto a vida, a cotidianidad, a sentimientos, a renuncias y a hallazgos. Es un libro que debe leerse poco a poco, a píldoras. Como un tratamiento contra la tentación del agobio. 

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22 noviembre 2011 2 22 /11 /noviembre /2011 10:12

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Afrontrar un nueva película del realizador danés Lars von Trier, después de su controvertido "Antichrist" (2009) y tras sus lamentables declaraciones pro-Hitler en el último festival de Cannes (que provocó un escándalo que estuvo a punto de condenar su película "Melancolía" al ostracismo) hace buena aquella aseveración de que nunca hay que confundir al creador con la persona, al director visionario y espectacular con el sujeto deslenguado y provocador, incluso estúpido, que parece ser o que a veces se comporta como tal.

Me ha costado reflexionar un par de días sobre la película antes de separar mi rechazo inicial por un juicio más objetivo y profesional que se resumiría en un notable alto para esta película desasosegante que no deja indiferente a nadie y que tiene una belleza formal que atrapa al espectador en un torrente de imágenes bellísimas, rodadas con maestría y dotadas de una banda sonora espectacular.

La película, repleta de simbolismos, me recuerda de alguna forma la estampa de Alberto Durero, "Melancolía" en la que un ángel parece esperar algo terrible en un ambiente lleno de objetos y escenas misteriosas. Con la música extremecedora del preludio de "Tristán e Isolda" de Wagner, Lars von Trier nos advierte de entrada que nos va a someter a una historia apocalíptica en la que lo que ocurre en esa mansión campestre, lujosa y llena de rincones maravillosos, tiene la misma importancia relativa que tenía para los burgueses encerrados en un salón, aterrorizados y prisioneros de algo invisible que parece tener la fuerza y el horror de la muerte, de la destrucción, del fin. Es la presencia invisible de "El ángel exterminador" del maestro Buñuel. melanc1.jpg

Dividida en dos partes, la primera centrada en la boda de la genial e irritante Kirsten Dunst, atenazada por una depresión definitiva que la postra hasta extremos de anulación y la segunda en la figura de su hermana (una Charlotte Gainsborourg, verdaderamente fastuosa). Como en Buñuel, estamos ante un círculo cerrado, un ambiente constreñido a los bellos parajes de la finca campestre de lujo, pero sobre los que flota una amenaza que se va concretando en la segunda parte de la película: la cercanía de un pequeño planeta, llamado Melancolía, cuya órbita marca un rumbo de posible colisión con la Tierra. Es el Armaguedon, pero no hay ningun héroe, ningún ingenio nuclear que pueda desviar la fatal singladura exterminadora del planeta.

El melodrama está servido, con su final cósmico. La feroz critica a la clase alta, contrapunteada por la bellísima trasposición entre imagenes reales y cuadros como los de Pieter Bruegel o la "Ophelia" de John Everett Millais: el apocalipsis total frente al agudo drama personal de las dos hermanas:Justine y Claire. La primera puro instinto, rechazo a las convenciones y desorientación, la segunda, partícipe del orden y la educación social, la clase y la convención de los sentimientos. La primera llegando a sintonizar intuitivamente con el caos que se avecina y la otra rechazando el fin y aceptando su condena como víctima impotente. El discurso es demoledor: no hay nada constructivo, no hay perdón ni redención, sólo la muerte que llega del cielo, inclemente y sin refugio posible: ante eso no hay convenciones, no hay sentimientos, no hay nada. Sólo resignación y soledad animal.

Todo ello servido con unas imágenes deslumbrantes que parecen acentuar irónicamente lo indefectible del final, la relatividad de los constructos sociales o sentimentales cuando lo que está en juego es el fin abosluto, la extinción de todo cuanto existe. Es ese el correlato que hace en la película una oferta politicamente incorrecta: nada tiene importancia ante el fin, pero tampoco nada ha tenido valor en la existencia de nuestro planeta, ni Shakespeare, Ni Mozart, ni Cervantes, ni Wagner, ni Picasso ni Velázquez, puesto que todo va a desaparecer sin dejar ni una sola molécula identificativa. Es algo que parece anunciar la depresión de la protagonista y que deja una carga de profundidad en la especie humana, que se convierte en un accidente fortuito, una experiencia cósmica que va a desaparecer para siempre.

Magnífico Kiefer Sutherland como el acaudalado marido de Claire, el refugio y la seguridad de la familia, que es la primera víctima del planeta al ser incapaz de aceptar la inutilidad de cualquier esfuerzo para evitarlo y el hundimiento de sus esperanzas. Pues "Melancolía" es, antes que nada, el fin de cualquier esperanza antropocentrica. Parece que lo único razonable es actuar como los caballos de las cuadras de la mansión, rebeldes  y asustados en principio y que cuando está llegando el final se calman y se disponen a morir tranquilamente. La metáfora está planteada como un "huis closs", un recinto cerrado, la mansión, donde los dramas personales de sus habitantes huyen de toda generalización y los personajes asumen la tragedia cósmica desde un enfoque doméstico.

Nada pues de escenas apocalípticas, de grandes ciudades devastadas, de pánico humano generalizado: todo se nos presenta bajo la óptica de un hombre que confía en que el planeta pase de largo como aseguran los científicos, su esposa, su hijo y su cuñada visionaria y depresiva que parece renacer ante la cercanía del fin y parece contagiarse del nombre y la sensación que evoca: una melancolía sin esperanza.

Lars von Trier nos guiña un ojo y vemos el irónico y burlón gesto cuando reflexionamos sobre la pelicula. Entendemos al final toda la vacía y demoledora muestra social que nos presenta en la primera parte, las secuencias de la boda de Justine. Comprendemos lo que nos quiere decir el realizador danés: el mundo va a acabarse, pero la mayoría de los seres humanos, de los que nos muestra son un ejemplo, ya llevan tiempo acabados anímica y psicologicamente, son actores de una farsa, miembros de una sociedad, un mundo, que apenas tiene esperanzas de mejora.

John Hurt, la inmensa Charlotte Ramplling, Udo Kier, y Jesper Christensen dan vida a otros personajes que desaparecen ya en la segunda parte, cuando ya la trama se reduce a la familia.  Más de dos horas de narración en las que el espectador se siente atrapado entre el rechazo hipnótico a lo que ve y la fascinación de la belleza en el cómo se lo cuentan. Una propuesta, pues, en la que la fuerza y la violencia interior de los personajes, la peligrosa apatía en la que caen algunos, resalta ante el lirismo bellamente fotografiado de muchas de las secuencias.

Una película que dejará recuerdo imborrable en la sensibilidad de casi todos los que superen el rechazo que en principio logra provocar Lars von Trier.

 

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21 noviembre 2011 1 21 /11 /noviembre /2011 11:11

A veces, en las tardes de domingo, en la tranquilidad del hogar, mi mujer y yo decidimos hacer una visita a un clásico del cine. Hemos ido durante años coleccionando celosamente dvd (antes videos) de las películas que conforman el imaginario de todo cinéfilo que se precie. Este domingo le ha tocado a Jacques Tourneur y a su excelente "Retorno al pasado". Robert Mitchum y Kirk Douglas (ambos jóvenes, jóvenes) acompañdos por dos bellezas de la época, Rhonda Fleming y Jane Greer. Es una película de 1947, rodada en el luminoso blanco y negro de la época del celuloide y el nitrato de plata, cuando los hombres llevaban sombreros de fieltro de ala flexible, la mujer fatal abrigo de pieles y vestidos ajustados y todos fuman y beben como carreteros y se comunican entre sí con diálogos que parecen surgidos directamente de las plumas de Faulkner o de Hemingway.

Cine negro de alta calidad. Jacques Tourneur fue un director de origen francés nacionalizado norteamericano, autor de películas tan inolvidables para los amantes de la famosa serie B como "La mujer pantera", "El hombre leopardo" ,"Yo anduve con un zombi" y "Berlin express". Murio en el año 1977 con 73 años. No se la pierdan. Otro dia les hablaré de ella.

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21 noviembre 2011 1 21 /11 /noviembre /2011 08:01

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Con un cierto regusto estético a Victor Erice (al que se rinde homenaje en la película) el cineasta castellano Daniel V. Villamediana vuelve como "En la linea recta", "Aita" o el "Toro Azul", a proponernos una  curiosa muestra de cine creativo que tiene los modos y maneras del documental pero que se desarrolla como ficción, cine híbrido que enmarca la filosofía del director, transitar en la frontera de los géneros y los estilos (como define un actor en la película el carácter de frontera de Sevilla: donde es posible la libertad).

Una banda sonora clásica y una cámara lenta, a veces inmóvil, con los personajes cruzando el campo de encuadre, absorta y contemplativa en los bellísimos campos de Castilla o la inmensidad azulada del mar de Cádiz o el paso permanente y calmo, destellando de luz deslumbrante, del Guadalquivir en Sevilla.

En ese recorrido, los personajes recitan, dialogan o simplemente observan y pasean. La trama es sencilla, Víctor (primo del director de la película o coguionista) está fascinado con un antiguo episodio familiar, su abuelo Cuco viaja en los años cuarenta a Cádiz tras ganar las oposiciones y regresa a los pocos meses de tomar posesión de su cargo, relacionado con cuestiones de aduanas, en una España donde la rigidez ideológica y política se hermana con la corrupción de los funcionarios, juego peligroso al que el abuelo Cuco no quiere jugar. Víctor emprende un viaje a Sevilla y Cádiz, donde vivirá unos días de visitas, paseos, relaciones, en los que la figura del abuelo, aún manteniendo su misterio, está presente en las charlas sobre el anarquismo, la represión de la época o ciertas anécdotas del personaje que su sobrino-nieto llega a intentar emular, como el ingerir un número elevadísimo de sardinas fritas, una secuencia divertida de un  encanto inesperado de película de Buster Keaton. 

El espacio andaluz, tan opuesto al castellano, pero igualmente enriquecedor es tratado con mimo por este director sensible, con un estilo simple, directo y a la vez poético, como un haiku japonés. Al mismo tiempo hay una insobornable realidad, cotidianidad, en esas imágenes que acaban, pese a su morosidad, creando una especie de sortilegio con el espectador. Me ha gustado también la elección de protagonista, ese Víctor Vázquez que desde una naturalidad ligeramente tensa, como si le costara actuar ante la cámara, va mostrando el proceso de comprensión entre dos generaciones familiares alejadas en un tiempo que ya no existe y un presente en el que no quedan rastros del tiempo del abuelo Cuco. Cine sin artificios, transitando en la frontera entre la realidad y la ficción, entre el documental y la historia personal, íntima. 

Parece ser que la pelicula ha tenido una buena acogida en festivales como Locarno o la Biennale, pero dudo mucho que sea una película taquillera en España. O al menos que no lo sea para los que amamos determinado cine, emparentado con miradas lúcidas, desengañadas y ferozmente estéticas y personales. Buena suerte con "La vida sublime", en algunas secuencias las imágenes son sublimes. Palabra de cinéfilo.

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20 noviembre 2011 7 20 /11 /noviembre /2011 14:03

 

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Sólo el poder mágico y evocador que tiene para el que suscribe del nombre de Shakespeare -junto con don Miguel de Cervantes, los dos esenciales dioses literarios de mi vida-- me empujó a ver la película que el realizador alemán Roland Emmerich, eficaz poeta del apocalipsis en 3D y sonido estereofónico ("2012") ha perpretado sobre las teorías conspiratorias literarias que desde la escuela de Oxford han especulado desde siempre sobre la autoría de las obras que firmó Shakespeare. Unos asegurando que el insigne Bardo era en realidad un hombre de paja tras el que estaba el gran Ben Johnson y otros apostamdo por el conde de Essex, especie poco probable pero no descabellada que también atrajo a muchos iconoclastas. De ahí nace "Anonymous", un thriller enmarcado en la convulsa era isabelina, una singular vista al Londres (gracias a los efectos especiales de ordenador. qué maravilla de instrumento para la historia)  de entonces y sobre todo al nido viperino de la corte real, con la insaciable reina Isabel, su canciller maquiavélico, los nobles y sus luchas internas, el poquer de monarquías europeas enfangadas en una lucha absoluta por el poder absoluto y el juego de alcobas del que no se libraba nadie desde la reina hacia abajo.

Esta película queda muy lejos de aquélla delicia romántica que fue "Shakespeare enamorado", dirigida por John Madden en 1988. Ahora vivimos el drama del conde de Essex, presunto autor real de las obras de Shakespeare y vemos a éste convertido en un lamentable pelele, iletrado y codicioso, que toma la autoría de aquéllas obras que elevan a excelso el ingenio humano. Lo cierto es que, dejando aparte las excelentes interpretaciones (magnifica Vanessa Redgrave en el rol de la reina Isabel anciana) y del propio Essex (Rhys Ifans), lo que más interesa es el fidedigno retrato (verosímil al menos) de aquella ciudad y aquélla corte y lo que más indigna es el empeño en reducir al personaje de Shakespeare a la caricatura de un bufón rijoso y deleznable.

La historia cabalga a lomos de los flash back, tan a menudo que dan cierta sensación de desajuste y de falta de coherencia al montaje, salvado por las un tanto excesivas interpretaciones del resto del elenco y por el denso, asfixiante, oscuro y amenazador ambiente del poder y la nobleza (sin llegar a la dureza ni a la espectacularidad  de "Elizabeth", de Shektar Kapur con un plantel de actores como Cate Blanchet, Clive Owen o Geoffrey Rush). Ni el fraudulento Shakespeare que se nos presenta (Rafe Spall) ni el lacrimoso Ben Johnson (Sebastian Armesto) que rechaza el ofrecimiento de Essex de firmar sus obras con su nombre dejando via libre para que el "chapucero" W.S. se ponga en su lugar, son tratados de forma aceptable por la película de Emmerich, lo que en definitiva va a indignar a todos los admiradores de ambos grandes dramaturgos (de hecho el pase de la película en el festival de Londres ha provocado sarpullidos). Se salva de la quema Edward Hogg en el papel de Robert Cecil, el tortuoso canciller de la Reina, parodiando paradójicamente al Ricardo III de W.S.

"Todo arte es política, de lo contrario es solo decoración", le dice Essex a un atribulado Ben Johnson en la película. Esta película no es política...politicamente aceptable, ergo...Habría que pedirle al guionista John Orlof que se aplique sus propias palabras. Ni Emmerich es un director para asomarse a Shakespeare (solo me ha gustado la intervención del narrador, Derek Jacobi, al principio del filme, muy a la manera del teatro isabelino: aunque, ¿no es una traición que un gran actor shakesperiano prologue un ataque al Bardo?) ni su guionista ha acertado con el tono expositivo, ni el montaje final de la cinta logra desmontar la perplejidad espacio-temporal que se apodera del espectador desde el comienzo de esta oscura cinta.

Pelicula que hay que ver aunque sea para colgar a Emmerich en la picota, salvar los retratos del Londres isabelino y la ambientación en general y guardar para el recuerdo la imagen desvalida y alucinada de la Redgrave encarnando a la Reina "Virgen".

 

 

 

 

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