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He aquí una película inclasificable que debería verse, en un programa doble como los de antes, con "Cosmópolis", la última de David Cronembreg. Aparentemente utiliza el mismo vehículo argumental, el protagonista viaja durante toda la película en una "limusina" de lujo, de esas inacabables, con cristales entintados e interiores que despiertan todo tipo de fantasías en el peatón que las ve. En "Cosmópolis" se trata de un joven millonario, algo desequilibrado, solitario y lleno de carencias afectivas, que recorre una ciudad norteamericana en estado de sitio social, engre algaradas de gentes en paro, manifestaciones políticas y sindicales, violencia más o menos gratuita y tórrido sexo de circunstancias.
En "Holy motors", el pasajero de la lujosa limusina es un actor --que inicia su presentación como si fuera un millonario -- que se limita a cumplir sus citas de trabajo, por las calles de Paris. El director de esta cinta fascinante, provocadora, surrealista y a menudo brutal es Leos Carax, con muy pocas películas en su haber y en ellas éxitos fulgurantes (aunque quizá minoritarios) y algun que otro descalabro. De hecho hacía trece años que no digiría. Recordemos otras obras suyas, "Mala sangre", Boy meets girl" (1984) y "Los amantes del Pont Neuf" (1991) hasta caer en el silencio después de "Pola X", un intento fallido que no gustó a nadie y no llegó a estrenarse en España.
"Holy motors" sorprende, angustia y fascina. Pero, insisto, hay que ser un cinéfilo más o menos declarado para tener la paciencia de verla hasta la última secuencia, en la que se desvela el ¿sentido? de un guión que continuamente nos está retando, que parece obedecer a un caos cinematográfico de una belleza y una osadía extremas, pero que conserva una fuerza y una coherencia interior que uno sólo degusta cuando acaba la cinta. Nutrirá las visiones obligadas en las Escuelas de Cine.
Por tanto si les gusta el cine con mayúsculas, siéntense cómodamente en su butaca y vean como Oscar, el protagonista (un insuperable Denis Lavant) un presumible hombre de negocios, fondón, rico y ligeramente cojo, entra en una limusina conducida por su choferesa Céline y comienza a acudir a sus citas de trabajo. Para ello con el material de maquillaje y vestuario que lleva en la limusina va cambiando de personalidad para afrontar cada una de las performances a las que está obligado por contrato: Asesino, indigente, monstruo de cloacas y cementerios, padre de una adolescente, actor de movimiento filmado para imagenes porno de ciencia ficción, matón a sueldo, amante abandonado y marido en una inaudita familia. Naturalmente en todas esas "performances" no hay ni rastro de la cojera y la mala forma fisica inicial. Cine al ciento por ciento. Mas cerca de Bergman, Malle, Ophuls, Welles y otros maestros, de lo que parece. En todas las secuencias, un actor en plenas facultades y un discurso que se enquista en la necesidad de un mundo aburrido y funcionarial de crear emociones trepidantes, horribles, amenazadoras, brutales, aunque sean falsas, aunque terminan siendo manchadas por el fango y los detritus.
Y en definitiva, todo se convierte en un melancólico mensaje contra la banalidad de una sociedad y una cultura que está perdiendo el buen gusto y los sentimientos. Un lúcido homenaje al cine, con guiño incluido: Céline, la alegante choferesa de la limousine, es la actriz Edith Scob que filmó hace más de treinta años con Georges Franju el clásico "Ojos sin rostro" y protagoniza la ultima escena de "Holy motors" dejando la limousina en el garaje, junto a otros grandes coches, y marchándose con una máscara que también llevó en "Ojos sin rostro"."Holy Motors" se llevó el premio máximo del Festival de Sitges a la mejor pelicula y otros al mejor director y mejor actor. En los Oscar ni se han enterado. Normal.
Harold Fry es un hombre tímido, educado, de esos que "dan las gracias a la voz pregrabada que te da la hora por teléfono" y tiene un pasado triste del que es parcialmente responsable y que en su presente se refleja en forma de una relación fría y llena de reproches con su esposa Maureen y una incapacidad para gestionar sus propios sentimientos. Está jubilado y su vida cotidiana está llena de silencios y de amargura. Un fragmento de ese pasado que prefiere olvidar, una vieja amiga --Queenie Hennessy--, le llega en forma de una carta en la que se le comunica que la mujer tiene un cáncer terminal y está a punto de morir. Solo quiere hacerle saber que le recuerda con cariño, pues "fue muy amable conmigo cuando trabajamos juntos". Harold escribe una carta de respuesta de la que se siente fuertemente insatisfecho y sale de casa, "vuelvo enseguida, Maureen, voy al buzón". La mujer está pasando el aspirador y ni le contesta. Harold comienza a andar y, de pronto, sin pensarlo en absoluto, decide seguir andando y al fin, llevarle la carta en persona a su amiga moribunda que está en un hospital en la otra punta de Inglaterra. Le debe mucho a esa amiga y se siente culpable y arrepentido de lo que ocurrió veinte años antes. No lleva ropa adecuada, calza unos mocasines, no lleva dinero, ni mapa, ni brújula. Solo determinación y hasta el motivo aparente, alguien le dice que otra persona hizo lo mismo que él y logró que el cáncer de la persona amada remitiera, es desestimado, "los cánceres terminales no se curan nunca".
Así empieza la primera novela de Rachel Joyce. Hasta la página 303 no sabremos qué es lo que ocurrió en la fábrica donde ambos trabajaban para que fuera despedida con malos modos. Pero han de trascurrir 87 días y un recorrido de 1009 kms para que Harold, y el lector, lleguen a un final que también es un principio. El viaje del caminante sigue aparentemente una estela parecida a la que en "Forrest Gump" vimos en el cine (sobre todo en el proceso de acompañantes espontáneos). Pero aquí no hay secuencias de humor que atemperen lo trágico, el drama de un hombre que va en peregrinación huyendo de sí mismo, la peregrinación como forma de expiación (un recurso clásico en la literatura y la poesía). La novela acompaña el periplo, las fatigas, las dudas, los momentos hermosos, las compañías no buscadas, el éxito mediático (que a Harold le parece un obstáculo y una molestia pero que no sabe cómo evitar) y en realidad asistimos al retrato fidedigno y profundamente humano de las debilidades, el altruismo, la ambición y la incomunicación de las personas en el mundo que nos rodea.
En el último tercio de la novela las incognitas se desvelan, los misterios son aclarados, las bajezas y los errores quedan sometido a la luz de una decencia que cambia a las personas y dulcifica el duro y sobrecogedor final del libro.
Sorprende la maestría literaria de Rachel Joyce, su sabio transitar por una trama vulnerable a la truculencia y el exceso. No hay exclamaciones que desequilibren o aturdan al lector. Todo acontece como en sordina, con la exquisita amabilidad que Harold va sembrando a manos llenas. Sus errores y debilidades, la omnipresencia de su hijo muerto, el joven David, su presunta inactividad culpable ante esa muerte --que su esposa Maureen no le perdona-- y la acuciante necesidad de compensar a su vieja amiga que 20 años antes se sacrificó por él, son elementos de la trama que cargan el aire melancólico de la historia pero que cambian su polaridad conforme el viaje se desarrolla y Harold llega, en estado lastimoso, al final, en el que la redención se resuelve de forma realista, sin más emociones de las debidas, evitando con pluma certera la tentación lacrimógena.
A mi entender ese, con ser grande, no es el mayor acierto de la novela. Pero si lo es la negativa firme de la autora a convertir su libro en un tratado de autoayuda, en un ejemplarizante panfleto espiritualista. Como en aquella enorme película "The straig Story", "Una historia verdadera" de David Lynch, donde otro anciano recorre los Estados Unidos en una podadora de césped para ir a ver a su hermano enfermo con el que no se habla desde hace decenios, el sentimentalismo más superficial está prohibido. Es también una "road movie", una obra de carretera y manta, pero hay tanta humanidad en ese recorrido que uno acaba el libro pensando que, gracias a Dios, una vez más la literatura ha hecho el milagro de crear y trasmutar los sentimientos en emociones positivas y de provocar la empatía profunda del lector. Y también la reflexión, pues ¿no es lúcido pensar y aprender con qué facilidad podemos hacer daño a aquellos a los que decimos --y creemos-- amar?
Es evidente que los años de trabajo como guionista --y actriz-- de Rachel Joyce han sido un buen entrenamiento para poder dar a luz una obra tan interesante como ésta. Sencillez, capacidad descriptiva, talento para iluminar las escenas con un detalle, una palabra, un gesto descrito con mesura, magnificas descripciones de la naturaleza que rodea a Harold . Magnifica traducción de Rita da Costa y una edición limpia y atractiva de Salamandra.
Como la autora dijo en una entrevista "estamos solos y nuestra sociedad es individualista, pero necesitamos conectar con la gente. Y Harold lo comprueba cada día de su esforzado peregrinar”. Así le dice alguien a Harold, " No sé cómo se le ocurrió hacer algo así, pero a lo mejor es justo lo que necesita el mundo: menos lógica y más fe".(pag.207) Y Harold descubrirá muy pronto que "Era la fragilidad de la gente lo que le llenaba de asombro y ternura, así como la soledad intrínseca a cada ser humano...todas las personas eran iguales y únicas a la vez. Tal era la paradoja de la condición humana" (pag 168). Nosotros, los lectores, lo confirmamos al cerrar el libro.
FICHA: "El insólito peregrinaje de Harold Fry".-Rachel Joyce. Editorial Salamandra.331 págs. 17 euros.
Ben Stiller no es un mal cómico. Su careto inconmovible de aspecto sempiternamente guasón da mucho juego. Pero lleva una temporada en que las cosas no le salen muy bien. Atrás quedan los alborotos a veces desternillantes de "Noche en el Museo" o la guasa autoreferencial en "Zoolander" o "Tropic Thunder" o la critica social de "Un golpe de altura". La película que nos ocupa, "Los amos del barrio" es un bodrio salido de madre, grosero y lleno de gags de dudoso gusto, en el que Stiller juega con la idea de una invasión alienígena enfrentada a un absurdo y lamentable grupo de defensa ciudadana formado por cuatro miembros, a cual más soez y cretino.Creo que ni siquiera Adam Sandler, otro productor de bodrios con ínfulas populares, ha caido tan bajo.
Lo cierto es que todo este desaguisado parece haber sido realizado para mayor honra y lucimiento de Stiller, Vince Vaughn, Jonan Hill y Richard Ayoade. Espero que el destino me depare no relacionarme jamás con encefalogramas planos como los citados actores en estos papeles. Parece evidente que los cuatro se han divertido rodando esta chorrada de supuesta ciencia ficción mala. Un idea que fue modelicamente explotada por Joe Cornish en su "Attack the block", cinta de bajo presupuesto y alto rendimiento, en la que un grupo de chicos, vecinos de un barrio suburbial, se enfrentan con éxito a unos alienígenas. Pero nada que ver con "Los amos del barrio". Película para olvidar (o mejor, dejar de ver) y de un director al que hago el favor de no citar.
A continuacion ascendemos una loma amplia hacia el norte y descubrimos dos pequeños Estanys más, el Llat y el Llong, de aguas prodigiosamente azules bajo el cielo de la Cerdaña. Ascendemos la loma hasta la cima y distinguimos un lago más, un poco mas abajo a la izquierda, que es el Vallel, y cuyo riachuelo de desague debemos cruzar por un pequeño puente metálico.
La verdad es que el cómico norteamericano Steve Carell no está teniendo mucha suerte en la elección de sus guiones. Lejos ya de su "Superagente86" este actor que parece un Buster Keaton de nuestra época se atreve con un tema apocalíptico al estilo de "Melancolía" de Vans Triers. Un asteroide va a caer sobre el planeta provocando el fin de la humanidad. Con el buen gusto de eviatarnos apocalipsis sociales y disturbios terminales, su directora Lorene Scafaria (que firma también el guión) nos ofrece un relato ajustado, contenido, con un humor nada estridente que ofrece detalles tan jugosos como la portada del "News Today", "Edición final: ¿Hacia una nueva humanidad?", la despedida ante las cámaras del locutor de un programa de noticias de máxima audiencia dando por cerradas las emisiones o la reunión del personal de la empresa donde trabaja Steve tras el suicidio de su experto en relaciones públicas.
Carell está magnificamente secundado por la siempre convincente Keira Knightley (su caótica joven vecina) que acompaña a Steve en un largo viaje a traves de varios estados del país para encontrar a una antigua compañera de instituto que le ha declarado su amor por carta y le pide que esté con ella cuando todo se acabe. Steve fue abandonado por su esposa por ser un tipo cenizo y aburrido. Luego se enterará que su mujer le era infiel, pero durante la road movie de los dos amigos, Steve muestra la autentica naturaleza bondadosa y amable de su carácter y surge el amor como era de esperar. Ya no será preciso que Steve recupere su antiguo amor de instituto y unido a Keira esperarán el fin inmediato de sus vidas junto a la del planeta entero. Como dice al final, "Esto es el Titanic y no hay ningun salvavidas a bordo". Así que lo único que queda es buscar a la mejor persona posible para morir junto a ella. La crítica cultural y social es continua, aunque sin mala uva, apostando más por la ironía y el humor. Como ejemplo la lista de "últimas voluntades" que van desgranando algunos personajes, me temo que bastante plausibles.
Y, por supuesto, admiren la fugaz intervención de Martin Sheen como el padre del protagonista...
Amin Maalouf, escritor en lengua francesa nacido en Libano en 1949, una de las plumas más sensibles de ese país de escritores sensibles que narran con la gozosa libertad y sensualidad de la tradición árabe literaria que entronca con "Las Mil y una noches", publica su nueva novela "Los desorientados" en España de la mano de Alianza Editorial y que comentamos aquí gracias a la atención de Octavi Serret de Valderrobres.
Premio Príncipe de Asturias en 2010 (en nuestro país goza de una profunda simpatía y un éxito duradero) y académico de su país de adopción, en esta novela Maalouf parece rendir cuentas a su propio pasado, encarnado en un profesor de historia de 47 años, Adam, exiliado en Francia (no cuesta nada evocar al propio escritor en su personaje) que escribe una aplazada biografía sobre Atila (guiño del escritor que parece evocar la barbarie que azotó --y azota intermitentemente a su país--.. con el bárbaro personaje hacia el que mantiene una actitud conciliadora y comprensiva (como el propio Maalouf hacia la barbarie de la historia de su país).
Maalouf hace vivir a su personaje Adam un regreso del exilio a Libano, en forma breve y obligada a causa de la muerte de su "antiguo amigo" Mourad que quedó en el país formando parte de los que se involucraron sangrienta y vitalmente en las guerras frattricidas, cosa que rompió la amistad entre los dos hombres. Mourad le pide que regrese para hablar con él antes de morir y Adam lo hace aunque cuando llega a Libano su ex amigo ha muerto y la reconciliación personal es imposible, aunque Adam emprende la conciliación con su propio pasado y su condición de exiliado.
Por ello Adam no regresa de inmediato a Paris y acomete la tarea personal pendiente de intentar recuperar a sus amigos del grupo de la Universidad, todos amigos también de Mourad, y de paso las sensaciones y las evocaciones que su amor por el país y su propio pasado le devuelven al respirar nuevamente el aire nostálguco de su juventud, un antiguo amor nunca olvidado, la luz, el color y el aroma de un país que a pesar de todo nunca volverá a ser el mismo.
En ese ejercicio de nostalgia literaria, Maalouf analiza el gravísimo conlficto que ha destrozado a su patria (y de paso al resto del mundo) y trata de comprender las causas y el desarrollo de los antagonismos que despertaron las diferencias religiosas (en apariencia, ya que lo que provocó realmente el colnflicto es la irreconciliable tragedia judía desde el holocausto hasta la creación del estado de Israel y las diferencias territoriales entre arabes e israelíes) y que se han enconado hasta llegar al actual desastre sin aparente solución.
La sensibilidad e inteligencia de Maalouf brillan en las pocas páginas (de la 296 a la 302) que dedica expresamente al análisis del conflicto (aunque éste está presente en todo el fondo de la novela), con un tono comprensivo y bastante objetivo, censurando las posturas y acciones y tratando de conciliar en lo que "debería ser" las actitudes (si los judíos y los arabes hubieran tratado de encontrar un acuerdo para convivir en un estado común).
Utilizando una técnica bastante clara para estructurar la novela, un narrador que complementa desde "fuera" el contenido del diario que el propio Adam va escribiendo dia a dia de lo que le ocurre y de lo que hace y piensa, Maalouf, va narrando durante más de quinientas páginas los avatares intimos del regreso de Adam a su país, el reencuentro con viejos amigos (incluida la bella historia de la Hanum, quizá la más sensual y evocadora), sus esfuerzos para reunir a todo el grupo universitario, judíos, cristianos y musulmanes, en un símbolo de lo qeu debería ser la unión y la tolerancia entre las confesiones como en otro tiempo aconteció.
Los personajes están bien dibujados, la relación extramatrimonial de Adam con Semiramis, su siempre admirado amor pendiente (que da lugar a una circunstancia poco plausible enel mundo árabe, la connivencia de las dos mujeres, la pareja de Adam y su amante, para legitimar de forma breve y limitada el amorío) es de una sensualidad y romanticismo digno de una de las mejores plumas del Libano actual) y las charlas y reencuentros con los amigos perdidos, van jalonando unma novela que resulta en algunos momentos fascinante y siempre interesante.
Dieciseis días de estancia en la tierra prometida de la infancia y la juventud, en los que Maalouf-Adam, realizan una puesta a cero de la vida de un hombre que cree que conforme a su nombre no será "el primero de su linaje, seré el último de todos los míos, el depositario de sus penas acumuladas, de sus desilusuones y de sus verguenzas", ya que "a largo plazo, todos los hijos de Adán y Eva son niños perdidos". A partir de ahí se produce el entrañable encuentro con "la delicadeza levantina y la ternura serena" de un país y unas gentes capaces de engendrar episodios de barbarie sangrienta y maravillas de humanidad y cortesía como la experciencia del amigo Albert, secuestrado por una familia a la que han matado un hijo único y que busca la venganza y acaba prohijando al secuestrado.
Pero es sobre todo la sombra ominosa del conflicto la que hace de esta novela un alegato contra la intolerancia, pues como Maalouf escribe (pag 297) "más que cualquier otro, es ese conflicto el que impide a Occidente y el islam reconciliarse, es el que hace retroceder a la humanidad contemporánea hacia las crispaciones identitarias, hacia el fanatismo religioso".
El escritor aseguró en una entrevista que "he esperado a tener el pelo blanco para poder hablar de la propia juventud", refiriéndose a la publicación de "Los desorientados" y lo hace con un respeto y una lucidez que encandilan al lector en un recorrido que no es nada complaciente y no ahorra análisis dolorosos de la actualidad de Libano y de las contradicciones y sufrimiento de los exiliados. "Es como si visitáramos unas ruinas y reconstruyéramos el lugar a partir de recuerdos", menciona describiendo las sensaciones del exiliado que regresa, ante los lugares que jalonaron su infancia y juventud (cosa que queda reflejada magistralmente en la novela).
La clave está en la pregunta que yace en el trasfondo del libro, ¿qué es preferible, más ético, la pureza del exilio sin compromiso real o el compromiso con el país que te obliga a participar y acaba por corromper a la persona?
Magnífica novela, pues. Hay que leerla al menos por dos motivos a mi entender. Primero y básico, porque es una buena novela. Segundo, porque es un claro argumento para entender un poco el lamentable conflicto universalizado que enfrenta a árabes e israelíes.
FICHA: "LOS DESORIENTADOS".- Amin Maalouf.- Alianza Literaria.- Alianza Editorial.-524 págs.
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He recibido una copia de una hermosa carta que una persona que conozco envió a una joven que está pasando momentos muy duros. Dada su belleza y sobre todo la calidad terapéutica y emocional del mensaje enviado, la adjunto para consuelo de toda persona que viva unas circunstancias tan dolorosas y estresantes.
He leído en tu mirada días de desolación y miedo. Angustia por las consecuencias de cada nuevo acontecimiento. Algunos se convierten en rutinarios. En ocasiones, la sensibilidad y la experiencia te permiten anticipar lo que va a ocurrir. Ello no evita las sorpresas, el desasosiego y el permanente deseo de ahorrarle a tu hijo días de hospital. No siempre es posible, ni siquiera depende de ti. Las circunstancias escapan a todo control.
El pequeño protesta puntualmente, pero la mayor parte del tiempo juega e inventa mil maneras lúdicas de aprovechar las horas. Se mueve ágilmente. De repente, un tirón, un desafortunado gesto le arranca el porta kad. Dolor, herida, sangre. Te alarmas, él se asusta, llora. Hay que actuar rápido, vuelven a pincharle, sin anestesia, la urgencia se impone.
Te desesperas, pesa sobre tus espaldas el día de ayer, la reacción incontrolada provocada por la transfusión, el amago de fiebre, las defensas bajas y las incontables horas de espera. Ves alejarse la esperanza de regresar a casa. Tus expectativas no se cumplen. Hablan de ingreso, no hay camas libres, al final le adjudican una habitación en la planta novena. La pediatra receta antibiótico. Te opones a que se lo administren cuando su temperatura no alcanza los treinta y ocho grados. Te indignas, no comprendes la necesidad de ingresar cuando no cursa fiebre. Por precaución, te dicen. Más tarde la fiebre aumentará. Empieza la tanda de antibiótico. Te rindes ante la evidencia de pasar cinco o seis días más en Sant Joan de Déu.
Hoy todo se derrumba, tantos meses de tratamiento sin otro horizonte que el día a día, la implacable rutina de los controles constantes, las interminables estancias hospitalarias. Lloras. El pequeño está atento, sabe que algo pasa. Secas tus lágrimas, entras en la habitación y sonríes. Percibe tu desasosiego. Observa y calla. Poco a poco vuelve la calma. Tu miedo persiste y él, consciente, pese a su corta edad, colabora. Sabe bien que sólo puede jugar con un brazo, el otro debe permanecer inactivo, pegado al cuerpo. Es hábil, su admirable constancia le permite seguir jugando, golpea el globo con la izquierda, ríe, se divierte, disfruta de la vida. Es como el riachuelo cuyas aguas discurren alegres sorteando cualquier obstáculo que se interponga en su camino, nada detiene su curso.
Tu hijo te muestra su sabiduría, el arte de vivir el aquí y el ahora, sin desperdiciar ni un segundo. La tristeza, la desolación y el desánimo no forman parte de su vocabulario ni de su pensamiento. Cuando le vence el cansancio se abraza a ti, busca la fusión con la madre, regresar a la placenta donde todo es placidez y calma. Su abrazo y su risa espontánea, te renuevan, sientes que vuelven las fuerzas para seguir luchando, él te muestra el camino.
Admiro tu valentía, tu capacidad de entrega, el saber dar lo mejor de ti, la generosidad de cuidar, de sonreír, de escuchar, de compartir, de preocuparte por los demás, tu sensibilidad, tu sentido del humor, el espíritu de superación constante, tu profunda calidad humana. Personas como tu nos devuelven la fe en el futuro.
Te quiero,