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29 abril 2022 5 29 /04 /abril /2022 18:05

Desde Ucrania y Rusia a Estados Unidos y la OTAN, bajo una crisis ecológica global

(Publicado en La Comarca, 290422)

“Los que vivimos de nobles y honestos sueños, defendemos lo malo de lo peor”, escribía el poeta irlandés Cecil Day Lewis ante el brutal estallido de nuestra guerra civil en la que luchó como brigadista. Esta es la postura ética que mantenemos muchos ante la no menos brutal guerra de Ucrania. Sin contar con el entramado maquiavélico de conflictos armados, ejércitos, países, supuestas ideologías y circunstancias climáticas, alimentarias, energéticas y humanísticas (víctimas mortales, desplazamientos de población y refugiados) que están llevando al mundo a una situación crítica global de imprevisibles consecuencias. Lo curioso es que no todos los Gobiernos parecen ser conscientes  de ello y tampoco la generalidad de los seres humanos. Se vive de espaldas a la realidad, hipnotizados por el permanente caudal de “fakes news”, imágenes emocionales, juicios sin base e información honesta que ha sido privada de su debida importancia.

Empecemos con la frase de Hanna Arendt sobre la “comprensión” del régimen nazi: explicar de forma lógica no es justificar de forma ética y anímica, “no supone perdonar nada”. Y así rechazamos  la invasión de Ucrania  y el angustioso avance militar ruso, que es “lo malo”, pero pensamos que “lo peor” es que en el avispero ucraniano nada es lo que parece o nos dicen que es. Hay brutalidad y crímenes rusos, pero también los hubo por parte ucraniana respecto a los rusohablantes; es malo el régimen autoritario de la oligarquía mafiosa de Putin, pero en Ucrania se había venerado la svástica  nazi y durante la II Guerra Mundial los voluntarios ucranianos al mando nazi dejaron un recuerdo pavoroso. Los “padres” de la patria ucraniana –Golovinski, Shukhevic y Bandera- celebrados hasta antes de la invasión (el famoso “Protocolo de los sabios de Sión” parece haber sido obra de uno de esos ideólogos) revivieron públicamente en 2014 en el golpe de Estado del Maidan (con asesinatos en masa de ciudadanos prorusos) y en enero pasado durante los desfiles conmemorativos del aniversario de uno de esos próceres de la Patria ucraniana; es malo el empeño ruso en asegurar sus fronteras y sus referencias a la amenaza nuclear, pero no es mejor el juego de Estados Unidos con la Alianza para asegurar su hegemonía militar (y la económica) y el empeño en admitir a Ucrania en la OTAN (a pesar de las promesas históricas de ésta de no ampliarla con más países de la órbita rusa). En cuanto a los réditos financieros y comerciales que supone para Washington la guerra en Europa –tan ventajosamente lejana- superan los beneficios que obtiene nuestro continente de la ayuda norteamericana.

Es malo el desprecio de Moscú por las leyes y normas de la convivencia pacífica entre las naciones, pero es peor la tendencia puesta en marcha por las exigencias perentorias de Washington de rearmar a toda Europa (incluida Alemania y los países del Báltico) explotando el “miedo” europeo al oso ruso. Vamos directamente a la creación de un ejército europeo que además de pulverizar el ansia de paz de las cartas fundacionales de la ONU y de la UE, nos coloca directamente como coprotagonistas bélicos y esquilma un poco más las arcas de los países de Europa, haciendo –paradójicamente- lo que Trump pedía: que los europeos paguen su propia defensa. Las mentiras y la codicia de los Gobiernos y sus dirigentes involucran por igual a tirios y troyanos, a Rusia y sus satélites y a Occidente, Estados Unidos y los suyos. Explicar y comprender la dinámica perversa de esta contienda, no es justificarla en ninguno de sus extremos. Pero tampoco nos sirve de mucho si se fortalece una nueva “guerra potencial” con la entrada de Suecia y Finlandia en la Alianza. Es malo que se de ese paso y decir que Putin lo ha provocado no nos libra de lo peor: estamos creando las bases para que se desencadene un posible conflicto global. En una palabra: en lugar de trabajar por encontrar una vía de diálogo y distensión (ningún precio razonable- reconocer la neutralidad de los países bálticos- es demasiado alto) estamos exacerbando el victimismo reivindicativo de Putin y la tentación del salto cualitativo bélico que puede suponer la ruina para todos. El secretario de Defensa norteamericano, Austin, lo dijo el martes de una forma poco diplomática y nada sutil: “Queremos ver a Rusia debilitada hasta tal punto que no pueda repetir agresiones”. Está dando razones a Putin para que pierda aún más los estribos y reforzar el apoyo de sus aliados. De hecho la OTAN debería estar agradecida a Putin ya que el belicismo de éste (a la altura del que muestra Austin) ha provocado el virtual renacimiento de una institución que se deterioraba a falta de excusas bélicas. ¿En qué nueva y desastrosa aventura militar nos van a meter los Estados Unidos?¿Están preparando el demencial escenario de un conflicto global por la hegemonía con China y Rusia?

 

La estrategia anexionista de Putin no es el síntoma de una psicosis imperialista ni la amarga revancha de un personaje dostoievskiano, hay una lógica impecable en ella: apoderándose de la costa ucraniana en el mar Negro y con el apoyo de los 2.000 soldados rusos en la franja rusa de Transnistria (provincia autónoma en Moldavia) dejaría a Ucrania sin puerto marítimo y hundiría su economía exportadora. Por cierto el trigo y la cebada que permite sostenerse alimentariamente al Magreb procede de Rusia y Ucrania. Sin ellos podríamos tener otras “revueltas del pan” en el norte de África (como las de la “primavera árabe”), lo que complicaría exponencialmente la situación geopolítica y energética de Europa.

La guerra ya está provocando daños colaterales, progresivos y extensivos, en la economía y la vida cotidiana de los ciudadanos, directamente en Europa e indirectamente en el resto del mundo. ¿Quiénes se lucran con el “cuanto peor, mejor”? Empresas energéticas (Shell y Exxon Mobil, entre otras), armamentísticas, alimentarias, fondos financieros…mientras, las facturas del gas, el petróleo, la luz suben a niveles nunca vistos. Pero se sigue aplicando el sistema “marginalista” (se fijan los precios de la electricidad de acuerdo al de la energía más cara para generarla, aunque ésta suponga un porcentaje mínimo del total) sin que los Gobiernos protesten. El gasto de la cesta de la compra de los ciudadanos se ha incrementado, mientras las cadenas de suministro especulan con precios al alza. Y tanto estos como la pequeña y mediana empresa se dirigen a la ruina. La inflación está a las puertas.

El encarecimiento del petróleo y sus derivados más la incidencia directa de la guerra en la producción agrícola en Rusia y Ucrania hace temer una crisis alimentaria que está siendo anunciada por la FAO desde que empezó la invasión rusa. Los países del Magreb y de Oriente Medio (y no hablemos del resto de  Africa) pueden enfrentarse a una hambruna que por efecto dominó, como hemos comentado ya,  podría afectar al suministro de gas. Recordemos que tanto Estados Unidos como Argentina los grandes proveedores de trigo, maíz y girasol, está sufriendo una sequía que afecta a la producción y a los países que dependen de ellos.

 En estos momentos en los que la crisis ecológica del cambio climático comienza a provocar efectos dañinos, la guerra de Ucrania y sus efectos colaterales están creando un contexto de escasez en varios campos de los que ni los Gobiernos ni la ciudadanía tienen conciencia fáctica, unos por intereses y los otros por ignorancia. Las mentiras y la codicia siguen dominando el mundo. Y Europa sigue mirando hacia la potencia norteamericana cuando tendría que concentrarse en ordenar su continente y llegar a atraer a Rusia. Es la gran hipocresía de nuestra época (en realidad, de todas): se evocan razones ideológicas y políticas, cuando en el fondo sabemos que son las económicas las que mandan y operan, tras el decorado, las acciones de los gobiernos. Nuestro Quevedo, don Francisco, lo dijo claro: “las revoluciones se hacen por el huevo, no por el fuero”. Habría que dar un giro copernicano al asunto: pongamos las económicas al aire libre y dejemos las políticas e ideológicas atareadas en promover una moral operativa entre los países y una ética tolerante entre los pueblos.

En política exterior los principios éticos tienen un carácter instrumental. La moral y la ética entre los Gobiernos sólo sirven cuando las necesidades prácticas del momento y los objetivos estratégicos lo permiten. Quizá si las necesidades perentorias que provocan las crisis que se están formando –dado su carácter global- se afrontan con una estrategia moral, la más efectiva – y además una ética global para un problema universal- se estaría dando el primer paso para responder al desafío planetario que parece estar a punto de invadirnos. Por el momento, mientras las armas de destrucción masiva que son las mentiras y la codicia sigan activas, insertas en el tejido operativo de la política y la economía del entramado internacional, todas estas reflexiones son papel mojado.

Y  este panorama internacional no nos debe hacer olvidar un punto realmente alarmante: el silencioso pero activo papel de China y su influencia y poder en el nuevo orden internacional que se está fabricando a marchas forzadas. Como consecuencia inmediata de la guerra de Ucrania, occidente ha “regalado” a Pekin un nuevo y apetitoso “cliente”, Rusia. China es la superpotencia emergente y viene doblemente armada: con una economía activa, emprendedora y boyante (a pesar del frenazo del COVID) y con una ideología híbrida y lógica, fundada en el pragmatismo político-económico y la firmeza de un régimen autoritario. Hablaremos de ello.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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8 abril 2022 5 08 /04 /abril /2022 18:16

MAYORES CON REPAROS

Publicado en La Comarca el 8-04-22

Una cultura que desprecia, arrincona o ignora a sus ancianos está condenada a perder sus señas de identidad, a desaparecer.  En la antigüedad los ancianos constituían una de las riquezas del país, la garantía de su memoria histórica y, en algunos casos, una reserva dinámica de sabiduría y experiencia (de ahí los Consejos de Ancianos, los Senados y la tradición ancestral de los viejos maestros).

En la actual civilización líquida (no me atrevo a llamarle cultura) sin valores ni principios, utilitarista, adicta al consumo, la producción y el beneficio, agitada y variable hasta la patología, los ancianos son una molestia, un gasto inútil y un problema innecesario. El desastre de la pandemia nos mostró hasta qué punto la vejez es material desechable. Y no me refiero sólo a las mal llamadas “residencias”, que en la Comunidad de Madrid –y otros lugares - eran aparcamientos de “cadáveres efectivos”,  sino de los ancianos con dolencias distintas y también urgentes que, debido a la acumulación sanitaria, no tuvieron el auxilio preciso. Pero hay más. Observemos las arbitrariedades que el capitalismo abusivo impone hoy a los ancianos: en la banca, las consultas de la SS, la burocracia de entidades oficiales de todo tipo. En ellos se ahonda la brecha digital que padecen las personas mayores, ajenas a los modos y maneras informáticos. Para el 70% de los mayores de 65 años el acceso a la Administración mediante medios electrónicos es un problema mayúsculo. La falta de personal de atención directa es apabullante, pero crece el número de funcionarios sin actividad productiva y asesores de no se sabe qué. Comienzan a oírse quejas de la ancianidad a estas deficiencias y consiguientes abusos. Los políticos van aceptando que “hay que hacer algo”, pero las cosas en palacio van despacio. El Justicia de Aragón asegura que falta accesibilidad y trato humano.

A partir de los 80 años parece que hay quejas sobre  desatención sanitaria hacia ese precario colectivo: por ejemplo con descartes de tratamientos a ciertos pacientes por razones de edad. O unas listas de espera de enorme lentitud que afectan también el realizar determinadas pruebas médicas, provocando que los pacientes recurran a la privada, en el caso de que tenga medios para hacerlo. Aún así me consta que existen protocolos –sin contar con las comisiones de ética médica en muchos niveles de la sanidad pública española- como el “Compromiso por la calidad” del ministerio de Sanidad y la “Guía de Salud” y sus recomendaciones de “No Hacer”, que tratan de evitar esos casos. A pesar de ello hay descuidos o prácticas deficientes  quizá asociadas al cansancio laboral, al exceso de trabajo, la falta de personal y a las enormes y urgentes exigencias sociales que reclaman situaciones sanitarias de excepción. El problema es que afectan bastante a ese colectivo marginado que son las personas mayores “con reparos”. Médicos consultados  aseguran que no se suele considerar la edad como factor limitante para un tratamiento, sino el riesgo-beneficio  del paciente en concreto y también la calidad de vida que pueda ofrecer dicho tratamiento, el apoyo familiar al paciente y las enfermedades asociadas. Hay comités de cada especialidad (tumores, trasplantes, cirugía) para valorar casos concretos y se tiene en cuenta la decisión del paciente.

No deberíamos olvidar que esas generaciones de jubilados han soportado sobre sus hombros un país en crisis, han mantenido a muchas de sus familias de trabajadores en paro, han tapado grietas del sistema y cubierto las deficiencias del Gobierno de turno. Por simple sentido común deberíamos cuidar a nuestros ancianos, ellos son el  espejo de nuestro futuro.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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1 abril 2022 5 01 /04 /abril /2022 15:34

UCRANIA: EL SÍNDROME DE AUSCHWITZ

Publicado en Heraldo de Aragón, 010422

Una generación que no sabe aprender de sus errores está condenada a repetirlos. La geopolítica internacional adolece de una desmemoria histórica que, a fuerza de dimensionar equívocos, ansias de poder y memoria manipulada por intereses hegemónicos, olvida hechos inaceptables y vergonzosos que muchos países se comprometieron a que no volvieran a suceder. ¿Hemos olvidado el mandamiento ético que para la Humanidad supuso la existencia de Auschwitz? ¿Somos tan ciegos que no percibimos las relaciones y correspondencias causales, políticas y sociales, directas o indirectas, que existen entre la invasión de Ucrania y los campos de exterminio? ¿Hay tantas diferencias entre las posturas genocidas de los nazis  respecto a los judíos y otros pueblos considerados “eliminables” y las que pregona Putin para “justificar” la  invasión de Ucrania? ¿No hay semejanzas entre el egoísmo y la ceguera de Europa previos a la II GM y los  errores actuales de cálculo en la subordinación política de la UE a los intereses geoestratégicos de EE.UU. y el brazo armado de la OTAN? Vivimos una nueva escalada de gastos en Defensa en Europa, lo cual aleja la posibilidad de diálogo de paz. El “si vis pacem para bellum” (si quieres paz prepárate para la guerra)  es una memez belicista contagiosa.

Auschwitz podría parecer una referencia fuera de contexto en un análisis de la situación–límite actual. Pero recordemos que era algo impensable incluso tras la llegada de Hitler al poder en 1933. La dinámica perversa de la condición humana no ha cambiado tanto, como cualquiera puede percibir sólo repasando los desvaríos y abusos bélicos de la política internacional tras el fin de la guerra mundial  (Iraq, África, Oriente Medio, Sudamérica, Bosnia, etc.). De todo ello nos advertía Theodor W. Adorno: “Habría que evitar que vuelvan a producirse otros Auschwitz. Su existencia y la lucha para evitar que se reproduzca no es algo que nos dicte el imperativo categórico de la razón pura práctica sino que obedece a un desgarro en la historia, la experiencia histórica del mal.” Y ¿qué es sino un “desgarro de la historia” la dinámica bélica de Putin, con sus referencias al holocausto nuclear? ¿No es la reiteración de la “experiencia del mal”? Adorno advierte que la barbarie anida y seguirá anidando en el corazón de nuestra civilización mientras perduren las condiciones que hicieron posible la bestialidad de Auschwitz.

En el caso de Ucrania se percibe una radical insensibilidad en los agresores, que pretenden convertir la guerra en un balance trivial de efectivos militares y razones económicas más o menos escondidas, una praxis bélica que ocasiona miles de víctimas y arrasamiento de ciudades, fábricas y cosechas. Sin olvidar a los miles de refugiados que abandonan sus hogares para salvar la vida, con sus dramas y necesidades primarias a cuestas. Todo ello conforma un alarido de alarma dirigido a la conciencia de la Humanidad. Las imágenes que se difunden por televisiones, móviles e internet tienen el peligro –ya denunciado por Hannah Arendt- de banalizar la tragedia para convertirla en una noticia más, que se percibe a través del alejamiento esquemático de los  emoticones y los “like”. Como decía la filósofa Judith Butler, “Hemos sido apartados del rostro – el rostro de una víctima es la denuncia básica de un horror- por medio de la imagen vertiginosa de una cara, de un cuerpo torturado, una representación visual que acaba, por ser obsesiva y constante,  tiñendo de rutina el horror de la muerte”.

Lo que está sucediendo en Ucrania –y en otro orden de cosas, en Rusia y en los países que asisten a la “representación” de Putin- es que como seres humanos insertos en una civilización digital donde prima la imagen difundida obsesivamente, la tragedia ucraniana se convierte en un drama serializado en “prime time”, que nos afecta menos por su obscena reiteración. Esa dinámica  nos va inmunizando al dolor de los otros, casi sin darnos cuenta. Y olvidamos que “su problema” será “nuestro” problema. Como el horror de Auschwitz no se quedó en una anécdota histórica, sino que, sin percatarnos de ello, ha dejado su emponzoñado mensaje en la memoria genética de la Humanidad.

Quizá no se llegue a repetir exactamente la bestialidad hitleriana, pero percibimos ya inquietud en los nidos de serpientes que se esconden tras la inmoralidad agresiva del ataque a Ucrania. Putin, consciente o  no de ello, está aplicando la “doctrina” del ideólogo nazi Carl Schmitt: la oposición radical amigo-enemigo como criterio para diseñar la política de su país. Ese “enemigo” de Schmitt y quizá Putin, se define como una amenaza letal para la supervivencia de la nación y cualquier medio de aniquilarlo –nadie habla de negociar- está justificado, desde la guerra exterior a la “limpieza étnica” interior. Los nostálgicos de imperios dictatoriales se frotan las manos viendo a la barbarie cabalgando por los campos y ciudades de Europa, Asia, África... Es el síndrome de Auschwitz (una de las consecuencias de la “doctrina Schmitt”)  que ha despertado de su espantoso dormitar en la historia.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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31 marzo 2022 4 31 /03 /marzo /2022 09:30

Hay un punto de conexión entre el autor de este libro, Jordi Pigem y el de este artículo. El haber conocido y tratado a un pensador de primera categoría, un erudito que además seguía un camino de excelencia espiritual, Raimon Panikkar, al que conocí y admiré en su retiro de Tavertet.  Precisamente uno de los términos filosóficos conceptuales que Panikkar desarrolló, la ecosofía, que definía como una suerte de escucha de la Tierra a través de sus manifestaciones animadas o estáticas, es uno de los principios dinámicos filosóficos que instrumenta Pigem en  "Así habla la Tierra".

Se nos propone un viaje a través de citas de poetas, escritores y filósofos desde los taoístas o budistas, hasta la Grecia  y la Roma clásicas, y las joyas literarias, filosóficas, científicas y  y poéticas que nos han legado a través de los siglos. Pero el grueso del volumen lo ocupan los comentarios personales del autor, articulados como la voz de la Tierra, donde se explicitan las maravillas, riquezas y desafíos, peligros y carencias que el planeta y el Cosmos nos ofrecen a todos los que, con ojos para  ver y sensibilidad para apreciar, nos conmueve y enriquece la comunión con la Naturaleza.

Decía Platón en el "Timeo": "este Cosmos es un ser vivo, dotado de psique y del intelecto...un ser vivo, único, visible, que contiene dentro de sí a todos los seres vivos, que por su naturaleza son sus congéneres". Este es el fondo latente  de la cuestión que desarrolla el libro de Pigem, que también cita al malogrado Giordano Bruno que alarmó a la Inquisición con su percepción de que "el alma del mundo es el principio constitutivo formal del universo y de todo lo que el Universo contiene". Lo pagaría con la vida.

Dividido en tres partes, Origen, Ciclos de vida y luz y Ecos, el libro deja una sensación deliciosa de humildad y reconocimiento ante la grandeza de la Naturaleza, a la que el autor da la posibilidad de expresarse y lo que nos dice nos emociona, nos apena y nos alarma, La Tierra nos apostrofa: "Creéis que estáis solos en la cúspide del mundo, que sois los únicos que sienten y piensan, los únicos que cuentan. Pero el árbol que tocáis también siente vuestro tacto, la tierra que pisáis también siente vuestros pasos, el agua en la que os zambullís siente vuestros cuerpos, el aire que respiráis siente vuestro ánimo. No estáis solos". 

Con la metáfora de un día narrativo, la Tierra nos habla del amanecer en maravillosos lugares del mundo, Mediterráneo, África, España. Nos recuerda a Leonardo da Vinci o Melville. Voces de mentes geniales fascinadas por la Tierra. Ella nos habla de sus aguas, sus peces, sus rocas, sus hayedos, sus bosques, citando lugares y rincones, la vida cambiante del subsuelo, lleno de energía potencial, nuestra cuna (humanos, viene de humus, nos recuerda), Anaxágoras que cifra en la contemplación del cielo y los astros el propósito de la existencia; nos habla de los ríos, el Congo, el Nilo, el Indo, todo fluye , todo vibra. Como para Hermann Hesse, el río es la metáfora de la vida humana. Después habla de los océanos y sus trillones de millones  de bacterias, virus y especies de peces, que constituyeron la cuna del hombre. Amanece en La Graciosa, en Irlanda, en los altos del Garajonay, en Islandia o Groenlandia, la Antártida, el Caribe  y esa gigantesca y desconocida cordillera submarina que atraviesa todo el Atlántico y de la que únicamente vemos las Azores o Islandia o en unos de sus brazos que pasa por el Indico y sube al Golfo de Omán y va hacia el Pacífico hasta el golfo de California.

Pero la voz de la Tierra evocada por Pigem también nos recuerda que esos colores del amanecer global sacan destellos sobre centenares de kilómetros de residuos plásticos en el Atlántico Norte, que anochece sobre otra gran mancha en el Pacífico norte y que brilla la luna sobre otra semejante en el Pacífico Sur. Se queja la Tierra de las más de cien mil sustancias contaminantes creadas por el hombre que van agostando las tierras, los ríos y los océanos del mundo.

La voz de la Tierra compara, con aliento poético y rigor científico el paralelismo existente entre los ríos y sus vidas y cursos (también sus accidentes y enfermedades) con las de los humanos y también la existencia de los animales en relación con los humanos en una red de redes que imitó Internet en su momento. El día del Planeta pasa y el mediodía nos coge en el delta del Níger  y en el Ródano, con su corrupción ecológica que anuncia un colapso que ya está aquí: "sin nubes no hay agua/sin agua no hay vida/ sin vida no hay nubes", el circuito fatal de la crisis climática. Y nos recuerda también la Tierra la extinción imparable y progresiva de la biodiversidad, de los miles de especies que desaparecen cada día a todos los niveles de la bioesfera. "Todo está conectado" dice la voz de la tierra. "¿Creéis  que los organismos tienen fronteras? Los organismos tienen una existencia entrelazadas y vosotros sois comunidades simbióticas también. No hay vida sin ecosistemas". Y nosotros somos organismos entrelazados a todos aquellos a los que vamos extinguiendo. Es una cuestión de tiempo que nos llegue el turno,

Al final del libro, en Ecos, Pigem cita a su maestro Panikkar; "La vida no es un accidente que se adhiere a la materia...la Tierra es un ser vivo, el universo es un ser vivo, el cosmos entero está vivo...Es decir la realidad está viva". Resuena en esa venerada voz el eco de los budistas,taoístas y sabios griegos, los incontables y desconocidos maestros de culturas indígenas (la mayoría exterminadas) que vivían en simbiosis perfecta con la Naturaleza: "Puedes lanzarte al suelo y estirarte sobre la Madre Tierra, con la firme convicción de que eres uno con ella y ella contigo". (Erwin Schrödinger).

ALBERTO DÍAZ RUEDA

FICHA

ASÍ HABLA LA TIERRA.- Jordi Pigem.- Ed. Kairós.,135 págs.

 

 

 

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25 marzo 2022 5 25 /03 /marzo /2022 11:23

Publicado en "La Comarca" el 25032022

Son malos tiempos para la lírica de la paz y el diálogo entre las naciones. La guerra imperialista de Rusia contra Ucrania está cambiando el tablero geoestratégico de la política mundial y NO, seguramente, al gusto de nadie, incluyendo a Putin, y con la excepción de China. L os firmes y pacientes dirigentes chinos, encabezados por Xi Jinping,   pueden estar aplicando los consejos de Confucio o el Tao a su postura política en este conflicto. Sólo hay que recordar el (supuesto) comentario del líder chino a las presiones de Biden para que condene a Putin: “deberá quitarle el cascabel al tigre quien se lo haya puesto”. Es evidente que el peso geopolítico y económico de China está siendo potenciado enormemente por esta guerra. Pero es posible que ni Putin, ni Biden, ni Europa, perdidos en medio de la tensión bélica y del cuestionamiento del antiguo escenario bipolar, se percaten de que están alimentando al “tigre dormido”, que ya hace más de una década que está dando pruebas –muy suaves y secretas- de que se ha despertado y refuerza sus poderes (un hecho que la pandemia ha evidenciado). Pero esa es una cuestión que analizaremos otro día.

En cuanto al curso de la guerra, este Observatorio está sujeto a la actualidad, aunque debe limitarse a apuntar los elementos más significativos de las últimas horas, consciente  de que no serán las del lector. En los momentos en que escribo estas líneas (jueves a mediodía), hay varios aspectos a destacar sobre la situación bélica y su entorno político internacional.  Pero sobre todo hay una triste y lamentable percepción: el mundo ha dado un paso hacia atrás. Es un punto de inflexión histórico con polaridades excluyentes y un futuro más incierto del que teníamos. Se da un cúmulo de circunstancias en diversos sectores –climático, alimentario, económico, social, de salud y bélico-  que auguran conjuntamente  la tormenta perfecta o una dinámica de consecuencias imprevisibles y, en todo caso, muy preocupantes. Ello ha causado la reaparición de la “realpolitik” y el pragmatismo puro y duro en el escenario político mundial.

En este instante histórico nadie puede predecir que el final de la invasión rusa esté próximo. Putin se ha enfangado en una guerra de desgaste, con muchas bajas propias y demasiadas bajas en el factor más inocente de la ecuación bélica: la población civil. Pensar en un posible juicio internacional por crímenes de guerra contra el autárquico (en el sentido de poder absoluto) líder ruso, es una quimera. Y aunque fuera posible, eso no restituye las vidas perdidas.

De momento es imposible saber a ciencia cierta si los 10.000 soldados rusos muertos es una cifra real o lo es la de 500 que reconoce Moscú o los 15.300 que dice contar Ucrania en su haber. La verdad es siempre la primera víctima bélica.

Por otra parte hemos de descartar que se produzca otra hecatombe del aparato del Estado ruso como en 1991. La situación rusa no tiene los elementos precisos, de tipo sociopolítico, para que esto ocurra. No es el momento. Quizá la cuestión económica lo posibilite. Pero eso es a la larga y suponiendo que el actual desgarre bélico no se agrave exponencialmente (por un descuido, por un exceso de soberbia, por un incidente aislado pero oportuno) y se lance sobre la mesa de “juego” la aciaga carta --nuclear, o químico-biológica-- de “triunfo”, que sería la derrota global del mundo actual.

De momento Putin, desesperado por la dilación de su supuesto “paseo militar” hasta Kiev, ha usado algo no aceptable  hasta este momento, misiles hipersónicos. Los aliados han protestado verbalmente pero Putin hace oídos sordos, en su prepotencia bélica. El problema, una vez más, es que Putin, como un jugador de póquer acorralado, por encima de toda ética y de la simple previsión de las consecuencias, ceda a la tentación suicida de usar armas químicas y biológicas, aunque lo vista como una respuesta a un supuesto ataque bacteriológico de los ucranianos (a los que ya ha acusado de tener laboratorios secretos donde se almacenan esas armas, financiados por Washington).

Otro factor a tener en cuenta es la falsa idea de que Rusia está luchando sin ningún tipo  de apoyo exterior; que está aislada de la comunidad internacional. Eso, además de ser falso, es un error estratégico que los “aliados” no pueden permitirse. En primer lugar hay que contar con China. Xi Jinping, tiene razones ocultas para buscar la ruptura del bipolarismo histórico: cuando la situación se equilibre un poco, Pekín se ocupará de neutralizar a Rusia y  “clientizarla” más, para llegar a comandar la hegemonía del Este frente a Estados Unidos y Europa. Además tiene razones estratégicas más inmediatas para evitar que en esta ocasión Rusia sea vencida o quede mal parada, ya que esa debilidad dejaría el campo libre a Washington,  no sólo en toda Europa, sino en multitud de zonas repartidas por el mundo en las que Rusia lleva años buscando acomodo e interviniendo de una manera más o menos solapada.

Pero además de Pekín, hay toda una franja de países árabes, africanos, hindúes y latinoamericanos  que aplauden  a Putin, mientras el poderoso Erdogan pone a Turquía en zona segura exhibiendo una falsa neutralidad. En tanto Israel, con un ojo puesto en la puerta noroeste de su país (frontera siria, asegurada por la “protección” rusa) y el otro en la mayoría de israelíes de origen ruso en su Parlamento, procura abstenerse de todo movimiento que disguste a rusos o a norteamericanos: aunque no apoye la invasión rusa, tampoco lo hace a las medidas de castigo.

Tengamos en cuenta que esa mayoría, sobre el panel, de países que votaron contra Rusia en la ONU, representan a menos de la mitad de la población mundial: sumando la abstención de India y China. India hace buenos negocios con Rusia sobre todo en armamento (que paga con rupias y rublos, saltándose el bloqueo económico).  Por otra parte India y China pertenecen a la Organización de Cooperación de Shanghai, junto con Rusia, Pakistán, Brasil y Sudáfrica: lo cual “justifica  la neutralidad” de todos ellos y sus abstenciones a las medidas contra Putin.

 Por lo tanto, ni Rusia carece de apoyos externos, ni Putin es considerado “urbi et orbe” como un loco sanguinario. Muchos, incluso en las filas “aliadas”,  sacan a colación el historial de oferta de diálogo y actitudes a favor del desarme mundial que Moscú barajó, a menudo en solitario, desde 1978 cuando se inició el diálogo para el desarme. Después, en 1985, con propuestas muy generosas de Gorbachov y en 1987, con acuerdos para eliminación de misiles de alcance medio y corto (a veces con las reticencias de un EE.UU. disfrutando de una plena prepotencia hegemónica). Y  también se recuerda que en  1991 Washington convenció al líder soviético de que aceptara la unificación alemana a cambio del compromiso de la OTAN de no acercarse a las fronteras rusas. Promesa tan ignorada por los aliados  que, desde 1990 hasta el 2020, la OTAN incorporó 14 nuevos países y rodeó las fronteras de Rusia. El año pasado en la Casa Blanca se dijo que la entrada de Ucrania y Georgia en la OTAN era un derecho, de cada uno de esos países, que sería respetado. Un par de meses más tarde, Ucrania era invadida.

Sin ninguna intención de justificar ese atropello bélico (que es un absoluto desdichado, falto de ética y de razón) sí que hay motivos para preguntarse: ¿a qué diablos se está jugando en los cenáculos de la política internacional? Quizá  deberían jugar  a aplicar el término ideado por  Otto von Bismarck  a finales del siglo XIX, que tanto éxito está teniendo estos días: la “realpolitik”, es decir la política divorciada de la ética también llamada “pragmatismo” . Como si eso no fuera una situación habitual en todos los países, incluido por supuesto el nuestro: Sánchez y el Sáhara, pongamos por caso.

Conviene llegar a un acuerdo con Putin y dejarle los huesos que está royendo; no toda Ucrania, por supuesto, pero si la parte  secesionista de habla rusa. Y hacerlo porque hay que aplicar la “realpolitik” en momentos en que no hacerlo puede equivaler a una destrucción generalizada. Deben “salvar la cara” a Putin aunque estén deseando colgarle por crímenes de guerra. Buscar acuerdos de todo tipo, incluida sobre la reconstrucción, avalada por Europa e incluso con la ayuda rusa, de la Ucrania destrozada, que no formará parte de la OTAN, al asumir su neutralidad, pero sí de la UE. ¿Por qué? Porque siguiendo la “realpolitik” a nadie le interesa, a Europa menos que a nadie, otra aniquilación de la dignidad de la “madre Rusia”. Conviene utilizar  la economía internacional, no para castigar, sino para reconstruir y afrontar conjuntamente la “tormenta perfecta” que nos viene encima, al margen de la guerra: la crisis climática en primer lugar; la humana de los refugiados por sequías, guerras tribales y falta de agua y paz…; las pandemias  que, según algunos expertos, nos esperan a la vuelta de la esquina, generadas por deforestaciones y brutales explotaciones agrarias y ganaderas; la alimentaria; la energética, sujeta a un cambio radical; la social por la eclosión de movimientos xenófobos y racistas, de signo sexual o de violencia política extrema; la desigualdad humana creciente, unida al blindaje  de una minoría cada vez más rica que protege la deriva neoliberal de explotación; la pérdida de sentido de una sociedad y un individuo  sin principios ni valores, sujetos a una relativa “esclavitud” por los medios digitales de información y comunicación. Y, por supuesto, si no se dan prisa los interesados, la atroz posibilidad de una guerra total.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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23 marzo 2022 3 23 /03 /marzo /2022 18:24

El autor, Juan José Tamayo, palentino de 75 años nos hace un severo análisis del mundo en el que vivimos, que es una negación absoluta de la compasión y una advertencia admonitoria a las personas que se sienten heridas por el silencio de Dios ante esta crisis sistémica que nos agobia por su impasible inevitabilidad.  Para ello se inspira en la experiencia de la crisis pandémica, una circunstancia que ha revelado y desnudado el principio ético de la compasión (o de su falta), un concepto que analiza a través de once capítulos, apoyándose en la historia, la psicología, la moral, la religiones y la filosofía, sin olvidar la teología, la ecología o la economía (ay, tan relevantes).

En esencia es el reto que nos impone el siglo: el silencio de Dios articulado con el “silencio“ de la compasión o su falsedad, que vienen a ser las dos caras de la misma sensación de absurda inoperancia que ambas trascienden. La ausencia de “Dios” es el reflejo inverso de la ausencia de compasión que aflora permanentemente en las relaciones humanas, familiares, sociales, de raza, religión, género sexual o sesgo político; en la desigualdad creada por la xenofobia, la falta de recursos, los excesos de producción y de consumo, la gradual destrucción del medio ambiente, la banalización de la cultura, el esclavismo digitalizado, los avances de fascismos y totalitarismos, la violencia como reacción gratuita e innecesaria, el desprecio a las leyes y a la autoridad. No se pretende comparar o compaginar la creencia en Dios con la necesidad de la compasión, sino destacar el hecho de que ambas proceden del mismo origen, la misma semilla: la idea de Dios es la de un Ser trascendente que atrae y libera lo mejor de nosotros y la de la compasión es una actitud, un sentimiento, que hace el mismo efecto en nosotros respecto a nuestros semejantes, ya que con ello facilita el encuentro con lo divino que es, por definición, lo que justifica la vida del creyente tanto como la compasión da sentido a la vida de la persona.

Esta articulación entre Dios y la compasión se convierte, cuando es una práctica, en una referencia ética que influye en todos los ámbitos del saber y el quehacer humanos. Y aquí no se trata de una cuestión entre creyentes y escépticos sino en una praxis que podría hacer que el progreso tecnológico en el que vivimos (y sus crisis) se vea acompañado por un progreso ético  en el que la solidaridad, la igualdad y la compasión logren, poco a poco, ayudar a superar o mitigar las brechas que contundentemente denuncia el libro de Tamayo: las de la desigualdad, la injusticia ecológica (con las cuatro amenazas que Leonardo Boff enumera: armas de destrucción masiva, escasez de agua potable, sobreexplotación de la Tierra y calentamiento global). Precisamente ese autor, citado por Tamayo,  destaca la necesidad de despertar mundialmente a la “espiritualidad”. Esa función o dimensión profunda del ser humano que está íntimamente relacionada con las ideas de lo divino y de la compasión. El odio y rechazo al Otro (inmigrantes y refugiados), la injusticia de género, la desigualdad económica, cultural y cognitiva, configuran una visión crítica del mundo donde, precisamente, se ignora la compasión y la fuerza redentora que daba la “existencia” de Dios (lejos del “Dios” de la intolerancia y el fanatismo).

Tamayo completa su libro con un erudito recorrido por las religiones y el papel de la compasión en sus estructuras, la teo-política de la compasión, el humanismo y transhumanismo del concepto, una suculenta referencia a la “memoria subversiva de las mujeres olvidadas”, el diálogo –tan necesario- entre religión y ciencia al respecto; algunos autores que reclaman la ética de la compasión y un epílogo magníficamente actual sobre una “mística de ojos abiertos”, que refleja la impotencia, los temores, la irritación ante algo que nos supera y no sabemos afrontar y también la solidaridad y la admiración por las actitudes y comportamientos de algunas personas de esta época de pandemia, que está lejos de concluir.

El doctor Tamayo, es bien conocido por quienes admiramos su labor como pensador y profesor y más aún su integridad filosófica y su talante crítico hacia ciertos temas candentes en nuestros días, desde la tragedia sistémica de los refugiados, la diversidad, el pluralismo religioso y los extremismos fundamentalistas, raciales o sexistas y la llamada teología de la liberación.

Para finalizar, como Tamayo escribe en su libro, la compasión y la empatía requieren una articulación y una reelaboración práctica, cotidiana y universal, ya que "el verdadero sentido de la compasión es ponerse en el lugar de las otras y los otros sufrientes en una relación de igualdad y empatía, asumir el dolor de las otras personas como propio, interiorizar a la otra persona dentro de nosotros y nosotras, sufrir no solo con los otros, sino en los otros, hasta identificarse con quien sufre y con sus sufrimientos, cuestión que no resulta fácil pero que es necesaria" .

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

FICHA

LA COMPASIÓN EN UN MUNDO INJUSTO.- Juan José Tamayo. Fragmenta Editorial.-296 págs.

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21 marzo 2022 1 21 /03 /marzo /2022 12:09

NOS ESTÁN CAMBIANDO EL MUNDO

Publicado en “la Comarca” el 18 abril 2022

Si usted, lector, tiene menos de 30  o 35 años no me entenderá, ni compartirá desde la nostalgia, las premisas que  el filósofo coreano de origen y alemán de adopción, Chul Han, desarrolla en un libro, “No cosas” que está creando desazón en los “jóvenes” de 50 años en adelante.  No por sus atrevidas observaciones y aún más radicales conclusiones, sino por el realismo con el que refleja la sociedad que nos está tocando vivir y la que nos espera a los que lleguen, si Putin no insiste en ser un “terminator” de tres al cuarto.

Vayamos a un ejemplo práctico: mis hijos y mucho menos mis nietos no comprenden en absoluto que guarde amorosamente los libros que ya he leído junto a los que no he leído y algunos que quizá no lea nunca, que los amontone en todos los huecos de la casa,  que los  siga comprando; que tenga discos de vinilo y cd's, videos y dvd's; que atesore miles de fotografías en blanco y negro y color en formato de papel o diapositiva; que tenga numerosos cuadros, esculturas, recuerdos de viajes, trajes, cacharros (como radios antiguas, proyectores de super 8, relojes de péndulo); que guarde los originales manuscritos de novelas, ensayos y artículos publicados, o no, durante toda mi vida; máquinas de escribir de los años 50 a los 70,  junto a viejos ordenadores; estilográficas y bolígrafos por decenas; libretas de muchos tamaños y agendas de hace decenios... y, aunque no lo crean, no esté diagnosticado de padecer el síndrome de Diógenes (apelativo injusto pues el cínico Diogenes fue un hombre nada apegado a las cosas).  Que sea feliz con todo eso y que también sea una fuente de inspiración y un goce difícil de definir.

Si Walter Benjamín levantara la cabeza ya no podría sostener que la relación de posesión es la más intensa que se puede tener con las cosas. Y esa relación de afecto, de fetichismo, sólo es posible en personas dotadas de una memoria vital que dudo tengan las nuevas generaciones,  para las que la vida es líquida, cambiante, acelerada y se basa en la información, en las experiencias. Lo digital carece de memoria , al fragmentar la vida cotidiana en numerosos bits. El fetichismo de los objetos, de las cosas, que nos evoca vivencias y etapas de la vida, empieza velozmente a desaparecer. Los nuevos habitantes de las redes sociales, que construyen sus vidas en torno a ellas, viven en el tiempo de las no-cosas.

Byung-Chul Han es uno de los filósofos más leídos en la actualidad. Nos habla de manera amena y atrevida, en casi todos sus libros, de la desmaterialización del mundo actual, la eliminación de lo físico, lo objetual, en nuestras vidas. Sigue las estelas del italiano Giorgio Agamben (el teórico de la “nuda vida” de los inmigrantes) el polaco Zygmunt  Bauman, (el de la “vida líquida”), el eslovaco Slavoj Zizek , el filósofo amigo de los chistes o el austriaco Peter Sloterdijk,  que fue “el joven airado” de la filosofía . Mientras que todo sea información, nos dicen estos autores, ésta seguirá haciendo desaparecer las cosas, puesto que la digitalización aboca a la desmaterialización del mundo. A más información, menos materia: un juego de suma cero. Un mundo digital no es un lugar para recuerdos y sí para datos. Hemos entrado en una era dominada por la infomanía, los megadatos y la hipertrofia de la información, lo cual tiene una lectura buena y otra que no lo es. Se trata de un camino lleno de incógnitas y no sabemos en qué va a desembocar. Es un cambio radical de paradigma, que no tiene precedentes y cuyo desenlace y etapas sólo podemos conjeturar. En los últimos veinte años la humanidad ha dado un salto cuántico en las formas de vida, los valores y costumbres, la moral y la ética.

No hay que esperar reversibilidad o arrepentimiento. Parece ser un camino de imposible retorno. Lo que venga, sea lo que sea, no tendrá apenas relación con lo que vivieron las generaciones del siglo XX y anteriores. El metaverso no nos recordará el pasado, vía archivos documentales. Sus algoritmos buscarán siempre elaborar lo nuevo. Pero algo hemos aprendido: las cosas materiales, que tanto habíamos rechazado, transmiten durabilidad y estabilidad, pues dan un sentido referencial a nuestra existencia. No somos seres digitales o virtuales, somos corporeidades físicas, en relación directa y homeostática con el medio ambiente y las fuerzas de la Naturaleza que nos condicionan de forma vital. Quizá el nuevo universo digital que nos engloba haga que nos importen menos las cosas, que no las tengamos en cuenta, con lo cual nuestra realidad pierde la firmeza y el sentido que ellas daban a nuestra vida.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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12 marzo 2022 6 12 /03 /marzo /2022 10:39

En este brillante y sorprendente libro del filósofo de la modernidad, el coreano Byung-Chul Han,  me he encontrado  con que, como de costumbre con este autor, me ha puesto negro sobre blanco una de las inquietudes cotidianas, sencilla y aparentemente triviales, que me asaltan por el simple hecho de vivir y comparar. Si usted, lector, tiene menos de 30  o 35 años no me entenderá ni compartirá, desde la nostalgia, las premisas que Chul Han desarrolla en este libro. Vayamos a un ejemplo práctico: mis hijos y mucho menos mis nietos no comprenden en absoluto que guarde amorosamente los libros que ya he leído junto a los que no he leido y quizá no lea nunca, que los amontone en todos los huecos de la casa,  que siga comprándolos. que tenga discos de vinilo y cd's, videos y dvd's, que atesore miles de fotografías en blanco y negro y color en formato de papel o diapositiva, que tenga numerosos cuadros, esculturas, recuerdos de viajes, trajes, cacharros (como radios antiguas, proyectores de super 8, relojes de péndulo, cuberterías y vajillas); que guarde los originales manuscritos de novelas, ensayos y artículos publicados, o no, durante toda mi vida, máquinas de escribir de los años cuarenta y sesenta junto a ordenadores; estilográficas y bolígrafos por decenas; libretas de muchos tamaños y agendas de hace decenios... y que no padezca el síndrome de Diógenes.  Que sea feliz con todo eso y alimente en mí recuerdos, dulces nostalgias y alguna tristeza. Y que también sea una fuente de inspiración y un goce difícil de definir que consiste en el "reencuentro" inesperado con una versión anterior, ya olvidada, de mi propio yo.

Si Walter Benjamin levantara la cabeza ya no podría sostener que la relación de posesión es la más intensa que se puede tener con las cosas. Y esa relación de afecto, de fetichismo, se percibe en personas dotadas de una memoria vital que dudo que tengan las nuevas generaciones para las que la vida se basa en la información, en las experiencias, puesto que lo digital carece de memoria al fragmentar en numerosas partes la vida. El fetichismo de los objetos, de las cosas, que nos evoca vivencias y etapas de la vida, empieza velozmente a desaparecer. Detrás de todas esas cosas que nos rodean de forma muy confortable hay historias y una narrativa de vivencias personales. Pero los nuevos habitantes de las redes sociales, que construyen sus vidas en todo a ellas, viven en el tiempo de las no-cosas.

Byung-Chul Han es uno de los filósofos más leídos en la actualidad en todo el planeta. Surcoreano, aunque residente desde hace décadas en Alemania es criticado por ser un filósofo accesible, fácil de leer y porque en muchos casos sus libros están configurados a partir de citas de otros filósofos como Barthes, Arendt, Benjamin o Martin Heidegger -cosa que, por cierto, hacen todos los filósofos: enanos subidos a hombros de gigantes, inevitablemente - en lugar de construir un "nuevo" sistema filosófico. En este libro Han nos habla de la desmaterialización del mundo actual, la eliminación de lo físico, lo objetual, en nuestras vidas. Mientras que todo sea información, ésta va a ir haciendo desaparecer las cosas, puesto que la digitalización aboca a la desmaterialización del mundo. A más información, menos materia: un juego de suma cero. Un mundo digital no es un lugar para recuerdos y sí para datos. Acabamos de iniciar una era dominada por la infomanía, los megadatos y la hipertrofia de la información, lo cual tiene una lectura buena y otra que no lo es. Empezando por la segunda, es un camino lleno de incógnitas y no sabemos en qué va a desembocar. Se trata de un cambio radical de paradigma, que no tiene precedentes y cuyo desenlace y etapas sólo podemos conjeturar. En los últimos veinte años la humanidad ha dado un salto cuántico en la forma de vida, los valores vigentes, la moral y la ética.

No hay que esperar reversibilidad o arrepentimiento. Parece ser un camino de imposible retorno. Lo que venga, sea lo que que sea, no tendrá apenas relación con lo que las generaciones del siglo XX vivieron . Ni siquiera el metaverso nos podrá informar, vía archivos documentales y algoritmos. Pero algo hemos aprendido: las cosas materiales, que tanto habíamos rechazado, transmiten durabilidad y estabilidad, pues dan un sentido referencial a nuestra existencia. No somos seres digitales o virtuales, somos corporeidades físicas, en relación directa y homeostática con el medio ambiente y las fuerzas de la Naturaleza que nos condicionan de forma vital. Quiza el nuevo universo digital que nos engloba haga que nos importen menos las cosas, que las tengamos menos en cuenta, con lo cual nuestra realidad pierde la firmeza y el sentido que las cosas proyectaban sobre nuestra vida.

Han nos dice  que para que poseamos algo es preciso que depositemos historia en ese algo, sino solo los usamos. Por eso, nos recuerda Benjamin, el coleccionista es una figura deseable y en trance de desaparecer, porque él confía a las cosas en un ultimo reducto donde se les despoja de su carácter de mercancía, de simple instrumento desechable y se les confiere una dignidad insoslayable que refleja nuestra propia dignidad, donde hay una historia, una belleza, unos rasgos de valor que están al margen del mercado y del precio.

Han, que a pesar de su pesimismo - bastante realista- tiene un ramalazo de ingenuidad, sugiere que sólo un giro romántico en el mundo y la debida re-materialización de la existencia, permitiría la vuelta de "lo otro" como valor intrínseco a la vida, esas cosas "con alma" con las que establecemos una relación cordial y profunda hasta integrarlas en nuestro universo personal, que se enriquecería con ello. Se trata de darles un significante "doméstico", un prurito de identificación por amor que se hace fuerte y sólido con el paso del tiempo (hablamos de "nuestra" pipa, "nuestra" máquina de escribir, "nuestra" pluma habituada al tacto de nuestra mano, etc.) Y este "domesticar" los objetos que nos constituyen de una forma algo mística, se repite con los "rituales" que en la vida pretérita daba ritmo y sentido cósmico a nuestra existencia: la vida sin repeticiones se convierte en algo líquido, fugaz. Los rituales  son arquitecturas del tiempo.

La "atención sin intención" es otra de  las sugerencias de Han que nos muestra el rechazo al principio básico de la información virtual: siempre es intencionada. Y ello nos hace perder la costumbre de poder  hacer una observación detallada de algo en un entorno estable. Y una observación libre de la demagogia virtual que busca siempre comunicar algo, instruir con una intención (política, moral o social). La virtualidad, por ejemplo en el arte, carece de la emoción primaria del contacto personal y directo. La pantalla como intermediario habitual de nuestra emociones áticas o estéticas, aplana, trivializa o banaliza la obra de arte.

FICHA

NO COSAS, quiebras del mundo de hoy.- Byung-Chul Han.- Trad. Joaquín Chamorro.- Ed. Taurus.- 139 págs.

 
 
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25 febrero 2022 5 25 /02 /febrero /2022 12:37

OBSERVATORIO POLÍTICO INTERNACIONAL

PUTIN SUELTA A LOS PERROS DE LA GUERRA  EN EUROPA

Publicado en La Comarca, 250222

A las cuatro y diez minutos de la madrugada del jueves 24 de febrero (hora española), ayer para el lector, el presidente ruso, Vladimir Putin, daba la orden de invadir militarmente Ucrania. A las seis ya era noticia en todo el mundo. Se estaba escribiendo la crónica de una guerra anunciada. El lunes pasado, dia 21, Putin “reconocía” la independencia del territorio “rebelde” del Donbass y añadía una nueva etapa a de la guerra de desinformación, bulos, “fake news” y mentiras o exageraciones que algunos medios califican como “shitstorm” (literalmente “tormenta de mierda” en español), justificando la acción militar por el “genocidio que estaba cometiendo las autoridades ucranianas” contra ciudadanos pro rusos de la zona. Durante los últimos meses de forma reiterada y obsesiva, pero siguiendo una tónica de tergiversación de la realidad muy común en altas esferas de la política y generosamente repartida en todo el mundo, incluidas las grandes potencias. Putin es un alumno aventajado de los norteamericanos, aunque sin la libertad de crítica pública que Estados Unidos tolera y ampara y que Putin no permite en su país. Por ejemplo, existe cierto paralelismo ético entre el asunto de las “armas de destrucción masiva” de Saddam, que motivó la guerra de Irak , y el “genocidio” de ucranianos pro rusos en el Donbass. Naturalmente la gravedad profunda del problema actual estriba en una básica cuestión geoestratégica: el teatro de operaciones está en un país europeo. Europa afronta en su espacio continental una agresión expansionista militar por primera vez desde 1945.

En cuanto al señor Putin, es un modelo de gobernante ladino, rígido, duro y sin escrúpulos, pero no hay que confundirlo con un loco o un psicópata, ni mucho menos con un torpe dictador ambicioso de detentar un poder global, tipo Hitler. El momento escogido para su bravata ha sido bastante “oportuno”, con los Estados Unidos en plena oscilación de su interés político estratégico que pasa de Europa al Índico (recuerden la reciente creación de Aukus, un organismo que le une a Australia y el Reino Unido para diseñar una política común frente a la hegemonía china) y con un Biden algo desorientado y poco firme, con la sombra fatal de Trump en un futuro cercano).  Y con Europa algo dividida, en plena crisis energética, tras una pandemia y su consiguiente crisis económica  y una crisis climática que requiere atención y medidas urgentes. Es la tormenta perfecta. ¿Alguien piensa que Putin no ha sabido escoger el momento para  dar un puñetazo en la mesa de los acuerdos de Minsk y contra el equilibrio de la actual estructura de Estados-nación en Europa, unidos por una UE cuestionada y una OTAN que ayer estaba “en muerte cerebral”, según algunos de sus miembros? Tampoco es una simple cuestión de testosterona y del alma rusa tan proclive a los extremos, la violencia y el sentimentalismo regado con vodka y lágrimas. Eso sería simplificar una decisión largamente meditada, que tiene su cronología de agravios desde 1991, con el desmoronamiento de la Unión Soviética, ocasión de oro que Occidente no supo aprovechar para atraer a Rusia en lugar de conseguir que se sintiera humillada y se alejara de Europa.

Ha sido tan enorme, activa y perniciosa la “shitstorm” global que unos y otros han montado en torno a la “guerra sí” y “guerra no”, que en los últimos quince días los elementos del problema han cambiado sin cesar.  En realidad, ha sido una farsa siniestra, porque se está jugando con “cosas que no tienen remedio”: la pérdida de vidas humanas, de la paz, el auge de las necesidades vitales de poblaciones a las que una guerra empuja a la miseria, el desastre económico y el puro y simple terror e inseguridad. Y estos males no afectan solo al país asediado, sino a todo el entorno: en esta época global tales horrores terminan exportando consecuencias por todo el mundo.  Se trata, como dijeron ayer en la UE, de una cuestión de “vida o muerte, no de bloques”.  Todos los actores políticos de este drama -en un lado y en el otro-, llevan más de un mes actuando de forma por lo menos cuestionable. Los rusos dando a entender hasta la madrugada de ayer que se estaban retirando, aunque lentamente, cosa corroborada por ejemplo por Jens Stoltenberg, secretario general de la OTAN, un político demasiado nervioso para su cargo, mientras en las webs y redes sociales se desencadenaba, orquestada por los rusos  y algunos medios occidentales una avalancha de informaciones, bulos y  consideraciones donde algunos veían la peluda oreja de los servicios mal llamados “de inteligencia”,  entre las dos partes en conflicto. Desde la Casa Blanca se denunció la existencia de videos ampliamente difundidos sobre falsos enfrentamientos con muertes y destrucciones en el Donbass contra ciudadanos pro rusos.  También se hablaba de medios oficiales rusos advirtiendo a su población de que Occidente preparaba agresiones contra Ucrania.

Pero vamos a buscar un hilo explicativo de esta crisis, por encima de los detalles concretos de las circunstancias sobre el terreno. En la guerra de Troya –que fue una guerra real, pero local- Homero nos “vendió” la leyenda de Paris y Helena como causa mítica. Lo cierto es que se trataba de una guerra de expansión comercial griega contra un enclave que entorpecía el libre paso y estaba en el lado contrario a la hegemonía griega. La “desinformación informativa” se convertía en literatura imperecedera. Aquí y ahora el problema con Rusia tiene unos puntos clave: la largamente gestada conversión de un autócrata como Putin en un paladín nacionalista ruso, más en el papel de un nuevo Zar imperial –anti comunista y crítico del otrora reverenciado Lenin- que del dirigente de una gran potencia del siglo XXI (que lleva 30 años tragándose la bilis que le provoca decenios de desprecio occidental y declive “imperial”, tras la caída de la URSS).

Y ¿qué  es lo que se dirime en el fondo, y tras los llamativos escenarios de la “shitstorm” mediática? Lo que algunos han llamado la “Trampa de Tucídides”. El historiador griego del siglo V a.C. que en su “Guerra del Peloponeso” escribió: “la guerra era inevitable por el ascenso de Atenas y el miedo que ello generó en Esparta”. Es decir, está en juego la hegemonía política, económica y comercial. Una guerra entre una potencia en declive y otra en ascenso. En nuestros tiempos, más complejos, se trata de dos hegemonías en declive. La “Occidental” encabezada por EE.UU, y la del Este, dirigida por la coyuntural –y “contranatura”- alianza  entre Moscú y Pekín. El escenario de batalla de semejantes “superegos” político –patológicos, es Ucrania, un país gobernado por una oligarquía corrupta, que tiene el apoyo “occidental”, como otra posible punta de lanza contra el Imperio del Este y que según Putin, con envidiable cinismo, ha sido un “invento del comunismo” y no se trata de un país “real”. Y con una zona secesionista, el Donbass, bajo interesada protección rusa, no en vano es la región más industrializada de Ucrania.

Putin, como buen alumno de la KGB (demasiado dado a riesgos extremos, decían sus profesores) es un experto en contra información, mentiroso contumaz al que favorece un gesto de indiferencia permanente, tipo Buster Keaton -pero sin la bondad de la mirada del cómico- y aficionado a estirar la cuerda hasta el máximo sin mover un solo músculo facial.

De hecho lo que Putin busca con su enroque ucraniano es sentar las bases para redefinir el concepto estratégico de la Federación rusa buscando una serie de “zonas grises” que garanticen la seguridad de sus fronteras ante la presencia creciente de la OTAN en lo que considera “su territorio geoestratégico” ya erosionado por Polonia y los Países Bálticos. No es probable que un hombre tan astuto se embarque en una larga guerra de ocupación en Ucrania, sería un error catastrófico. Aunque es  probable que entre en Kiev (a la que está atacando más directamente desde Bielorusia ). Aún así ocupar un territorio como el ucraniano, con 600.000 km2 , con una mayoría de ciudadanos hostil (excepto en Luhansk y Donetsk, el Donbass) y un occidente en contra, sería un error napoleónico o hitleriano , como Putin debería recordar.

Lo más lógico (aunque la lógica y el sentido común no pertenecen a este escenario) sería que todo quedara en una demostración de fuerza. Decía Voltaire que “en un mundo de lobos es necesario aullar y mostrar  los dientes de vez en cuando”.  La geopolítica se está convirtiendo en una política de “trileros” como denuncié aquí mismo hace unas semanas (cosa que también pasa en las políticas nacionales: ¿será otra pandemia?). Sólo hay que ver como un tipo de “acrisolada virtud” política e “inteligencia táctica” como Bolsonaro, el estrafalario presidente de Brasil, propone una alianza con el húngaro Orban (otro que tal) para apoyar a Putin en sus descalabros ucranianos y contra la OTAN y el “amigo americano”. Y no olviden que las ultraderechas de Europa ven con bastante agrado las actitudes y la “chulería” impasible de Putin.

Las medidas económicas anunciadas son casi un tiro en el pie de la economía europea y  mundial a la larga. Rusia no es un gigante económico –su estatura financiera internacional es semejante a la de Italia- como China o Estados Unidos  y el rendimiento de su enorme capital queda muy afectado por el aislamiento,  si fuese expulsada del sistema financiero internacional

Tal vez exista una vía política viable para el futuro, aunque quizá utópica dado el inmutable egoísmo político y codicia de los dirigentes y los blindados y anónimos círculos de poder oligárquicos: Una reorientación de la estructura política internacional, basada en el equilibrio de poder, la colaboración económica y la solidaridad social. Empoderar a la ONU y a las organizaciones internacionales de ayuda social y económica. Nada de hegemonías, de poderes absolutos, de carrera de armamentos, de polarización ideológica y de ignorante rumbo de colisión contra la supervivencia planetaria. Afrontar los enormes problemas que nos vienen, como seres humanos en peligro, no como americanos, rusos, ingleses o chinos. Ojalá no haga falta una guerra total para llegar a esa conclusión racional.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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9 febrero 2022 3 09 /02 /febrero /2022 11:39

LOGOI 238

ASISTENCIA PRIMARIA

Tengo amigos médicos trabajando en la Asistencia Primaria. Me hablan del desafío y cansancio que les supone. Me quedo perplejo. No sólo los que trabajan en capitales o poblaciones grandes, incluso en el mundo rural. La asistencia primaria es la cenicienta del sistema sanitario, siendo como es la primera trinchera del sistema junto a las urgencias y las Ucis en el rango hospitalario.

Algunos datos procedentes de informes oficiales (Ministerio de Sanidad) o de asociaciones profesionales de médicos o enfermeras (SATSE, Sindicato de enfermeras) e incluso de centros internacionales como  Medicos Mundi o Amnistía internacional, ofrecen un panorama desolador. Uno de esos doctores me dijo: “El problema es que no hay voluntad política –ni presupuestos- para resolver una crisis sanitaria que vamos arrastrando desde el 2008”. En esos años dejaron de aplicarse, casi 2.000 millones de euros en la atención primaria. Seguramente, como ésta es más difícil de privatizar, resulta más provechoso para la administración dedicar sus fondos al sector hospitalario, que tiene mayor proyección mediática.

El recorte de plantillas en la A.P. provoca que sólo se ha repuesto el 20% de las jubilaciones producidas (pero esperen, en cinco años, se jubilará el 40% del personal sanitario) y su precariedad y dureza laborales hacen que, por ejemplo haya un exceso de temporalidad, que casi tres mil enfermeros/as estén en las listas del paro y se sigan rescindiendo contratos en plena pandemia. O que los médicos residentes cuando acaban su residencia en primaria salgan de estampida a empleos más fructíferos y menos exigentes. El Plan de Acción de Atención Primaria y Comunitaria de diciembre pasado, tiene buenas intenciones pero cero presupuesto. Mientras, los plazos de demora de la asistencia en los centros de salud van aumentando. Y en el Plan de Recuperación por la pandemia no hay fondos para la A.P.

Estamos en la cola de Europa. La ratio de médico de familia por cada 1000 habitantes, en España, es de 0,77 (Portugal tiene 2,63 médicos) y en enfermería la ratio es de 0,66. En total, faltan más de 15.000 enfermeras en España. Sanidad y Educación son los pilares del Estado asistencial. Pero no hay dinero. ¿De veras? Para pagar nóminas de  la abultada, excesiva, clase política y funcionarial general y autonómica no parece faltar.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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