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25 noviembre 2022 5 25 /11 /noviembre /2022 17:07

OBSERVATORIO POLÍTICO INTERNACIONAL

NO HAY VOLUNTAD POLÍTICA NI ECONÓMICA DE FRENAR LA CRISIS CLIMÁTICA

 

Los manifestantes pedían en sus carteles: “No nos falléis”. El mundo consciente de la crisis dice hoy, “Nos habéis fallado, una vez más”

 

Hasta altas horas de la madrugada del domingo 20 de noviembre, los delegados de los 198 Estados participantes trataban de encontrar un acuerdo unánime, una decisión ómnibus, que les permitiera “salvar la cara” ante el presumible fiasco de la 27º Conferencia de las Partes (COP27), órgano superior de la Convención Marco de las N.U. sobre el Cambio Climático, celebrada en el enclave turístico egipcio de Sharm-El-Sheikh. Los asistentes lograron un acuerdo de última hora, pero no sobre la necesidad de reducir la emisión de gases y arrinconar los combustibles fósiles para limitar el incremento  de la temperatura global por encima de los fatídicos 1,5 º Celsius, sino para crear un futuro fondo de “pérdidas y daños” para los países en desarrollo que padecen los efectos y no generaron las causas. Por lo tanto el cartel de los jóvenes manifestantes en  Sharm el Sheij, “Don’t fail us” (No nos falléis) debería sustituirse  por otro que dijera “You have failed us, once again” (Nos habéis fallado, una vez más).

El acuerdo de la COP27 –y aún gracias-  sólo recogía la creación de dicho fondo. Mientras, Estados Unidos, la UE, China, India o Brasil  aplazarían las precisas y urgentes medidas de dejar de contaminar –y calentar- más y mejor al planeta. La deuda histórica de Occidente en la crisis climática no parece pesar lo más lo más mínimo en la toma de decisiones…y el reloj entrópico sigue su marcha, mientras occidente –y los países de la OPEP- miran hacia la una merma de los beneficios del capital en lugar de aceptar la necesidad perentoria de restringir al máximo la emisión de gases de efecto invernadero. Recordemos que se han celebrado 26 COP desde 1990 y, a pesar de ello, las emisiones han aumentado un 50%. En esta cumbre, más de 600 representantes de los lobbies de los combustibles fósiles han torpedeado un supuesto consenso político hasta en los pasillos. Mientras los negacionistas,  alimentados por los petro o gaso-dólares,  o por la ignorancia y la estupidez, siguen “creyendo” que lo del cambio climático es una “fake news” como lo es la redondez del planeta e ignoran las olas de calor en pleno otoño, los incendios que arrasan miles de hectáreas, las inundaciones  bíblicas como la de Pakistán o la sequía brutal del sur de Europa y África, como si  fueran desastres cíclicos “naturales”.

Y, sin embargo, como diría  un cínico usando la frase atribuida a Galileo Galilei, la cosa “e pur si muove”, la lucha contra la crisis climática, a pesar de todo, sigue avanzando, lenta, inútil,  pero perceptiblemente. Y así seguirá hasta que una catástrofe brutal de alto nivel planetario nos castigue a justos y réprobos y muestre que la Naturaleza no se anda con bromas. Entonces todo será correr y echar mano del bisturí. Lo habitual en la Naturaleza es que tarda muchísimo en saturarse --incluso, antes va poniendo algún que otro remedio natural-- pero cuando lo hace, no le vayas con remedios de larga duración o con parches: exige soluciones totales e inmediatas y se cura con gran lentitud. En ese proceso se abarcan muchísimas generaciones de humanos, en condiciones muy precarias, caso de que queden algunos.

 

Por eso debemos destacar que el Plan de Implementación de Sharm-el-Sheikh  reconoce el derecho a un medio ambiente adecuado en el planeta que irónicamente proclamó la Asamblea General de la ONU del pasado 28 de julio. También cuantifica en 4 billones de dólares anuales la inversión necesaria para el despliegue de renovables hasta 2030, a fin de lograr emisiones netas cero en 2050, además de casi 6 billones de dólares para que los países en desarrollo apliquen planes de acción climática. Eso no deja de ser un avance contable, el único proceso multilateral que existe, siquiera sea teórico por  el momento,  para hacer frente al desastre climático. Sumemos a ello el fondo para pérdidas y daños. Es una forma de reconocer internacionalmente que Occidente es bastante responsable de lo que ocurre. También en otros foros internacionales y, sobre todo, en sectores de la sociedad civil  de casi todos los países, se impulsa una acción planetaria para evitar la catástrofe climática. Apuntemos todo esto como algo esperanzador.

Bien, las intenciones son buenas. Pero pongamos hilo a la aguja. ¿Qué países contribuirán, cuánto cada uno de ellos, cuándo y cómo se distribuirán esos fondos para que sean eficaces y no se pierdan entre la corrupción y la inoperancia, quiénes vigilarán y cómo esa distribución, qué objetivos perseguirán y cómo se controlará la corrección y eficacia práctica de esos aportes en lugares concretos? ¿No ahogaremos al recién nacido con la peste burocrática de propios y ajenos?

 ¿No les parece que dentro de unos siglos los observadores –si los hay- que busquen en la historia del pasado la razón de los errores cometidos, nos colocarán a todos los gobiernos y ciudadanos  occidentales de la primera mitad del siglo XXI  a la misma altura de inconsciencia  de aquéllos congresistas de la Viena de un siglo antes, que no supieron ver el alcance de los horrores que les esperaban (la II Guerra Mundial),  al doblar la esquina de los años 30 del siglo XX?

Aún así, seamos justos. En Sharm el Sheij se ha mejorado algo, al menos sobre el papel. Ese acuerdo, aún en mantillas, al que hacemos referencia. Que los países pudientes hagan un gesto y dediquen unos fondos para paliar los desastres que ellos mismos han creado, es un gesto notable aunque una ética elemental  no lo calificaría de generosidad sino de justicia. Es como paliar algunas consecuencias antes que al arreglo de lo que las provoca. Así que, punto positivo al hecho, no al problema, aún sin solución pactada. Como dijo la propia presidenta de la UE, Ursula von der Leyen “No hemos dado ningún  paso hacia delante. Tratamos un  síntoma, pero el paciente sigue con fiebre”. Cada año mueren siete  millones de personas por la contaminación del aire. Y va en aumento, en un arco de edades que va desde los bebés a los ancianos.

Así que la Cumbre del Clima ha sido casi irrelevante. El famoso e inconcreto  fondo pasa a ser estudiado por un Comité que presentará los detalles de adopción en la próxima Cumbre en 2023 (en los Emiratos Árabes) “con vistas a hacer operativos los acuerdos y arreglos de financiación” (nadie sabe quién o cómo financiará). Por lo tanto nada de impuestos a empresas energéticas o al sector de la aviación. No habrá recortes de emisiones de CO2 pero “seguirán los esfuerzos para no sobrepasar el límite de 1,5º” (proyecto vital que ha sido relegado al gabinete de Ciencia, en lugar de ser el primero en Política y Economía, como en Glasgow). Ni mención al abandono del petróleo y el gas como fuentes de combustibles fósiles. Inversiones futuras en despliegue de renovables y simple recordatorio a los países implicados de que en 2020 se prometió movilizar 100.000 millones de dólares para frenar el CC y que aún nadie ha hecho un mínimo desembolso. La inversión necesaria para cubrir los objetivos  de financiación climática no llega ni al 30 % de lo previsto.

Como ven  no es para echar las campanas al vuelo. Hay que reconocer que la confluencia de crisis sistémicas, desde la epidemia Covid, a las crisis energética y alimentaria, altos niveles de inflación y deuda, desastres como sequía, hambrunas y catástrofes naturales, aumentadas por la guerra de Ucrania y el papel de “invitados de piedra” de China, India, Arabia Saudí y Emiratos, no permiten ser optimistas  en una cuestión crucial para el género humano, pero no prioritaria para el capital y los populismos, como es el Cambio Climático. Sin olvidar lo que pueda ocurrir en este próximo y dudoso futuro  tras las elecciones al Parlamento Europeo de 2024, (¿se mantendrá el Pacto Verde?), o quién será el inquilino de la Casa Blanca (con la sombra ominosa de Trump), qué deriva tomará la guerra de Putin y con qué triunfos jugará el impasible e imprevisible Xi Jinping (que, por el momento, se niega incluso a participar en el fondo de ayuda y en reducir emisiones de gases). Un conjunto de incógnitas que podrían agravar aún más este letal pulso que nos mantenemos los humanos con el planeta. No hay solidaridad, ni visión de futuro sino prevalencia de intereses nacionales y capitalismo renuente a colaborar. El mundo en desarrollo ha impuesto sus demandas económicas de justicia a las necesidades perentorias del planeta que, una vez más, quedan  en el limbo. Como dijo un alto cargo de la UE: “Para hacer frente al cambio climático es necesario que todos los flujos financieros apoyen la transición hacia una economía baja en emisiones de carbono: en la UE…estamos decepcionados por no haberlo conseguido”. Todos estamos decepcionados. 

 

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