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28 febrero 2020 5 28 /02 /febrero /2020 12:59

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Cuando escucho citar a Harold Bloom, tiemblo, porque sus textos, especialmente las enunciaciones pontificales del profesor de Yale, suelen utilizarse de apoyo para orillar cualquier debate literario, pues provienen de un sistema de valores estéticos fijos, es decir, incuestionables. Exactamente lo contrario me sucede cuando oigo o leo palabras de George Steiner (París, 1929). Sus ensayos apuntan también a las alturas intelectuales, pero vienen atravesados por la conciencia crítica de que toda idea o expresión que intente captar un pensamiento, un argumento racional o una percepción textual, acabará con el tiempo cediendo su carácter de certeza momentánea al de cuestionable. Steiner posee un trasfondo racional, filosófico, musical, matemático, muy germánico (Goethe, Mozart, Nietzsche, Heidegger, Einstein), que la tradición del pensamiento liberal en España asimiló por mediación de la obra de los krausistas, de Ortega y Gasset y sus discípulos. Los alemanes anclaron las expresiones abstractas del pensamiento en la circunstancia, el cuerpo, en la genética diríamos hoy, en un lugar concreto. Esto hace que el hombre sea considerado en su historia, en vez de cómo hace Bloom en un continuo eterno de la humanidad absolutamente injustificable. Steiner mira el presente con la riqueza de múltiples lecturas del hacer intelectual abierto del pasado; Bloom quiere que recreemos el presente en clave de las grandes creaciones canónicas del ayer.

 

El libro complementa la espléndida autobiografía de Steiner, “Errata: El examen de una vida (1997). Allí el profesor de Ginebra explicó con sumo detalle cómo fue su educación, desde su multilingüismo hasta sus orígenes judíos, y lo que su religión y cultura aportaron a su formación literaria. Aquí, como bien anuncia el título, hablará de qué libros dejó sin escribir, en parte porque de ciertos temas quizás no sabía lo suficiente. Los lectores tendremos que conformarnos, qué remedio, con estos magníficos ensayos, que ofrecen una lección magistral de flexibilidad mental, o dicho en otras palabras, de inteligencia, tanto al desconocedor de los asuntos tratados como al crítico.

Los temas abordados en el volumen son siete. En el primer capítulo, “Chinoiserie”, comenta una cuestión que en principio parece, como él mismo reconoce, borgeana. Habla de la obra de Joseph Needham, autor de un libro sobre la cultura y la civilización chinas, iniciado hacia 1937, donde este profesor de Cambrige, conocedor profundo de la lengua y la cultura chinas, valora la aportación de la gran cultura asiática a los conocimientos universales. Sabido resulta que la ciencia china difiere notablemente en su evolución y carácter de la occidental. La nuestra se asienta en la tradición lógico-matemática griega (Aristóteles, Euclides), continuada por el racionalismo (el eje Descartes-Heidegger) y por la ciencia experimental (Newton-Einstein), y que en lo que se refiere al hombre moderno halla su base en la época de la Ilustración, mientras la suya dependía más de fenómenos inexplicables. La diferencia china consiste, según Needham, en que mientras las teorías occidentales miraban al hombre y a la naturaleza desde fuera, y por ello las ciencias experimentan con la naturaleza, los chinos situaban “al hombre dentro de unas armonías receptivas […] que no había que ‘forzar’ ni diseccionar”. (pág. 32). Los occidentales usamos a la naturaleza, mientras los orientales se insertan en ella. Mas los datos aportados por Needham han envejecido hoy, y lo que queda de ese enorme monumento se asemeja a lo que ocurre con las novelas de Balzac o de Proust. Ellas también fueron escritas utilizando numerosos datos tomados de la realidad o rememorados, pero la grandeza de esas obras, como en el caso de Needham, reside menos en los datos que en su carácter de monumentos intelectuales. Pasa algo semejante con la obra de nuestro Menéndez Pelayo.

Los siguientes ensayos se titulan Invidia” y “Los idiomas de Eros”. El primero explora la envidia suscitada a Cecco d’Ascoli por Dante. Cecco escribió L’Acerba, una epopeya donde conjugaba la poesía con la ciencia, que gozó de un éxito notable en su tiempo. La fama, en cambio, le perteneció y pertenece a Dante. Caso parecido al de Salieri y Mozart. Y Cecco sufrió de la envidia; quizás un libro dedicado a los mordiscos del rencor le hubiera restituido su justo valor, pero nunca fue escrito. El segundo, dedicado a los lenguajes amorosos, aborda con una enorme casuística y riqueza de observaciones las expresiones que se emplean en el trato amoroso, sexual. Hay un punto en el que disiento del maestro, cuando dice que le hubiera gustado explorar mejor las diferencias de sentimiento existentes al hacer el amor en diferentes idiomas; él lo ha hecho en cuatro. Mi modesta experiencia sugiere que el punto esencial es que la intimidad amorosa y sexual se alcanza igual aunque el amor se haga en una lengua extranjera.

Sión”, el cuarto texto del volumen, expone una teoría sobre la identidad, el quién soy yo, por el que se pregunta todo judío. Según avanzamos en la lectura advertimos que Steiner ha variado un poco su manera de plantear el asunto. Es como si lo presentara desde numerosos puntos de vista. Lo enfoca desde el nacionalismo, el uso del hebreo, la visión ortodoxa, la riqueza escritural de los judíos, la textualidad como signo o emblema de tribu, y varias otras perspectivas adicionales. Esta visión plural le ha impedido residir con su familia en Israel, donde el nacionalismo que exige, según él, una identidad fija, estrecha la vivencia esencial de ser judío: el existir en una constante inquietud crítica del entorno, produce la sensación de vivir en un exilio permanente. Steiner ausculta la naturaleza propia y la humana en general con una valentía inusual, como cuando habla del inherente egoísmo de nuestra conducta natural.

Los tres capítulos finales, “Cuestiones educativas”, “Del hombre y la bestia” y “Petición de principio”, ponen el broche de oro. El primero debería ser lectura obligada para los interesados en la enseñanza media, ahora que el acuerdo político de Bolonia ha conseguido que la educación europea haya aceptado rebajar su calidad a los niveles norteamericanos. El futuro está claro, se adivina observando el panorama educacional de la América anglosajona, donde millones y millones de universitarios desconocen las mínimas reglas de escritura y de las ciencias, incapaces de hablar una lengua extranjera, guiados por docentes de ínfima calidad. El éxito económico se ha erigido en el único bien deseable, que permite hacer lo que la publicidad manda. Las imágenes de David Beckam y Madonna resultan mejor conocidas que las creadas por Miguel Ángel. Les escojo esta perla. “Está disminuyendo la comprensión de las oraciones subordinadas, al igual que el vocabulario que se posee”. (pág. 160). La escritura y las matemáticas cada vez se simplifican más, y la biogenética queda como reducto para escogidos.

Steiner ha sabido en este libro abordar las grandes cuestiones de nuestro tiempo, los libros que nunca escribió, porque jamás supo cómo se respondían, y los libros exigen un cierre. Lo que ha hecho aquí es lanzar ideas y describir las que caen de cara. Este ejercicio ensayístico exige un hombre muy entero, que se atreve incluso a plantear las relaciones del hombre y el reino animal, para indagar como “ese ‘estremecimiento en las entrañas’, ese pasajero calor y arrebato de vitalidad (el coito) no son sólo materia de mito” (pág. 194), sino que pueden ser entendidos como parte de nuestros impulsos animales. Su hombría se demuestra asimismo en el cierre del volumen, cuando confiesa que nunca ha votado, aunque no conoce una forma política mejor que la democracia, y que además vive con la soberana ausencia de un no creyente.

Las páginas de Steiner me confirman que la crítica tiene un puesto importante entre las artes narrativas. Demasiadas páginas literarias que acuden a mi memoria palidecerían si se las comparase con éstas.

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25 febrero 2020 2 25 /02 /febrero /2020 11:51

Hablar de un nuevo libro de -o sobre- George Steiner es una fiesta para la inteligencia, la sensibilidad histórica y literaria o la cultura amplísima y la sed de conocimientos. He seguido a este prolijo ensayista francés de origen judío desde que tuve noticia de él en la Universidad de los años sesenta. Obras como "Nostalgia del absoluto", "Tolstoi o Dostoviesky", "El silencio de los libros" o "Lecciones de los maestros" constituyeron sendas de conocimiento y estímulo intelectual de alto voltaje durante toda la segunda mitad del pasado siglo.

En este caso se trata de un libro de entrevistas o más bien conversaciones entre la periodista francesa Laure Adler y George Steiner, ( con excelente traducción de Julio Baquero Cruz), que ha editado Siruela, como gran parte de las obras del crítico y pensador judío, incluido "Fragmentos", la última obra del maestro.

Aquí Steiner vuelve a sus temas recurrentes en relación con el judaísmo, el Holocausto, el estado de Israel, el conflicto de Oriente Medio, la religión o la existencia de Dios, el lenguaje -sobre el que es un erudito- los libros, la música, el amor y el sexo, la muerte, grandes temas que han motivado muchos de sus libros. En éste, Steiner con gran madurez y audacia matiza sus opiniones y expone sus reflexiones o acepta sus propias contradicciones motivadas por la evolución intelectual de su pensamiento y por la dinámica de la historia que vive intensamente y con crítica lucidez. Sus palabras y sus opiniones, muy bien estimuladas por la periodista, muestran -a pesar de que estemos o no de acuerdo con lo que dice-- la agudeza de la mente de este hombre singular. Y, en todo caso, provocan de una forma refleja la reflexión del lector.

Lo más interesante de este libro es la figura real que las preguntas de la periodista consiguen hacer aflorar sobre los esquemas y tópicos personales del gran pensador que es Steiner, sus contradicciones, sus filias y fobias y el curioso sentido del humor (tan judío) sobre todo a la hora de arremeter contra figuras tan señeras como la Arendt o Simone Weil. La excelente foto de portada nos ilustra, esa sonrisa pícara, esa mirada chispeante, irónica, levemente burlona, incide sobre un aspecto de Steiner que, a mi al menos, me había pasado inadvertido, la complejidad emocional del pensador, capaz de articular un mensaje magnífico sobre la mayoría de los temas y, al mismo tiempo, dejar "escapar" un juicio contundente y demasiado subjetivo sobre cualquier asunto al que le aplica el bisturí de la duda o el rechazo por pura emocionalidad. Y parece justificarse con una frase que pronuncia ante la periodista: "En los juicios estéticos siempre hay algo efímero, profundamente efímero". Y más adelante añade: "El lenguaje es infinitamente servil y no tiene- a eso se debe el misterio- límites éticos". Y esa es la complejidad de un hombre que no cesa de repetir la frase de Heidegger "somos los invitados de la vida" y es machacado por su anti sionismo en su propia patria, Israel. O le pasa el rodillo ético al capitalismo actual y dice: "Hay quien pone a diez mil personas de patitas en la calle y se va con una prima de cinco millones tras haber arruinado a la empresa o al banco que dirigía, ¿es ese el ideal de libertad humana?".

El libro acaba con un canto a la eutanasia y una reflexión sobre la vejez, "Dejadme dormir el sueño de la tierra" dice, citando a Vigny. Y se despide con un canto de amor a su perro y una reflexión: "Ya se que deberíamos sentir un gran amor hacia los seres humanos. Pero a veces me resulta muy difícil". Steiner tiene 87 años.

FICHA

UN LARGO SÁBADO.- Conversaciones con Laure Adler.- Trad. de Julio Baquero.- Ed. Siruela. 139 págs.ISBN 9788416638758

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23 febrero 2020 7 23 /02 /febrero /2020 13:01
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De 2011 es el texto de George Steiner que ahora comentamos, "La poesía del pensamiento" (Del helenismo a Celan), publicado por la excelente editorial Siruela en su colección "El ojo del tiempo" este año 2012. Como en todo lo de Steiner firma, la erudición más enciclopédica se da la mano con una visión crítica profunda y al tiempo amena y el texto, que podría resultar farragoso por su apabullante cantidad de datos y la solvencia de sus citas, es en muchos momentos inspirador y está dotado de una gran claridad y justeza. Confieso mi admiración por este ensayista prodigioso, nacido en Paris en 1929.
En esta obra, Steiner parte de una idea básica: detrás de toda filosofía, sustentando su propuesta de pensamiento y su estructura hay una lírica literaria e incluso una música, una melodía del pensamiento, que parece motivar y mover la cohesión de las ideas. Eso es algo que late en el interior de quienes buscan en la reflexión filosófica una respuesta a los misterios del ser y de la vida. Como ocurre en las matemáticas puras y en la filosofía profunda, en algunos momentos el pensador llega a tener esa sensación melódica, una vibración que recuerda los misterios pitagóricos y las propuestas órficas, como si en el fondo mismo de materias como las citadas, la física cuántica , la astronomía, latiera el ritmo pausado y secreto de lo que se llamaba la "música de las esferas" y que los grandes cerebros de esas materias han calificado a menudo de un curioso misticismo sin religión y sin dioses.
En esa búsqueda imposible, sobre todo en la filosofía, el patrón buscado es huidizo, se disfraza y se esconde al pensador y Steiner nos habla de la perplejidad de Nietzche, que no lograba dar con el elemento buscado pero im pregnaba toda su obra, todo su discurso de lo emanaba de él. Por eso Steiner nos habla del aviso de Montaigne dirigido al que desea filosofar, y le advierte que nunca logrará llegar al fin de su pensamiento, pero se impregnará de su fuerza literaria, ya que la filosofía y la poesía terminan orbitando en torno a un espacio común. Sólo hay que leer a Wittgenstein para comprobar cómo el leguaje poético acaba dando forma a la propuestas filosóficas de altura.
Para convencernos Steiner nos habla de Proust y nos recuerda la influencia de Bergson y su pensamiento en muchas páginas de la "Recherche", de Nietzche y su lenguaje fuertemente poético, de las incursiones de Freud al pensamiento literario como vehículo para sus ideas psicológicas (no en vano Freud fue propuesto en los años 30 para recibir el Nobel...de Literatura, que no le fue concedido por ser judio).
Desde los presocráticos a Celan, el repaso de la cultura de Occidente que nos ofrece Steiner es de una erudición y una amenidad sobresalientes. La sagacidad intelectual de este autor nos lleva a disfrutar de la magia literaria que emanaba de algunos filósofos, como Hegel con su dialéctica amo-esclavo (una metáfora literaria con valor de símbolo), la visión compleja y humanisima que nos ofrece Platon de Sócrates, la fuerza creativa literaria de Marx, la profundidad filosófica y psicológica de Dostoievsky o Tolstoi.
Las alusiones de Steiner a todos estos genios de la cultura universal desde Descartes a Lucrecio, Galileo o cualquiera de los ya citados, no tienen la seca farragosidad de un buscador de citas sino la justeza y la pertinencia de un hombre que ha paseado durante toda su vida en tan excelsa compañía. Es la suya una erudición amigable, vivida y experimentada en persona. Se lee como si se tratara de una charla privilegiada con un eurdito sin vanidad y dotado de claridad y humilde respero a los gigantes que le acompañan.
Evidentemente no se trata de un libro fácil. Hay que leerlo poco a poco, con una libreta y un lápiz, si el lector no quiere emborronar el libro. Se trata de un volumen para enamorados de la cultura con mayúsculas, de "dilettantes" del pensamiento, de curiosos de la inteligencia en su mas alta y lucida expresión. Libro de estancia monacal y de silencio (de hecho yo escogí el monasterio de Poblet para su lectura) .El mensaje báico es esbozado así: "La poesía busca reinventar el lenguaje, renovarlo. La filosofía se esfuerza por hacer rigurosamente transparente el lenguaje, purgarlo de ambiguedades y confusiones". Y con este intrumento llegar a las ideas, en las que como dijo Marx, "Las ideas no existen fuera del lenguaje".
.En conclusión, Steiner nos ofrece en "La poesía del pensamiento" una diáfana visión de la intima relación entre la filosofía occidental y el lenguaje. Es decir: un examen de más de dos milenios de cultura occidental, con una agilidad casi pedagógica hilvanando el detalle de una determinada cita y la eficacia de un ejemplo extraido de la historia de la  filosofía occidental y de su expresión literaria, afirmando el guiño de Sartre cuando aseguraba que "en toda filosofía hay una prosa literaria oculta".
 
 
FICHA: La poesía del pensamiento, George Steiner, Siruela (2012), 232pgs, 19,95 euros 
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21 febrero 2020 5 21 /02 /febrero /2020 11:50

Un nuevo George Steiner para leer es una buena razón para encerrarse en la biblioteca con un té caliente y una buena pipa y dedicarle dos o tres horas de lectura y reflexión. Confieso mi admiración y atento interés por lo que firma este pensador judío, octogenario audaz e inteligente.

Este ensayo que hoy comento tiene la venerable, aunque no negativa, antigüedad de once años desde que se publicó el original inglés. Sin embargo como suele suceder en Steiner la temática, el tratamiento y el desarrollo de las argumentaciones y su debida documentación, son tan actuales como cuando se dieron a la luz. La mente deslumbrante e incisiva de este pensador se -y nos- divierte especulando sobre unas consideraciones filosóficas del pensador alemán romántico Frederich Schelling (s.XVIII) que desarrolla lo que se denominará la filosofía de la identidad, en donde "el énfasis que antes se había puesto respectivamente en la naturaleza y en el yo se pone ahora en un absoluto indiferenciado, raíz común de ambos". Este pensador cree en el principio gnóstico que atribuye un fondo de tristeza a la condición humana.

Steiner se limita a recoger de Schelling dicha conjetura en la que atribuye a esa tristeza fundamental, la generación de la conciencia y el conocimiento. Lo cual es, a su vez, la base de la percepción y también de todo proceso mental. Según Schelling y con la decidida anuencia de Steiner "el pensamiento es estrictamente inseparable de una profunda e indestructible melancolía”. Es curioso que Steiner se adscriba a esa idea en la que parecen vibrar los complejos judíos sobre la culpa y la tristeza de su raza ante la incomprensión del mundo. Para compensar Steiner busca en la cosmología científica actual una analogía para ese aserto emocional profundo al que compara en su universalidad con el “ruido de fondo”, producido en las ondas cósmicas a causa de la explosión inicial, el Big Bang , del nacimiento del Universo. Las especulaciones metafísicas sobre la configuración del universo que habitamos, algo implícito a la curiosidad humana  y la falta de respuestas es otra de las causas que nos sume en un estado de tristeza.

En todo pensamiento asegura Steiner reverbera esta radiación primigenia que produce una pesadumbre que no deprime sino que resulta creativa y lleva en sí misma la capacidad y la voluntad de sobreponerse a ella. Y eso a pesar del legado de culpa que nace de la imposibilidad de trascender el pensamiento con el mismo pensamiento, una tautología irresoluble que crea esa pesadumbre en la mente del hombre.

Steiner nos propone diez razones para justificar esa tristeza del pensamiento y con su irónica franqueza las pone bajo un paréntesis de la posibilidad, mostrando la base especulativa y polemizadora que le impulsa. Así nos habla de la forzosa necesidad de pensar equiparable a la de respirar ya que no podemos dejar de pensar ni siquiera en sueños. De ahí nace la identidad del ser con el pensar como ya apreció el lejano Parmérides, por el siglo IV aC. y muchos siglos más tarde convertiría Descartes en pensamiento clave y filosóficamente revolucionario. Para Steiner deberíamos asegurar más bien "respiro luego pienso". Precisamente una de las razones citadas es la incapacidad de aprehender la naturaleza del pensamiento. 

Otra de las razones de tal tristeza estriba en el lenguaje. la "casa/prisión" del lenguaje, la materia prima del acto de pensar que "en soliloquios de pensamiento oculto o no deseado que recorren sus anárquicos caminos por debajo del habla articulada".

Steiner nos recuerda que ese misterio de la naturaleza del pensar ha sido uno de los elementos del progreso y de la generación de la idea de los dioses. Y con todo ello el nacimiento de religiones, literatura, filosofía, arte, y en gran medida de la ciencia. Steiner ironiza sobre la concentración, la meditación y los estados alterados de conciencia producidos por la presunta detención absoluta del pensamiento y también sobre la pretensión de autenticidad afirmando la dificultad de ser pionero en un pensamiento, ya que éstos son "una propiedad común", "un universal humano en que todos los pensamientos son también pensados por otros, interminablemente banales y trillados". Y ése es otro motivo de tristeza.. claro. 

Particularmente acertada me ha parecido la constatación de Steiner sobre la economía del despilfarro de energía que es el cerebro humano. y sus dispersos pensamientos continuos, aunque asegura el pensador que se ha demostrado últimamente que en esa "basura mental" permanente se generan también ideas creativas. Sus consideraciones sobre el amor y la imposibilidad de saber con certeza lo que piensa la persona amada  "Ninguna empatía en el ser humano desvela el laberinto que es la interioridad de otro ser humano. El amor más intenso, quizás más débil que el odio, es una negociación, nunca concluyente entre soledades", son quizás lo menos elaborado y más sesgado por la propia personalidad del autor.

Steiner cierra su magnífica diatriba sobre el pensamiento con otra referencia a la física cuántica: "nunca sabremos hasta dónde llega el pensamiento en relación con el conjunto de la realidad. Como en las súpercuerdas de la cosmología actual, las verdades vibran en múltiples dimensiones, inaccesibles a toda prueba definitiva". Ahí radica la tristeza, la melancolía de ser en un mundo incomprensible, ya que "la mayoría de nuestras preguntas quedarán siempre sin respuesta".

FICHA

Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento.- George Steiner.-Siruela. Biblioteca de ensayo. 3ª ed. - Madrid 2007

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14 febrero 2020 5 14 /02 /febrero /2020 11:48

"¿Qué es lo que confiere a un hombre o a una mujer el poder para enseñar a otro ser humano?¿Dónde está la fuente de su autoridad? ¿Y las respuestas de los educados?". Desde san Agustín han desconcertado estas preguntas, que no han dejado de tener vigencia en el clima libertario de nuestros días. El gran George Steiner, casi nonagenario hoy,  se hacía en 2003 estas mismas preguntas y escribió sobre la relación maestro-discípulo en este libro fascinante, reeditado por Siruela el pasado año (¿para cuando una reedición -ansiada por muchos - del libro de Pierre Hadot "Ejercicios espirituales y filosofía antigua"?).

Steiner que ha ejercido la docencia en Estados Unidos, Inglaterra y Suiza durante más de 50 años, sostiene en el prólogo de su libro que "la única licencia honrada y demostrable para enseñar es la que se posee en virtud del ejemplo". Esta socrática o epicúrea respuesta abre paso a la reflexión del maestro judío sobre una relación que adquiere tres formas principales, los maestros que destruyen a sus discípulos, los discípulos que traicionan a sus maestros y los maestros que intercambian con sus discípulos el eros de la mutua confianza, una especie de ósmosis en la que el maestro aprende del discípulo como éste de aquél, en un escenario de auténtica y profunda amistad.

La enciclopédica erudición de Steiner y su dominio de los clásicos antiguos y modernos, nos lleva a través de las épocas mostrándonos los ejemplares personajes que pensaban y creaban estructuras de pensamiento que después divulgaban entre sus discípulos de distintas formas y técnicas, desde los diálogos de de Sócrates, a los aforismo de Epicuro y los estoicos, a las metáforas y narraciones de Jesús ( Steiner nos cuenta un irreverente y arrogante chiste de Harvard sobre  Jesús: "Un buen Maestro pero no publicó" que podría ser empleado con Sócrates o Buda), Heidegger y la Arendt, Virgilio y Dante, Heiddeger contra Husserl, Brahe y Kepler.

Hay una cierta diferencia de intensidad pedagógica entre el apabullante repaso histórico que Steiner hace de los maestros y sus actuaciones a lo largo de las culturas y las páginas en las que la brillante mente del ensayista se dedica a profundizar conceptual y filosóficamente en el mismísimo arte de enseñar. El recorrido empieza como era de esperar con los griegos y su "padieia" o ciencia o disciplina de la formación, en especial analizando la función de los sofistas, los primeros en crear sistemáticamente la enseñanza reglada por un maestro (que cobraba por su trabajo) y sus discípulos, de una forma profesional. Con esto ya nace la reflexión de la independencia del maestro y sobre todo de la de su enseñanza.  "¿Cómo es posible pagar por la transmisión de sabiduría, de conocimiento, de doctrina ética o de axiomas lógicos? ¿Qué equivalencia monetaria o patrón de cambio se puede establecer entre la sagacidad humana y la entrega de la verdad, por una parte, y unos honorarios en metálico, por otra?", dice Steiner en la pág. 23). Steiner matiza en su reflexión sobre la enseñanza de oficios en cuyo desempeño habrá intercambio de trabajo por honorarios.

Pero Steiner mantiene la dificultad de poner precio a las investigaciones filosóficas. Su valor es inmenso pero su precio no es mensurable. No hay que confundir valor y precio. Y tampoco censura a los que en colegios y universidades cumplen con una profesión pedagógica sujeta a honorarios, como forma de ganarse la vida. Aunque, insiste Steiner, en el carácter vocacional del "auténtico enseñante" donde puede forjarse el verdadero maestro. Y añade, con un punto de ironía, que el enseñante vocacional debería obedecer a un "juramento hipocrático" como los médicos, pues su labor no es menos importante que la de aquellos. Y asegura: "Enseñar con seriedad es poner las manos en lo que tiene de más vital un ser humano. Es buscar acceso a la carne viva, a lo más íntimo de la integridad de un niño o de un adulto. Un maestro invade, irrumpe, puede arrasar con el fin de limpiar y reconstruir".

Pero también puede destruir, asegura Steiner con contundencia: "La mala enseñanza es, casi literalmente, asesina y, metafóricamente, un pecado. Disminuye al alumno, reduce a la gris inanidad el motivo que se presenta. Instila en la sensibilidad del niño o del adulto el más corrosivo de los ácidos, el aburrimiento, el gas metano del hastío. Millones de personas han matado las matemáticas, la poesía, el pensamiento lógico con una enseñanza muerta y con la vengativa mediocridad, acaso subconsciente, de unos pedagogos frustrados". Las condenas de Steiner sobre la enseñanza actual en Occidente, en una abrumadora mayoría de instituciones pedagógicas, abarca no sólo a profesores y planes de estudio, sino a los alumnos y sus familias: "los padres quieren conocer las notas medias, no lo que han aprendido sus hijos; los adolescentes aceptan como debido a ellos, como algo natural, cualquier servicio, incluso el lujo impagable de la enseñanza viva; los profesores no es raro que se dejen llevar por la envidia o la murmuración; en fin, el mismo  buen maestro cae en la apatía cansada de quien lleva demasiados años experimentando que se encuentra solo, o por su calidad docente le viene como reconocimiento el mayor de los horrores, un cargo de gestión o directivo, que le aparta de la tarea en la que precisamente había alcanzado esa infrecuente excelencia". Aunque reconoce que hay algunas ignoradas excepciones entre los maestros que se evidencian a partir de las apariciones escasas pero regulares de algunos jóvenes alumnos con dones especiales.

FICHA

LECCIONES DE LOS MAESTROS.- George Steiner.-Trad. María Condor.- Ed. Siruela.- 186 págs. 9,95 euros.-ISBN  9788499087481

 

 

 
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12 febrero 2020 3 12 /02 /febrero /2020 12:48

En homenaje a Steiner, fallecido en febrero de 2020, publico esta reseña escrita el pasado año.

El maestro George Steiner (nacido en Paris en 1929 y a punto de cumplir 90 años) es uno de los pensadores más lúcidos y complejos  del siglo XX y aún colea en el actual aunque ya, a sus 89 años, no se prodiga tanto (no hace muchos meses reseñamos una suerte de ensayos semi biográficos que me llamaron la atención por su consistencia y su osadía conceptual) debido a su perfecta y resistente mala salud. Filósofo contestatario en todo momento, autor incansable, figura discutida e impertinente en  Princeton, Stanford, Ginebra o Cambridge. Steiner es hijo de judíos vieneses refugiados del nazismo en París y luego en  Nueva York y mantiene una curiosa no-práctica del judaísmo que resulta muy combativa y también crítica. Con mucho humor e ironía define al judío como un hombre que lee los libros con un lápiz en la mano porque piensa que los puede escribir mejor. En 2001 recibió el premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades donde se resaltaba su talante polémico y su defensa de lo universal y global contra los nacionalismos y las fronteras, no en vano es un políglota que domina inglés, francés, alemán e italiano, sin contar las "leguas muertas" (tan rabiosamente vivas en la cultura occidental, el latín y el griego).

 

Desde los presocráticos a Celan, el repaso de la cultura de Occidente que nos ofrece Steiner es de una erudición y una amenidad sobresalientes. La sagacidad intelectual de este autor nos lleva a disfrutar de la magia literaria que emanaba de algunos filósofos, como Hegel con su dialéctica amo-esclavo (una metáfora literaria con valor de símbolo), la visión compleja y humanísima que nos ofrece Platon de Sócrates, la fuerza creativa literaria de Marx, la profundidad filosófica y psicológica de Dostoievsky o Tolstoi. Es la suya una erudición amigable, vivida y experimentada en persona. Se lee  sus obras como si se tratara de una charla privilegiada con un erudito sin vanidad y dotado de claridad y osadía crítica.
"El silencio de los libros", publicado en 2005 en la revista "Esprit" y por Siruela en 2011 (con el añadido de un enjundioso trabajo breve de Michel Crépu sobre la lectura "Ese vicio todavía impune") hace un corto pero jugoso recorrido sobre la historia del libro partiendo provocativamente del predominio de la oralidad en la cultura tradicional  ("la oralidad aspira a la verdad, a la honradez de corregirse uno mismo, a la democracia") y de la superioridad de la música como lenguaje fundamental para comunicar sentimientos y significados ("la mayor parte de la Humanidad no lee libros, pero canta y danza").
 Steiner da un zurriagazo (merecido) a la enseñanza actual donde se desdeña la oralidad -principal origen de la lectura: al principio, en la edad media, se leía siempre en voz alta y se aprendían los textos para ser recitados para un público iletrado- y se sacrifica la memoria (sustituyen el saber de memoria...por un caleidoscopio de saberes siempre efímeros". No podía faltar un sopapo (también merecido) a la Iglesia católica "cuya historia sangrienta de censura de libros y destrucción física de libros y autores recorre como un ardiente hilo rojo toda la historia del catolicismo romano".
Nos recuerda las corrientes contestatarías que enfrentan cultura libresca con el vitalismo y la naturaleza, desde Rousseau a Goethe hasta Emerson o Wordsworth (" el hálito de un bosque en primavera vale mucho más que toda la erudición libresca"), Blake, Thoreau o D.H. Lawrence. Y también la vertiente "pastoral" que razona sobre la cuestión "de qué sirven los libros a la humanidad  doliente" (y más adelante sobre la cultísima Alemania en la que triunfa el salvajismo irracional de los nazis). O la barbarie de todas las censuras que llevan a las hogueras a los libros y a menudo a sus autores (como profetizó Heine en 1821) y se extienden hasta nuestros días (desde las "listas" de McCarthy hasta el incendio de la biblioteca de Sarajevo).
Hay mucho pesimismo en las visiones apocalípticas del libro que tiene Steiner, pero también algo de sana hipocresía, ya que ante el deseo de leer y el aumento de posibilidades de lectura, Steiner acaba repitiendo los versos de Cátulo, "Oh, Musa, déjanos vivir un siglo o dos más".
Ese pesimismo profético que parece anatematizar el futuro de los libros y del que nuestro octogenario nos da muestra, está muy lejos de concretarse en una amenaza real (de momento). Su nuestro informadísimo ensayista insistiera un poco más )o simplemente actualizara su texto) vería que el libro impreso goza de una extraordinaria mala salud. Cierto que han desaparecido librerías emblemáticas, pero por doquier nacen y se reproducen pequeñas librerías que parecen mantener muy vivo el fuego eterno.  Así sea.
 
FICHA
EL SILENCIO DE LOS LIBROS.- George Steiner.- Trad. María Condor.- Ed. Siruela. 84 págs.  ISBN 9788498414257
 

 

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8 febrero 2020 6 08 /02 /febrero /2020 13:49

¿Qué haría usted si, por acaso, se topara con un libro en tres volúmenes que le amenaza con el curioso título Anatomía de la melancolía? Cómprelo y léalo. Es mi consejo.

Cinco años se ha demorado, desde que se publicara el primer volumen, en 1997, la edición de esta rara y excelente obra. Si se tiene en cuenta que la edición original es de 1621, no es mucho tiempo. Sí lo es -imperdonable- el lapso de cuatro siglos que ha tardado en llegar a la lengua española este innegable clásico de la literatura universal.

Robert Burton, clérigo, bibliotecario y melancólico, consagró su vida al estudio. Acumuló una erudición literalmente enciclopédica, desordenada, simpática y voraz. Melancólico de carácter y de vocación, eligió la bilis negra como territorio propio: como tema y perspectiva, como punto de observación. Se puede interpretar al hombre y a la sociedad desde muchos puntos de vista. Sólo una vez, que yo sepa, se ha ejercido la mirada melancólica con tal rigor y detalle. Cierto es que la época propiciaba pluralidad, incluso disparidad, de las miradas. Erasmo utilizaba el observatorio de la locura y Lutero el del pecado; poco después, Descartes nos instruiría en la reglada disciplina de la razón, antes Montaigne las había probado todas.

Nacido bajo el signo de Saturno, Burton cultivó la melancolía. Investigó las desordenadas pasiones que la acompañan, sus profundos y distantes placeres. La melancolía es un carácter, y un carácter -como sabía Heráclito- es un destino. Burton se disfraza de Demócrito para escribir un libro perdido. Cuenta Hipócrates que, en una visita, descubrió al sabio de Abdera, melancólico, escribiendo sobre la melancolía. A su alrededor, cadáveres de animales diseccionados, indicaban que Demócrito había practicado la anatomía para buscar las causas y variedades de la famosa atrabilis, de la bilis negra. Burton -Democritus junior- practica también la anatomía. Pero lo que disecciona son los usos, la moral, la política y la religión, la higiene y la alimentación, los climas y los ambientes. Y disecciona toda la tradición literaria, histórica y filosófica. Siempre con la melancolía como horizonte de interpretación.
Leerá usted disertaciones sobre los sentidos internos y externos, sobre la imaginación y la concupiscencia, sobre las sectas y el papismo. Conocerá remedios para el enamoramiento y los celos, consejos sobre la dieta, el ejercicio físico, la educación, el trabajo y los viajes. Incluso conocerá una de las utopías más extrañas: la utopía melancólica.

La observación de Burton es, quizá, la de un melancólico solitario. Pero le respaldan todos los autores de todas las tradiciones. Cinco mil quinientas veintisiete notas a pie de página (al final de cada uno de los volúmenes) dan cuenta de la incontinencia feliz de un erudito que no ha dejado anaquel sin explorar ni autor sin citar. Anatomía de la melancolía es una de esas obras que provocan un placer inmenso, un placer intenso. La excelente publicación, un verdadero acontecimiento editorial, acompaña a la magnífica traducción del texto un incisivo prefacio de Jean Starobinski. Han tenido que pasar cuatrocientos años para que podamos disfrutar del ejercicio de la anatomía y del gozo de la melancolía. Un doble placer.

 

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8 febrero 2020 6 08 /02 /febrero /2020 11:08

A punto de cumplir los 91 años, el profesor George Steiner, ha fallecido en su residencia de Cambridge el día 3 de febrero de este año 2020. Paradigma del intelectual europeo, ensayista, filósofo, crítico y teórico de la historia de la literatura, con una educación profunda en inglés, francés y alemán, ha escrito un gran número de libros, infinidad de artículos y fue un conferenciante ágil y lúcido. Siempre le he leído con interés y aprovechamiento. En homenaje a su memoria volveré a actualizar antiguos artículos míos sobre sus obras y añadiré mis últimas lecturas. 

Leer este libro, en realidad transcripción de un diálogo radiofónico mantenido por George Steiner con el periodista Antoine Spire en 1997 , es un placer pleno de sugerencias y revelaciones inteligentes. El nonagenario ensayista se mantiene tan vivaz hoy como en el momento de la entrevista y se expresa con una contundencia y claridad  de un joven. La charla repasa y valora los agónicos acontecimientos del atroz siglo XX: las dos guerras mundiales, los totalitarismos, los gulags, los campos de la muerte nazis. El análisis se hace bajo un denominador común, una cultura, la europea, que antes de 1914 ofrecía una visión optimista de progreso y paz gracias al optimismo de la razón que nos habían legado los grandes de la Ilustración desde los siglos precedentes. Pero los logros y sueños de los ilustrados no pudieron evitar la eclosión de la barbarie hasta unos límites jamás vividos por la humanidad.

Son once capítulos breves y de estilo coloquial donde Spire, uno de los mejores periodistas culturales de finales de siglo, no se corta un pelo en preguntar con incisivo descaro a un Steiner que da en todo momento la muestra de su talento, su portentosa cultura y su legendaria contundencia y a veces mal genio (hay un momento durante las entrevistas en que le espeta a Spire que le deje hablar o da por terminada la sesión). El primer capítulo "Premonición del padre" nos ofrece interesantes datos sobre los años de formación de Steiner, hijo de judíos, cuya familia huye a Francia y Estados Unidos para escapar de Hitler, lo que supuso para Steiner dominar tres lenguas con lo que favoreció una característica del pensador que siempre ha valorado: sentirse verdaderamente cosmopolita, en el auténtico sentido griego de la palabra: ciudadano del planeta.

En otros capítulos se debaten cuestiones como la presencia o muerte de Dios y las consecuencias filosóficas y literarias de esa ausencia. Excelentes las consideraciones de Steiner sobre Heiddeger ("el más grande de los pensadores y el más pequeño de los hombres") y Hanna Arendt (donde el joven entrevistador se muestra menos comprensivo que Steiner), sobre el  discutible Sartre; el "club del que no se dimite" (es decir el ser judío); su repudio a ciertas formas de "cultura" popular como el rap o el heavy metal y, en fin, a un cierto agostamiento de la imaginación humana y la narrativa (cosa rechazada con vehemencia por Spire), un pesimismo sobre la humanidad que Steiner objetiviza en la labor corrosiva del fundamentalismo.

El fenómeno de la cultura (donde Spire acusa a Steiner de elitismo y este se defiende haciendo un democrático homenaje a la indefinición del término "alta cultura" expresando que a nadie se le puede imponer el gusto por lo que como tal se considera (Platón,Mozart, Bach, Shakespeare  o Cervantes) y asegura: "¿Con qué derecho puede uno obligar a un ser humano a alzar el listón de sus gozos y sus gustos? Yo sostengo que ser profesor es arrogarse este derecho"

FICHA
George Steiner en diálogo con Antoine Spire, La barbarie de la ignorancia, Taller-y traducción de Mario Muchnik, Madrid 1999.

 

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7 febrero 2020 5 07 /02 /febrero /2020 18:34

La acracia es una doctrina o ideología que rechaza todo tipo de autoridad. Es una rama extremista del anarquismo y en términos literarios define al personaje (casi siempre un crítico o un ensayista) que adopta una postura intransigente, activa y desafiante frente a la ortodoxia de las "autoridades" aceptadas por todos, encarnadas en escritores, pintores o poetas considerados la excelencia de una época determinada. El fallecimiento el 14 de octubre pasado de Harold Bloom  ha reavivado las críticas más o menos feroces a sus actitudes -consideradas puro disparate pretencioso- de crítico literario, principalmente su "Canon occidental" donde ponía en solfa a determinados autores que consideraba "bajo la influencia" de grandes maestros muy conocidos, a los que de alguna manera traicionaban y robaban las riquezas que luego reflejaban en sus propias obras con la pretensión de ser originales. Bloom era, sin duda alguna, el espejo de los ácratas literarios que en el mundo quedan, entre la honestidad y la indignación ( y el compromiso hacia una determinada noción de la cultura). En opinión de este humilde crítico con la muerte de Bloom hemos perdido uno de los eruditos literarios más traviesos, originales y provocadores de la historia de la literatura occidental. Sus propuestas rompedoras han sido generalmente malinterpretadas y no se ha entendido el valor teatral, casi al estilo de Cyrano de Bergerac, de sus provocaciones. Incluso en el "Canon" comienza por reconocer que "nadie posee autoridad para decirnos lo que es el canon occidental". Ergo... Bloom adoptaba esa postura de activista ácrata como una manera de combatir la cultura redigerida y controlada de forma indirecta que preconizan los políticos tanto de la derecha como de la izquierda en los dos últimos siglos. Esa cultura "domesticada" por el poder y el dinero, la "corrección política" es la que trataba de desmontar nuestro admirado e irreverente ensayista.

Harold Bloom, profesor de Humanidades de la Universidad de Yale durante más de sesenta años, murió con 89 años -tres dias después de impartir la que sería su ultima clase, en pleno uso de sus  enormes facultades, su gigantesca erudición y su tajante y provocadora actitud crítica. Como Mr. Chipps, el  protagonista de la novela del mismo título de James Hilton, profesor británico de entre guerras, ha dejado memoria de su bien hacer en varias generaciones de estudiantes. Con Bloom desaparece una determinada ortodoxia crítica que se ha mantenido fiel a sí misma, dominando a los clásicos y haciendo una labor crítica magnífica y exigente que sabía ver entre el grano y la paja en la ceremonia de la confusión editorial de hoy. En contra de lo banal, de la vulgarización de la lectura, pero atento al lector común, Bloom ha arremetido, a lo largo de su larga vida, contra casi todos los ismos y la invasión interdisciplinar en la crítica literaria, sobre todo la escuela psicologista y la sociológica. Su "Canon" le valió ataques de todos lados y el ser considerado una especie de "condottiero" de la ortodoxia crítica. Nos decía lo que había que leer y por qué (con el guiño vitalista de que hay que leer porque estás vivo). Consideraba a Shakespeare como el "creador" de lo humano y a Cervantes como el segundo de a bordo. Más de 40 libros publicados, monografías, artículos y prólogos dan fe de su laboriosidad y dedicación. Este vástago de una humilde familia judía del Bronx neoyorquino era capaz de recitar los sonetos de Shakespeare de uno en uno y repetir la primera página de un centenar de novelas clásicas. Bromeaba con sus alumnos de su portentosa memoria, afirmando que era un legado mental de uno de sus antepasados judíos cabalistas. Sus enemigos, los tenía abundantes y buenos (como él mismo reconocía), le acusaban de oscurantismo y excentricidad. Les contestó con un brillantísimo libro sobre los poetas ingleses románticos y un ensayo personal "La ansiedad de la influencia". Para mí fue un punto de referencia en mi labor como crítico desde sus primeras obras y en particular sentí cierta complicidad cuando arremetió contra "la escuela del resentimiento", aquellos escritores, ensayistas e intelectuales que arrinconaban a los clásicos en aras de las "nuevas" teorías culturales, segadas y colaterales, para los que un análisis de una escuela de diseño de moda era tan valioso como un  análisis de la poesía de  Blake o Shelley y su reflejo en las formas modernas de la espiritualidad.

Leemos contra la muerte, nos dice Bloom. "Mors certa, hora incerta"...Como todo lector sabe nos falta tiempo para leer todo lo que quisiéramos leer y algunas veces releer. Por lo tanto arguye Bloom hay que evitar los libros malos, desconfiar de las recomendaciones de editoriales y críticos más o menos banales. Desconfiemos de las listas de los más vendidos, las modas y los best sellers prefabricados. La literatura como el buen abono surge de la mierda del mundo corrompido por la codicia, el poder y el sexo.  En "Anatomía de la influencia", que subtituló como "La Literatura como modo de vida", Bloom parece resumir sus grandes temas que cuidó a lo largo de su vida, la función del crítico y, claro, la presencia omnímoda de Shakespeare en el subconsciente de la mayoría de los grandes autores. Para terminar el libro con un fantasmagórico paseo por las obras y las mpersonas de sus poetas preferidos (como si se tratara de una despedida)  Ammons, Merril, Ashbey, Merwin, , Charles Wrigth, Dryden (que llamó hijos pródigos de Whitman), Milton, Shelley, Whitman (encuadrados estos últimos dentro de lo que llamó "lo sublime escéptico" y las "ansiedades epicúreas".

En esta obra reconoce paladinamente la fuerza centrípeta de su idea de la influencia: "Mi libro aisla la melancolía literaria como el agón de la influencia y quizá yo escribo para curarme la sensación de haberme visto demasiado influido desde la infancia por los grandes autores occidentales". Y  nos dice: "la crítica literaria, tal como yo pretendo practicarla, es personal y apasionada...no sólo es la mejor parte de la vida, es en sí misma la forma de la vida y esta no tiene ninguna otra forma". Y una ñparte sustancia de esa vida, Bloom la dedicó enteramente a Shakespeare. En "La invención de lo humano" rinde culto al Gran Bardo y afirma copiando el soneto 87 de S. "Adios...eres muy caro para poseerte". Y fue muy caro, le dedicó en el fondo toda su vida.

En la extraordinaria "Shakespeare, La invención de lo humano", un libro de casi 900 páginas, Bloom escribe un ensayo para cada una de las obras del dramaturgo y poeta, en los que se desprende una admiración casi infantil ante un mago portentoso, el creador de figuras humanas, caracteres que parecen sobrepasar el texto lineal para convertirse en prototipos eternos, mas vivos en sí que las personas que nos rodean: Falstaff, Hamlet, Yago, Cleopatra, Olivia o Lady Macbeth. Hay auténtica alegría (y estupor) de estar vivo para gozar con esos portentos literarios. Lo cierto es que en pocas ocasiones me he sentido más entusiasmado y casi "poseído" por una pasión o "joie de vivre" causada por una admiración literaria tan pura y bien fundamentada. Y termina su libro con esta frase "Parece adecuado que concluya este libro con Falstaff y con Hamlet, ya que son las representacioones más plenas de la posibilidad humana en Shakespeare...ya seamos varones o mujeres, viejos o jóvenes,  Falstaff y Hamlet hablan a nosotros y para nosotros del modo más urgente"

Descubrí casualmente a Bloom a través de uno de los manuales que Barral editores publicó  en 1974 en su "Breve biblioteca de respuesta": "Los poetas visionarios del romanticismo inglés", donde hace un extraordinario y original panegírico de poetas como Blake,  Lord Byron, Shelley y Keats, a los que conocía sólo a través de sucintas biografías literarias en manuales universitarios. Bloom diseciona la poesía, y la vida, de estos poetas sin evitar la dialéctica que se establece entre la naturaleza y la imaginación y el rapto poético que lleva a la mitificación y la impostura casi herética y visionaria.

También dejó huella en mí, aparte de su travieso "Ensayistas y profetas, el Canon del ensayo" donde aprovecha la influencia y el escándalo de su Canon literario para hacer una crítica sin prejuicios de figuras como Huxley, Sartre, Camus, Freud, Pascal o Montaigne, Nietzsche, Emerson  o Rousseau. Una delicia irreverente.  Actitud que vuelve a desarrollar en su "¿Dónde se encuentra la sabiduría" en la que analiza sin pelos en la lengua la llamada "literatura sapiencial" desde el Eclesiastés a Platón y Homero pasando, cómo no, por Cervantes y Shakespeare, con estaciones de parada en Freud, , Proust, Goethe, san Agustin o Francis Bacon. ¿Reiterativo? Inevitablemente, pero no contradictorio ni olvidadizo. Siempre hay algo nuevo y bueno en lo que dice Bloom de sus amados autores.

Me he pasado casi 50 años de mi vida acompañado por la ironía dialéctica, la erudición y la mordacidad, el sarcasmo y la  socarronería de un lector impenitente. Un lector voraz que nunca se abstuvo de emplear su ingenio crítico incluso con los más grandes y admirados de sus autores. Es una lección y un privilegio gozar de las obras del desaparecido Harold Bloom.

FICHAS

"ANATOMÍA DE LA INFLUENCIA",  (Taurus); ¿DÓNDE SE ENCUENTRA LA SABIDURÍA? (Taurus); LOS POETAS VISIONARIOS DEL ROMANTICISMO INGLES (Barral Editores); EL CANON OCCIDENTAL" (Anagrama); "SHAKESPEARE, LA INVENCIÓN DE LO HUMANO" (Anagrama)"ENSAYISTAS Y PROFETAS, EL CANON DEL ENSAYO" (Páginas de Espuma).- Todos de  Harold Bloom. Distintas fechas de publicación, precios, páginas y traductores.

 

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29 enero 2020 3 29 /01 /enero /2020 19:21

En estos tiempos en que cualquier cafre sin pizca de sentido común, ante micrófonos y cámaras,  opina sobre lo “insoportable” de cualquier tema político (casi siempre nacionalista)  y amenaza con la guerra como “solución”, llevaría al sujeto ante un juez que le condenara por un delito de lesa estupidez inconsciente. Y como castigo y escarmiento le haría leer en jornadas de ocho horas la novela de Henri Barbusse que recibió el Premio Goncourt el año de gracia de 1916, en plena I Guerra Mundial, la conflagración que “debía poner fin a todas las guerras”: “Le Feu” (“El Fuego, diario de un pelotón de infantería”). El lugar de lectura sería una réplica de una trinchera de la cruel y devastadora guerra, fiel reproducción de las originales: como describe Barbusse, un lugar donde todo hedor, suciedad, peligro, horror, angustia, temor y desolación tienen su asiento, un lugar infernal con barro hasta las rodillas, bombardeos continuos, asaltos a la bayoneta, disparos de francotiradores, hambre, ratas, piojos, despojos humanos, histeria, estupidez de los mandos, corrupción de la elite militar, sin pertrechos, suministros, armamento y munición escasos y órdenes suicidas: todo el asco y la desesperación humanas en un  espacio  estrecho, excavado en el barro a 1,50 m de altura,  repleto de hombres desnutridos y salvajes, luchando por la supervivencia como locos debatiéndose entre el ruido y la furia.

He leído “El fuego” de Henri Barbusse con el corazón en un puño. Y por esas coincidencias que Jung llamaba “sincronicidades” he leído en mis repasos diarios de prensa a varios, sí varios, individuos situados en el poder en diversos países, que proferían referencias irresponsables y necias sobre la “posibilidad” de entrar en una de las guerras que en muchas partes del mundo actual hacen antesala de la idiotez humana. Por favor, ustedes, los que detentan el poder, los que pueden tomar medidas, hagan una criba de semejantes botarates y enciérrenlos unos días en un escenario bélico como el que les he comentado. Que comprueben en persona lo que preconizan.

El Fuego, una de las novelas antibelicistas más notables de la historia de la literatura, es fruto de la experiencia personal del poeta, novelista y soldado de infantería en la Gran Guerra, Henri Barbusse. Galardonada con el Premio Goncourt, la novela obtuvo un gran éxito en su época, convirtiendo a su autor en un personaje de gran popularidad. Redactada con una brutalidad desconcertante, narra las vicisitudes de un grupo de soldados que soportan una guerra que no desean y que nada tienen que ganar con ella. Tras El Fuego, la obra de Barbusse estuvo guiada por motivos políticos y sociales. Fundador del movimiento y la revista Clarté (Claridad), su nombre estuvo vinculado a los intelectuales que reclamaban el fin de las guerras en un mundo más justo: Anatole France, Léon Blum, Francis Carco, Romain Rolland, Jules Romains, etc.En 1923 se afilió al Partido Comunista francés. Bolchevique contumaz, murió en un hospital moscovita en agosto de 1935. Una enorme muchedumbre acudió a recibir y acompañar el cadáver hasta el cementerio parisino del Père Lachaise.

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