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3 diciembre 2010 5 03 /12 /diciembre /2010 17:13

Bueno, llegó la hora. La moda catártica y semiadolescedraculante de los vampiros ha contagiado a algún escritor español. He leído algún relato y hojeado alguna novela de ese singular género sin llegar a prender en el tema, hasta que atraído por su portada y por la personalidad del autor, he respondido, muy atrevido, a la invitación de la "Invitación" una novela con vocación de best seller que ha escrito un interesante tipo, Kim Densalat. No gusto de la moda vampírica y me quedé en el "Drácula" de Bram Stoker, "Nosferatu" o "Carmilla" de Sheridan Le Fanu o el "Soy leyenda" de Matterson, que ya forman parte del imaginario literario de nuestra época. Pero a la sangrienta fiebre de sagas de Anne Rice y sus "Crónicas vampíricas" o las de la Meyer y Claudia Gray "Crespúsculo" y Medianoche", respectivamente, ya no he respondido por falta de interés. Quizá lo único que me fascina de todo esto es la coincidencia (¿) de que las principales autoras sean mujeres. Y mi preferencia por ese cóctel asombroso que se llama "Bloody Mary" (sangrienta Maria) ¿Por qué será?

Pero volvamos a Densalat cuyo listón referencial en el género es muy alto como vemos. Sin embargo hay un punto importante a su favor: la personalidad, un tanto fáustica del autor, no en la acepción de Spengler como hombre creador de la técnica y hacedor de un orden nuevo, sino en el aspecto mítico del término, tal como lo esbozaba Goethe en "Fausto". Apunte: quizá Densalat debería plantearse su propia vida como materia literaria.

El autor juega en su novela a la seducción. Para ello imagina una trama endemoniada (nunca mejor dicho) y trepidante en la que están involucradas la CIA y el Vaticano por el lado "humano" y las distintas familias vampíricas por el lado del mal, dirigidos por una especie de Jano esquizoide que va deambulando de una personalidad a otra para cumplir sus objetivos de poder y sus deseos sexuales. Ese personaje "Dragone" (Densalat sabe que Drácula significa Dragón) tiene su guarida en un castillo en el Pirineo (qué lujos) situado en unos Montes Malditos (quizá los de Tor en el Pallars, aunque por su envergadura y aspecto yo apunto mejor al Pico Maldito -3.350 m.- muy cerca del Aneto y el Maladeta). La acción se desarrolla principalmente en Roma y en otros lugares episódicamente, aunque la sombra del tenebroso castillo enquistado en los Pirineos queda como una amenaza latente, donde los supervivientes de la colosal lucha entre humanos poderosos y vampiros, preparan el "asalto a la eternidad".

La narración de los hechos, aunque bastante predecible, tiene la virtud de mantener vivo el virus del interés en el lector (no en vano, uno de los príncipes de los vampiros Nosferatu, en griego significa portador de enfermedad). Son dos mujeres, una científica representante del factor humano y una vampira negra, dotadas ambas de una sexualidad poderosa, las narradoras. Y como contrapunto un agente de la CIA especializado en Asuntos No Clasificables.

 

Si usted ha seguido las sagas crepusculares y vampíricas o las hecatombres sangrientas de la serie cinematográfica "Resident Evil", Kim Densalat le atraerá. Su novela tiene todos los defectos, reiteraciones y tópicos del género, pero también un cierto nervio, una energía interna, que la hace sugestiva.

 

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2 diciembre 2010 4 02 /12 /diciembre /2010 09:48

EL LIMÓN EN LA VENTANA

 

Kodo-medium;initEra la primera sentada. En el zendo había dos o tres personas. Amanecía y en el jardín cercano cantaban los pájaros saludando al nuevo día. Alguien hacía kin-nin, despaciosa, morosamente, paso tras paso, los brazos en ángulo recto, las manos unidas en un abrazo íntimo y poderoso, los codos como vértices de un triángulo rebosante de concentración. El privilegio de los viejos discípulos consistía en poder meditar por su cuenta en la amanecida, una hora antes de que comenzara la sentada para los que asistían al cursillo de iniciación.

El discípulo había colocado su zafu en posición. Había escogido su lugar, frente a la ventana, porque desde allí tenía una visión privilegiada del limonero que llevaba sus ramas y sus frutos hasta unos centímetros de los cristales. Aunque durante las sentadas comunitarias las contraventanas se cerraban para disminuir distracciones y tentaciones de viaje de la mente, en esa primera hora, con una luz casi submarina, nadie pediría que se cerrara.

El discípulo se colocó un poco laboriosamente. Hacía poco había sido operado de una rodilla y aún sentía el dolor cada vez que buscaba formar con sus piernas el trípode que habría de colocar a su coronilla y su hara en una línea apuntando al cielo y también clavada en la tierra. Durante la tarde anterior, en las últimas sentadas, el sufrimiento había sido persistente y cada vez más agudo, dificultando su concentración flotante. Después de unas horas de sueño se sentía descansado y lleno de energía, casi había olvidado la angustiosa sentada de la noche.

Una vez firme en su postura, la espalda erecta como un huso, colocó las manos en el mudra meditativo, inspiró profundamente y dejó que sus ojos buscaran ese punto radial donde descansa la mente. De pronto enfocó. Tras el cristal, a la altura del punto de focalización borrosa, un limón se mostraba con su impúdico esplendor, como retándole a mantener el contacto visual. El viento, suave, le imprimía una suave danza, como si le estuviera saludando. El discípulo sonrió y envió su espiración hacia el fondo de su vientre, mientras en su mente se formaba la sílaba “mu”.

Como no había que esperar ninguna campana para dar comienzo a la sentada, el discípulo entró en zazen. Su respiración se hizo suave y lenta, y al aire inspirado era lanzado al exterior como acompañando un mental acto de sumergirse en lo profundo del hara, y ese acto que era como el gesto del remero al bogar hacia la meta, era acompañado en sordina por la jaculatoria surrealista del mu, cuya vocal se extendía hacia abajo como una tenue alfombra que llevara al muro sin puertas.

Y en esta ocasión, las arrugas del fruto, del limón, comenzaron a formar un rostro, ojos, nariz, labios finos en una mueca de enérgica resolución, como si fuera el compañero de boga, el director de la trainera que gritaba la seca y vitalizante consigna para animar a los remeros.

El discípulo sabía de la naturaleza traviesa de los makyos, había recibido inoportunas o deslumbrantes visitas en otras ocasiones, durante los largos años de práctica, colores inesperados y calidoscópicos, sonidos de plata, destellos de gemas preciosas, amenazantes rostros, turbadoras curvas, sonrisas burlonas, gemidos y molestias en todos los grados del incordio. Pero ahora era distinto.

El limón en la ventana comenzó a ser un koan en sí mismo. Y el discípulo sonrió. La rodilla habia dejado de molestarle. Los hombros se habían distendido. La respiración fluía autónomamente. El mu era un limón en la ventana. También. El discípulo miraba el limón y el limón miraba al hombre en zazen. Y los “ojos” de uno fueron los ojos del otro. Y no hubo ventana entre el limón y el discípulo. El limón se expandía en el vientre del hombre y el hombre acunaba la fruta en su seno. Por unos instantes sin tiempo, el discípulo comprendió algo que debía ser olvidado y no atesorado y le invadió una inmensa alegría. Pero no movió su postura. Sólo dijo “mu” en un susurro. El viento movió suavemente al limón, como si asintiera. El discípulo sonrió. La mañana sonrió. Por un segundo de plenitud el mundo fue un segundo mejor, más justo y más acogedor. Luego, de inmediato, todo volvió a su naturaleza. Alguien hizo sonar los maderos.

El discípulo miró sorprendido hacia la sala. Todos los cuadrados pardos o negros estaban ocupados por hombres y mujeres. Echó un vistazo rápido al reloj. Ese par de minutos escasos que él creía haber vivido en su cita inesperada con el limón, eran en realidad casi cuarenta y cinco del cómputo normal. Una primera campanada le sacó de su asombro satisfecho. Volvió a acomodarse en el zafu y las rodillas le recordaron dolorosamente que las había olvidado. El limón volvía a ser un limón y el discípulo un hombre maduro con la rodilla lesionada empeñado en hacer zazen.

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1 diciembre 2010 3 01 /12 /diciembre /2010 19:36

El sol poniente planeaba sobre las aguas del Mediterráneo como un surfista cósmico en el universo estrellado. Hacía años que ya nadie surcaba aquellas aguas plácidas y moribundas excepto alguna chalupa a vela que navegaba en un aura de desánimo y obstinación. Por eso cuando la joven Cristina se asomó a la ventana del ruinoso edificio de apartamentos playeros y escrutó la candente puesta de sol no pudo evitar emitir un desmayado gritito de sorpresa. Se restregó los ojos legañosos y cogió los binoculares que alguien había olvidado llevarse. Enfocó desmañadamente el áureo espejo deslumbrante y tras unos segundos de afanosa búsqueda dio con ello.

--¿Será posible?--apartó los prismáticos de la cara y se volvió hacia el sombrío interior del piso--Oye tu, ven un momento.

La contestó un gruñido masculino y el inevitable, "¿Qué pasa? Algunos intentamos dormir, tía."

Ella golpeó el suelo con el pie desnudo en un gesto de irritación.

--Vamos, venid alguno. Ahí fuera está pasando algo.--y con un deje de amabilidad--ven tu, Sergio. Tu aún tienes buena vista.

Otra voz masculina, con cierto aflautamiento juvenil, inquirió con un eco adormilado: "¿no puedes contármelo luego, Cristina, ha sido una noche muy dura"

--No. !Por favor! Venid alguno, esto es importante. Y se va a marchar…

La última expresión tuvo un efecto casi perceptible para la muchacha, como una congelación del desmañado aire de derrota y claudicación que se respiraba en toda la casa, como si algo se rasgara y palpitara a su través un interés nuevo, vital. Se oyeron movimientos de ropa y jergones y unos confusos golpes de cuerpos y enseres o muebles o trastos. Dos hombres jóvenes, desgarbados, delgados como supervivientes de un holocausto imposible, con las greñas hirsutas, ligeramente barbados y los ojos muy abiertos entre el miedo y la expectación irrumpieron en la habitación.

--¿Qué? ¿Que es lo que se va a marchar?"--dijo uno; el otro asintió taciturno.

Ella lanzó el delgado brazo moreno hacia le ventana, como una flecha de carne trémula.

-- Allí, desde la ventana, en el mar.

Los chicos se asomaron y parpadearon furiosamente, cegados por el relumbre de oro fundido que les lanzaba el rizado mar.

--¿Dónde? ¿Donde? -inquirió, con impaciencia, el más alto--

El otro joven, un poco más bajo y fornido, miró en silencio y al momento musitó:

--Ah, allí está…

--¿Qué? No veo nada con este maldito sol. Aunque, maldita sea, ya lo veo…

--¿Qué es?

--Un enorme pez--dijo ella con una sonrisa casi feliz.

--O un submarino. Es gris, como de acero y se está sumergiendo.--dijo el más alto.

--Es una ballena…--susurró el otro con una expresión de alelada felicidad.

--Oh, no me creo eso. Quizá sea una ballena, pero será el cadáver de una ballena.--masculló el alto.

La muchacha congeló su sonrisa y miró con reproche al que había hablado.

--Hace muchos años que no veo ningún pez… y menos tan grande. Desde la extinción…--dijo en voz baja con expresión compungida.

-- Bajemos a la playa, la corriente no tardará en traerlo a la orilla.--dijo el alto con voz resuelta.

--No vendrá--dijo el otro.

--¿Por qué, Sergio? Aquí la corriente es fuerte--desafió el alto lanzando una mirada combativa y poco amistosa a su compañero.

Sergio no dijo nada, aparentemente indiferente al tono agresivo del otro, se limitó a señalar, casi con un gesto aburrido, hacia el mar: "Mira" Y mientras los tres jóvenes volvían a asomarse la ventana, a lo lejos un trazo plateado, un hilillo vertical deshilachado en la lejanía, partió de la confusa sombra de la presunta ballena y una especie de grito gutural sordo de tonalidad desconocida fue reverberando por las aguas y llenó el silencio agobiante del mundo cercano, un mundo sin ecos donde hacía muchos, demasiados años, ninguno de los jóvenes había escuchado un sonido animal que no fueran sus propias voces.

--Está viva…--musitó, con una sonrisa asombrada y feliz la muchacha.

--Bajemos a verla--gritó el joven alto y huesudo.

--Quizá algo esté empezando a cambiar…--dijo Sergio, con los ojos húmedos y un ligero temblor en los labios resecos.

--Ojalá todo vuelva a ser como antes--dijo la muchacha con un hilo de voz.

Sergio miró compasivo a la chica.

--No. Ojalá nada vuelva a ser como antes.

 

 

na p
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30 noviembre 2010 2 30 /11 /noviembre /2010 14:38

 

krishnamurti.gifDesde Platón, Sófocles o Ciceron, pasando por Krishnamurti o Pascal, Séneca, Ortega, Sartre o Unamuno, los pensadores más conspicuos de todos los siglos han glosado la búsqueda de la felicidad como una de las vocaciones esenciales del ser humano. Los budistas, en su óctuple noble sendero, parten de la zona contraria, el sufrimiento, pero allá en la zona de sombras siempre está la lucecita de la felicidad como un bien esporádico y apreciable pero no perseguible. Los filosofía árabe es certera: la felicidad es una sombra que huye de ti con la misma porfía con que la persigues (tendiendo la mano hacia los estoicos y los cínicos griegos).

Por lo tanto, el hombre sabio tiende a no tenerla como objetivo máximo, la mira como al desgaire, de hurtadillas, la celebra cuando viene y procura no asustarla apegándose a ella. La felicidad es una dama esquiva.

Y empieza siéndolo en sus propios límites definitorios. ¿Qué es la felicidad? Obtendrá usted tantas respuestas como sujetos a los que haga la pregunta. Para unos la felicidad será un estado de ánimo definido por el tener, para otros por el ser, los de allí pondrán el peso en una determinada persona (que es otra forma del tener) y los de allá en la ausencia de un concreto mal que los persigue. Pero sean los que sean los objetos externos, en todos los aspectos que dilucidemos hay una esencia permanente: es el mecanismo, la naturaleza interior de la felicidad: un combinado de alegría, serenidad y paz, exultante energía a veces y otras un bienestar difuso y calmado que suele presentar un sabor común: el de plenitud (pasajera pero evidente).

Se trata, resumamos, de un objetivo casi impreso en la carga genética del ser humano. Algo por alcanzar, que se disfruta efímeramente y que siempre tiene una caducidad cierta y un regusto de posibilidades futuras.

No puedes exigir la presencia de la felicidad en tu vida, como si fuera un derecho o la consecuencia automática de una determinado programa (lo cual exige suficiente equilibrio personal y algo de sabiduría –no confundir con conocimientos-) y más bien debes atender a una actitud básica: la felicidad es asequible al que vive en función del ser y no del tener, al que goza de un estar-en-el-mundo realista y a la vez imaginativo, al que ha diversificado su foco de interés a muchas más cosas que trabajar y aparentar, al que vibra con las cosas sencillas que hacen bella e interesante la vida. Y, sobre todo, al que es capaz de comprender la importancia del amor y de la amistad (otra forma de amor) en la gestión de cualquier proyecto personal de existencia.

Y ahí tocamos un punto importante: ¿tiene usted un proyecto personal de vida? ¿Tiene claras sus prioridades? Porque la felicidad siempre es el resultado de una suma de elementos, de vectores que integran su vida cotidiana. ¿Hace un esfuerzo consciente por apreciar y valorar todo lo bueno con que se tropieza? ¿Está demasiado pre-ocupado por sus carencias y presuntas necesidades? Si tuviera que decidir entre las palabras “satisfecho” o “insatisfecho” en un test urgente sobre su estado de ánimo, ¿qué diría? ¿Sabe que si su respuesta es la negativa, es imposible que la felicidad se acerque a usted o que si se acerca, la sepa reconocer?

Todos tenemos una sombra, casi siempre plural, que se esconde en el fondo de nuestra psique. Es un ente conflictivo, larvado pero que se activa con celeridad y eficacia devastadora. Suele anclarse en nuestro pasado más remoto y permanece enquistado durante décadas…hasta que es superado por la propia maduración existencial o por terapias adecuadas. La felicidad es un estado de ánimo con una dependencia estructural de la acción operativa de esa sombra. Pero puede acercarse a nosotros si sabemos atenderla y tiene un efecto disipador de lo negativo mientras está a nuestro lado.

Por tanto, no se lo piense demasiado, abra los ojos y mire a su alrededor. Según sea su mirada, según interprete lo que ve, estará abriéndole una ventana a la felicidad. Vale la pena.

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30 noviembre 2010 2 30 /11 /noviembre /2010 11:48

 

No se trata de una novela del genial humorista inglés P.G. Wodehouse (que más bien sería Wooster y no Webster), ni de una novela pseudo gótica de Tom Sharpe con Wilt de protagonista, aunque está más cerca de este autor inglés enamorado de España que de Gerald Brenan, el monacal y vitalista escritor fascinado por las Alpujarras y autor de “El Laberinto español” y “Al sur de Granada”. Pues bien, hablamos de Jason Webster, americano de padres británicos que comparte muchas de las características vitales de Brenan, vida más o menos aventurera, locura permanente por España y lo español, y la decisión heroica de romper con todo lo propio y echar raíces en cualquier rincón de la piel de toro embarcado en una existencia simple, natural y edénica.

Jason Webster es angloamericano, tiene 40 años y el espíritu iconoclasta y lanzado al exterior de tantos otros escritores y aventureros británicos, siempre fieles a sí mismos en cualquier circunstancia pero también capaces de asimilar e involucrarse en experiencias en el polo opuesto de su propia tradición vital y salir indemnes de la prueba.

La novela que nos ocupa “Duende” (Los libros del lince, 2010) fue ya publicada hace siete años, se refiere a las andanza s de un joven inglés por una España de los ochenta o noventa, aunque sigue teniendo una cierta actualidad, pese a que los tópicos y clichés sobre España y los españoles chirríen en algún momento por su engañosa simplicidad. La aventura vital del joven en su busca del grial flamenco, el “duende”, sus amores y desencuentros, su fascinación por el baile y el cante “hondo” y por el arte de la guitarra, forman el mejor sustrato de esta novela irregular que tiene un aspecto muy positivo: atrapa al lector en las peripecias del “Guiri” y en la fauna humana que le rodea, la gitanería y sus códigos y la narración de un aprendizaje vital con muchos significados.

Buscarle semejanzas con Brenan, como he leído en algunos artículos, es buscarle tres pies al gato. Ni Brenan, ni Paul Preston, ni Ian Gibson, ni Hugh Thomas. Ni siquiera George Borrow (conocido como “Jorgito el inglés”), son comparables a Webster (aunque este, muy en la tradición de británicos hispanizados, también se ha ocupado de la guerra civil española). Sin embargo la feroz actitud vitalista, hedonista a veces y melancólica también, acerca a Jason Webster al imaginario español. He seguido con interés la carrera de este autor y me interesó su “La montaña sagrada”, la historia de su búsqueda de un Sangri.la particular en el Maeztrazgo, que recuerda a veces el empuje casi visionario de un H.Thoreau y su “Walden”.

“Duende” circula con bastante soltura en el filo de la navaja entre el tópico y un extraño road movie urbanita y racial. La España que cuenta como escenario de sus aventuras, da cobijo a esa oculta corriente embravecida de su amor por el misterio de la raza (española en general y gitana en particular). En el resto de Europa o Estados Unidos podría ser leída como una novela-documento sobre una determinada y tópica España, que nos es familiar, pero más coincidente con la visión estereotipada que tiene muchos extranjeros, principalmente los anglosajones, de nosotros. Webster refleja eso bastante bien en su descripción de las subculturas de las colonias de extranjeros residentes en España y su sentido de ghetto inverso. Los gitanos, el flamenco, los toros, la “manera de ser” curiosa y exótica de los españoles, la droga y el sexo, son los elementos clave de esta historia. Pero en sus ramificaciones de sentimientos, ya sea el amor “fou” del protagonista por Lola, la mujer de su jefe, o el ambivalente y poco explicado afecto intenso por el gitano ladrón Jesús, cojea un poco, le falta profundidad.

Entre el “Nota”, el entrañable personaje de “El gran Lebowsky” de los Hermanos Cohen, y un pícaro de las “Novelas ejemplares” de Cervantes o un hidalgo pobre de Quevedo, Jason Webster, nos cuenta una historia más o menos verosímil que tiene una cualidad importante: te empuja constantemente a seguir con ella hasta el final. Y eso es mucho.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

Nullediesinelinea.over-blog.es

 

 

FICHA:

Duende” (A Journey into the Hearth of Flamenco).- Jason Webster.- Trd. Luis Murillo.

Editorial Los libros del lince, Barcelona 2010. 317 páginas.

 

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29 noviembre 2010 1 29 /11 /noviembre /2010 14:00

Unos grandes nubarrones negros navegaban veloces por encima de la esbelta torre de la Iglesia del pueblo, ensombreciendo la ordenada geometría de los olivos y los sembrados de la vega del Matarraña hacia los Puertos de Beceite. No habían dado las doce en el venerable campanario de la Torre del Compte cuando mi amigo, casi hermano, Jordi Delaseba, apareció por mi casa con el habitual aspecto desaliñado y provocador y rezongando. "Dame asilo, hermano, vengo repleto de vergüenza ajena por mi pobre y amada Cataluña".

--He votado en blanco –espetó cuando hubo liquidado el café y pirateado mi caja de puros -- ¿Has seguido la campaña electoral catalana, por llamarla de algún modo? Pues bien, han sido una reedición de las elecciones inglesas de chascarrillo que Dickens describe en sus Papeles póstumos del Club Pickwick. No sólo un escándalo, sino lo que es peor, un ridículo escándalo."

--Vamos, Jordi, no será para tanto.-traté de mediar.

--Peor. Por primera vez en mi vida de ente democrático, he votado en blanco. Censura total a toda la clase política. Todo empezó con un vídeo vergonzante de Montserrat Nebrera, de Alternativa de Gobierno. Se trata de un vídeo pseudo pornográfico para denunciar que las acciones del tripartito catalán eran pura pornografía de corrupciones y falta de coherencia y eficacia en la gestión. Aparecía la profesora de Derecho Constitucional, rodeada de un atrezzo de ropa interior por suelos y lecho y enfundadas sus carnes aún jóvenes en una toalla que solo dejaba ver sus hombros desnudos. ¿Qué pretende decirnos la ex diputada del PP? ¿Qué la vida política catalana es poco menos que un burdel? Pero si es así, ¿por qué interviene en ella y además como protagonista? ¿Es una promesa, como la de aquella aspirante italiana a las elecciones que prometía un buen revolcón a sortear entre sus votantes?

Pues bien, tras ese vodevil interruptus de la Nebrera, los socialistas se destapan con una joven de buen ver que se marca un orgasmo, --a la manera de la Meg Ryan en una secuencia de Cuando Harry encontró a Sally, en la que mostraba a un confuso Billy Cristal cómo fingen los orgasmos las mujeres, cuando desean hacerlo--. Mientras introduce una papeleta de voto en una urna, gime como una posesa. ¿Cuál es el mensaje? ¿Qué hay fraude en el voto socialista como lo hay en ese orgasmo? ¿Que las militantes socialistas están tan faltas de ‘calor humano’ que escogen cualquier ocasión "similar" para satisfacerse? ¿Que más vale un coitus democraticus que la sequedad del tripartito? Dickens hubiera enrojecido hasta las orejas si hubiese vivido esto.

Mi amigo Jordi se mostraba sinceramente compungido. "Dame asilo permanente en tu paraíso matarrañense, hermano", musitó. Y añadió: "no se me iban a ahorrar otros motivos de vergüenza ajena. Esta vez a través de CiU. A la chabacanería explosiva de los anteriores "spots", los de CiU proponían un mensaje de una tosquedad inaudita, una manipulación desvergonzada: un individuo con antifaz y embutido en un mapa de España que le robaba la cartera a un ciudadano y salía corriendo hasta que era detenido. A continuación un mensaje en catalán: "aturem l’espoli" y la guindilla: "redecora el teu país". Genial. Los de CiU deberían saber detener el expolio de sus propios excesos, los históricos y los recientes. En cuanto a redecorar el país, no por favor, intenten arreglarlo, que funcione, no "redecorarlo". Hoy muchos catalanes se sienten expoliados y no precisamente por una fantasmal y ridícula España de plástico y antifaz.

Para terminar –mi amigo se había hundido en el sillón—los del PP han tenido la "brillante" idea de lanzar al ruedo –y perdona la imagen, no es políticamente correcta en mi tierra- - un spot en forma de videojuego donde Alicia "Croft" Sánchez Camacho (cabeza de lista del PP), montada en una gaviota -como el protagonista de la Historia Interminable en un perro-, vuela mientras se dedica a eliminar inmigrantes ilegales lanzándoles bombillas, metáfora de ideas supongo, (algo que brilla también, pero su ausencia, en esta campaña). El juego, además de torpe y surrealista, es de una inhumanidad flagrante."

Con la voz quebrada añadió: "¿Comprendes por qué he votado en blanco? Hay una enorme falta de respeto hacia el ciudadano. Nos chulean el voto. Y no me gusta, Porque además estamos pagando también la cama."

 

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22 noviembre 2010 1 22 /11 /noviembre /2010 16:03

El rio Tastavins nace en los Puertos de Beceite y es un afluente del Matarraña. Hace veinte años era un río de caudal liviano pero ahora apenas rebasa la  categoría de un riachuelo ocasional e irregular que, no obstante, lleva su cauce pedregoso y semiseco por unos parajes de belleza sorprendente, supera los abruptos relieves de Peñarroya, rodea las estribaciones de la sierra de la Molinera, se asoma a Ráfales y baja por bosques y terrazas de cultivos mediterráneos donde quizá sembraron los iberos ancestrales y cultivaron árabes, romanos e hispanos de toda procedencia. En esas tierras turolenses de la comarca del Matarraña, frontera a las tierras catalanas del Ebro, la vida religiosa ha sido tan omnipresente que su fervor se ha materializado en ermitas, conventos y lugares sagrados, desperdigados por todos los lugares de la esa tierra  aragonesa.

En el término de Fórnoles, cabe la N-232 que lleva de Alcañiz a Castellón, se levanta el antiguo Santuario de Nuestra Señora de Montserrate, que hoy se concoe como ermita de Santa Mónica. Pues bien, desde Fórnoles a esta ermita transcurre un camino pedregoso, de poco desnivel, pero sereno, silencioso, solitario y hermoso. En apenas  hora y media se puede andar sosegadamentePICT8594.JPG por él entre pinos, carrascas, algún roble, olivares, almendros y tierras de labor, entre el piar  de los pájaros y quizá el viento susurrando sobre las ramas de los centenarios y retorcidos olivos. En Santa Mónica nos esperará un conjunto asombroso de cipreses entre los que hay ejemplares de varios centenares de años y de un grosor y altura espectaculares, más de 30 metros alguno (catalogado por el Gobierno de Aragón como conjunto singular y la ermita de interés cultural desde 1983)).

Hay que ir a buscar el camino tras abandonar Fórnoles por la carretera que lleva a Alcañiz, dejando el pueblo en lo alto, como un  telón magnífico de fondo. En un recodo de la pista descendente y señalado por un cartel, comienza el sendero, convenientemente balizado, con una discreta subida empedrada entre olivos y campos de cultivo.

Pero la singularidad de este sendero, casi una calzada empedrada se basa, como diría Cavafis,  el poeta de Camino a Itaca, tanto en el propio camino como en su destino. Durante muchos tramos del sendero, el caminante va pisando piedras pulimentadas y guijarros enlazados, entre bordes y muretes de venerable antiguedad, como si anduviera un camino medieval o incluso anterior, celta o iber, limitando o rodeando árboles de una presencia extraordinaria, quizá motivo de culto para aquellos pueblos tan intimamente relacionados con la Naturaleza.

Es pues un paseo por la historia remota de esta tierras y sus habitantes. La fuerza de estos lugares  es tal que una persona sensible podría, cerrando los ojos, bajo un sol otoñal, rememorar en el silencio cálido otras historias y otras presencias, algo mágico para el paseante y un verdadero regalo para el montañero que esté conociendo y aprendiendo a amar estas tierras.

El conjunto monástico que da nombre al santuario, tiene su origen en la Edad Media, a partir de una causa legendaria (como tantas otras que generaron el asombro y el fervor religios de las sencillas gentes de esas épocas)  : la aparición en el siglo XIII de la imagen de una Virgen Negra a un pastor sobre las ramas de un enebro. El pastor la llevó a su pueblo, Fórnoles, y por dos veces la imagen desapareció y volvió a aparecer en el sitio donde fue hallada. El pueblo de Fórnoles decidió erigir una ermita en ese lugar. Ya en el siglo XIV la ermita se convertiría en santuario, a tenor de la devoción y consiguiente  apoyo económico del pueblo, incluyendo dependencias monásticas y de autoabastecimiento como era norma en la época con los monasterior florecientes, es decir,hospedería, panadería, horno, establos, granja y alfarería. Se plantaron 33 cipreses, la edad de Cristo, y se amuralló el conjunto de dependencias con la ermita. Actualmente se mantiene todo el conjunto en buen estado y las gentes de los lugares cercanos acuden en romería la segundo domingo de mayo. Desgraciadamente no pudimos entrar en el conjunto monástico y visitar la iglesia. Una plancha de hierro ciega la puerta principal y solo puede visitarse al parecer en la época de la romería.

Sin embargo, aun queda el placer del regreso a Fórnoles por una calzada donde con un poco de imaginación  aún resuenan los cascos de las caballerías de las órdenes armadas que dominaron la zona, el temple o los calatravos, el gemir de las carretas de ruedas de madera y el paso sosegado y paciente de los ganados de cabras, ovejas o borregos. Es un auténtico regalo para los sentidos.

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19 noviembre 2010 5 19 /11 /noviembre /2010 18:04

200px-TMertonStudy.jpg"El zen y los pájaros del deseo", publicado por Kairós, es una de las obras clave del trapense norteamericano Thomas Merton, cuyos esfuerzos por acercar el cristianismo al budismo fueron claves para que enraizara la disciplina zen en Europa y Estados Unidos y se convirtió casi en un icono cultural para la llamada "revolución de las flores" de los años sesenta. Merton, cuyo nombre de sacerdote catolico, era padre Luís, murió en 1968 en Bangkok, de un accidente, mientras asistía a un congreso entre pensadores budistas y cristianos. Nacido en Prades, Francia (1915) de padre norteamericano, durante la primera guerra mundial, Merton se hizo monje trapense en 1941 e ingresó en el Monasterio de Nuestra Señora de Getsemani (Kentucky), fue profesor  universitario y con su obra autobiográfica "La montaña de los siete círculos" 1948), su primera obra, logró un éxito extraordinario y se convirtió en un referente en el ensayo religioso y la poesía.

He releido esta recopilación de trabajos sobre el zen con un interés redoblado no sólo por el atractivo que para mi tiene la disciplina espiritual que tan bien supo tratar este monje poeta, sino por refrescar la interesantísima y cordial relación que Merton sostuvo con uno de los más reputados maestros teóricos del zen, Daisetz T. Suzuki, un contemplativo japonés respetado por su magna obra. La no siempre comprendida relación entre el cristianismo y el budismo zen es explicitada en estas páginas que atraen por igual al creyente con mentalidad abierta que al simple estudioso de la espiritualidad, en cualquiera de sus formas, como es el caso de quien esto escribe. Así, aunque el lector no se considere una persona religiosa, la dialéctica entre las formas místicas del cristianismo (no siempre aprobadas por la jerarquía religiosa y a veces rechazadas o incluso anatematizadas) y la sencilla, intuitiva y directa experiencia zen, se perfilan como una fascinante sincronía espiritual en sus manifestaciones más extremas, es decir las que suponen la iluminación, el nirvana o la llamada experiencia trascdendetal.

Aunque Merton se muestra muy cauto en ver excesivas similitudes o una igualdad básica entre, por ejemplo las experiencias de un maestro Eckhart , una Santa Teresa, Tauler o los Padres de Capadocia y Alejandría frente a los maestros zen y sus descripciones del satori o iluminación subita,  lo cierto es que hay un parecido innegable y lo que es más importante, entre sus formas de entender la existencia y ejercer su espiritualidad en la vida cotidiana.

Inmerso en una época donde la espiritualidad parece llegar a l pueblo al margen de las iglesias, las jerarquías y las órdenes religiosas (los "felices sesenta") y toma la forma pánica del amor a la naturaleza y la glorificación del amor físico, Merton advierte muy poéticamente de que el zen no es el invento pasota de la generación "hippy", y para ello crea la metáfora de los  "pájaros del deseo". En el prólogo de su obra dice: "Allí donde se alborota en torno a la 'espiritualidad', la 'iluminación'...a menudo no hay más que buitres bajando sobre un cadáver...un zen practicado como una ganancia de algo...enriquece a los pájaros del deseo. El Zen nada enriquece...las aves `pueden venir y volar en círculo en torno a ese cadáver...Cuando ya no están, aparece de pronto la nada...esta es el Zen. Lo que no ha cesado de estar allí, todo el tiempo. Sin que se apercibieran las aves devoradoras de carroña, no es el tipo de presa que ellas codician". 

El libro nos presenta el zen como disciplina, con un corpus teórico completamente poético y literario, de una simplicidad directa, "de mente a mente", "de corazón a corazón", al margen de todas linea magistral o teórica, enraizado en la vida cotidiana, rebelde a toda sistematización o estructura religiosa, de alguna manera   al margen del concepto de Dios como es compartido por todas las religiones del mundo, abocado a ir más allá de las palabras, más allá de las ideas y los conceptos y por supuesto más allá de las creencias. Es la soledad del individuo abocado a sentirse inmerso en la nada, en el vacío primordial donde todo nace. Es una sacudida prodigiosa a una visión del mundo basada en el ego de cada uno, separado del resto del mundo y dependiente de un dios que nos juzga y nos premia o nos condena. El zen busca la desnudez total del espíritu, para hacer en primer lugar un viaje hacia dentro que nos lleva a la nada y uno hacia fuera que nos hace partícipes de todo,  hasta que se llega a un punto donde no hay dentro ni fuera. En ese momento inenarrable el zen ha cumplido su cometido y uno puede prescindir de él. Y lo curioso es que para ello no exige el abandono del mundo, de las responsabilidades, de la vida cotidiana. Al contrario, el camino del zen es un camino normal, sencillo, abierto y comprometido con uno mismo y con los  -y lo- demás. Es llegar a ese estado que T.S. Eliot llamó "el punto inmóvil del mundo giratorio".

El hombre que llega a ese punto goza de "la despreocupada libertad de ser simplemente lo que es, aceptando las cosas tal como son, con el objeto de obrar en ellas lo mejor que pueda". Y para llegar a ese punto el Zen proporciona una forma de vivir especial, muy libre, ya que se ocupa de la vida misma, no de ideas sobre la vida y menos aún de plataformas partidarias en terreno político, religioso, científico o cualquier otro.

En el libro uno conoce la vida y la obra del gran Suzuki, las geniales interpretaciones sobre la estructura básica del conciencia del filósofo japonés Kitaro Nishida, el análisis de las llamadas experiencias trascendentales y del nirvana o iluminación búdica,  y acaba con un revelador diálogo de escritos entre Suzuki y Merton sobre la sabiduría del vacío, sostenido en la primavera de 1959, en el que ambos pensadores escriben sobre la obras de los Padres del desierto y la de los maestros Zen que analizan el tema.

A pesar de ser una recopilación de trabajos aparecidos en fechas distintas en diversos medios, el libro guarda una coherencia brillante y para el lector es una fiesta intelectual y espiritual. La editorial Kairós publicó la primera edición en castellano en 1972 y desde entonces no ha dejado de reeditarlo. (He trabajado sobre una edición de 1994). Por algo será.

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15 noviembre 2010 1 15 /11 /noviembre /2010 17:23

En abril del año 95 del pasado siglo (me divierte jugar con el paso de los siglos, quizá porque vivo en una casa construida sobre cimientos y murallas del siglo XV, junto a una iglesia del XIV, bajo la advocación de un escritor del XVI y en unas tierras tan antiguamente pobladas que hay restos iberos por todos lados) comencé a escribir un ensayo sobre budismo zen bajo la óptica del psicoanálisis junguiano. Lo llamé "La flecha sin blanco" y negociaba con  Pániker su posible publicación en Editorial Kairós, que estaba publicando con éxito las obras de mi maestro "in cuore" Taizé Deshimaru, el enérgico introductor del zen soto en Europa. Ya hacía más de diez años que practicaba zen bajo la mirada compasiva y divertida de una monja católica, Berta Meneses, que había recibido recientemente la maestría zen.

Cuando tenía escritas las dos terceras partes del libro, me retiré silenciosamente del proyecto. Cerré las carpetas y pasé a otras ocupaciones, una novela, la critica literaria y el ejercicio profesional en asuntos de politica internacional. ¿Qué había pasado? Hasta ahora no había "desenterrado" las complejas páginas de aquél ensayo y había tratado (muy explicable desde un punto de vista analítico, el reflejo de aquello de "cuchara de palo en casa del herrero") de enterrarlo en el subconsciente. Justo de ahí he sacado estas líneas. Del inconsciente,  terreno de caza del psicoanalista, pero también del poeta o del novelista, donde residen muchas veces la resolución de las contradicciones o la superación de las paradojas, terreno donde no sólo hacen falta ojos para ver, sino conciencia para mirar y humildad para reconocer.

En el prólogo del libro, encabezándolo, había una cita de Carl Gustav Jung, el controvertido pero brillante discípulo "traidor" de Freud. Decía así: "Mis obras...son expresión de mi evolución interior". Por supuesto cuando la escribí estaba impulsado por el daimon de la escritura, que puede llevarte al exito pero también a un fracaso total (y esos dos estados son intercambiables y están tan unidos. inextricablemente, como en el círculo taoísta lo están el ying y el yang) y, sobre todo, a mis ojos de quince años después, es el dictamen psicológico más exacto, el más exasperante diagnóstico lanzado al futuro y comprensible solo en el futuro, del hombre que escribía el libro y aún no sabía que iba a fracasar én el empeño.

Ya que si mi obra, esta obra, debía ser la expresión de mi evolución interior, no podía, ni debía, terminarse en esa época de mi vida. Ya que para escribir una obra zen (no sobre el zen) uno debe mostrar en ella ese estado evolutivo que, ahora lo he entendido, en mí no estaba a la altura del motivo central, del zen como forma de vida, como paradigma de pensamiento y conducta. Sin duda por esa razón, inconsciente, no elaborada, di carpetazo al proyecto, a pesar de estar muy adelantado y casi comprometido con Kairós.

¿Llegué en algún momento a ser consciente de la auténtica razón que se escondía bajo pretextos de mucho trabajo, exceso de responsabilidad, una cierta "humildad" en definitiva? Creo que no. Releyendo el trabajo me percato de la fria erudición que desprende, de una poco disculpable ligereza y, sobre todo, de una disimulada prepotencia que dejaba entrever unos logros espirituales que eran, quiza no lo sabía pero lo intuía, pura imaginación vicaria, traslación literaria pero impostada de otros logros espirituales, esos auténticos, que florecen en muchos textos del maestro Eckhart, Deshimaru, Krishnamurti, Merton...

Han pasado quince años y releo las páginas amarillentas de mi original, lleno de citas, de filosofía, de hallazgos y metáforas literarias, de una cierta poesía...pero con la clamorosa ausencia del espíritu zen, sea lo que fuere tal cosa, no definible, pero sí reconocible. Pura paradoja existencial que requiere una humildad absoluta y una osadía sin límites. Tratar de comunicar lo inefable. Una tarea condenada al fracaso y sólo en pocas ocasiones al fracaso (en último término toda obra que trata de explicar el zen, es un fracaso) y  a la realización.

Quizá sea el momento de volver a ese texto, reformarlo, pulirlo, librarlo de la hojarasca erudita, de la pretenciosidad...tal como el arquero zen lanza su flecha... sin pensar en obtener el triunfo, el blanco, pendiente tan solo de la tensión justa del arco y apenas del liviano peso de la flecha, absorto en que el cuerpo se ajuste a la postura correcta, en que se sitúa donde debe estar y reciba del corazón la indicación insoslayable en el momento correcto: suélta la flecha  y si lo has hecho todo como es preciso, la flecha dará en el blanco (aunque no acierte al blanco). ¿Obtuso? ¿Un texto surrealista? No, esto es el zen. Hay que leer más allá de las líneas. De mi espíritu a tu espíritu. Directamente.

 

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12 noviembre 2010 5 12 /11 /noviembre /2010 16:11

PICT8470.JPG Y es un lugar común en el mundo de la literatura perderse por los cerros de Úbeda (mejor de La Mancha en este caso) en la cuestión de cuál fue en realidad la patria del buen Alonso Quijano, bien llamado por la posteridad, Don Quijote. Desde Argamasilla del Alba hasta las cercanías a la Sanabria o en los aledaños de Zamora, los sabios discuten y proyectan sus propias sinrazones en buscar una razón que justifique razonablemente la razón de ser del lugar quijotesco (y perdonen el juego de palabras aliterativo), muy al gusto de quien creó todo este lío, el gran don Miguel. Y es que Cervantes se cuidó muy mucho -de forma intuitiva- de revelar tal extremo (el del lugar donde "nació" don Quijote -que bien claro está para quien quiera entender: nació en la mente de un escritor-soldado, aventurero y desdichado llamado Miguel de Cervantes-) pero fue dejando aquí y allá datos "casuales" que harían como él mismo predijo que "ciudades y naciones se disputaran en el futuro por ser la patria de tan afamado y preclaro caballero".

Pues bien, estoy en condiciones de echar mi cuarto de espadas a la trifulca: la patria de don Quijote está en un pueblo o lugar del Matarraña, comarca del bajo Aragón, de cuyo nombre si quiero acordarme: La Portellada.

Hay en las cercanías de este recoleto pueblo, recogido como un rebaño de casitas en torno a la torre de la iglesia, ubicado en el centro de un valle en forma de L, rodeado por montañas de relieve suave cubiertas de pinos, carrascas y nogales, una colina en cuya cima se ha aposentado una vieja ermita del siglo XVII consagrada, ya es ilustrativo, a san Miguel. Junto a la ermita los vecinos del lugar han creado un lugar de esparcimiento y recreo, jugando creativamente con elementos decorativos muy originales: grandes tocones de árboles como asientos, cuerdas de grosor enorme como nexos de unión de columnas en porticada, adornadas con piedras de río, todo limpio y recogido como en pocos lugares he visto.

Pues bien, en ese lugar apacible, se han puesto a modo de ancestral juguete infantil, dos grandes caballos de madera, fijos al suelo, uno rígido y otro en balancín, realizados con maestría ancestral y rudimentaria. De pronto, al encontrarme de súbito con el más sencillo y efectivo de ellos, dióme la mente un nombre y una situación que encajaba en el momento como una llave en la cerradura: "he aquí el caballo Clavileño, "el Aligero", sobre cuyo lomo de madera, de forma harto mágica para ellos,don Quijote y Sancho Panza surcaron los cielos en pos del gigante Malambruno cuyas malas artes encantaron a la dueña Dolorida y sus otras acompañantes, dueñas todas en el Palacio del rey, proporcionándoles a todas unas muy pobladas barbas".

Se trataba, recordarán ustedes, del famoso episodio del capítulo XLI de la parte segunda de "El Quijote", el viaje a lomos del caballo Clavileño, en realidad una burla más de los Duques, esos abochornantes nobles que dedican su tiempo y dinero a buscar argumentos para reirse de la credulidad del buen caballero y su escudero, inocentes pero no lerdos, que logran hacer de los nobles y toda su parafernalia únicos depositarios del ridículo y el rechazo.

Pues bien, ahí tienen ustedes una foto del bueno de "Clavileño", llamado así como explica la dueña Dolorida, porque lleva en la frente una clavija para ponerlo en marcha y está hecho de puro leño, "Clavi (ja)-Leño". Salvando ucronías y en uso de un juguetón sentido de la  llamada erudición cervantina, podríamos proponer La Portellada como posible patria de don Quijote, habida cuenta además del amor que sentía Cervantes -y por ende- don Quijote, por las tierras aragonesas, que transitó a modo en la Primera Parte de la novela, cultivando algunas amistades y buenos recuerdos.

Cervantes, aventuro, debió pasar por estas tierras en sus épocas de recaudador de impuestos y quedaría sin duda fascinado por la agreste belleza de estos lugares, moraría de paso en algunos de los sitios poblados, aldeas o pueblos de mayor enjundia, Valderrobres quizá, y al pasar por La Portellada visitaría la ermita de su nombre, como buen cristiano viejo que era, (permítanme la ucronía, la ermita tiene constancia documental de 1766, por lo que el escritor que murió en 1616, mal pudo estar allí, pero si non e vero e ben trobatto) y allí tal vez columbrara el  caballo de madera y acercándose a verlo diera en la invención de la broma y riera complacido de las razones de Sancho, tan llenas de sentido, y de la credulidad interesada de don Quijote "si yo creo en tus visiones desde Clavileño, Sancho, habrás de creer tu en las mias de la cueva de Montesinos, y no digo más". De igual manera yo pido la complicidad del lector.

Lo cierto es que la ermita, construida de mampostería y piedra de sillería, de planta de una sola nave y un interior de bóveda de medio cañón, debe su existencia a un vecino de la localidad,don Miguel de Vilarroya, 

cuando aún era solo un barrio pedáneo de la cercana localidad de La Fresneda, que la mandó construir en pago a algún favor celestial.  Junto a ella está la vivienda del ermitaño, que debía tocar las campanas en horas debidas y sostuvo la tradición hasta bien entrados los años 60 del pasado siglo. La ermita está cargada de historia y ha llevado una existencia azarosa y difícil hasta convertirse en el actual idílico lugar de recreo (hospital de sangre, de cuarentena durante la epidemia de cólera de 1885 y prácticamente en ruinas tras la guerra civil, hasta ser remozada a partir de los 70 y los 80). Pero a pesar de tanta historia o justamente por ella y sobre todo por el lugar raparador en el que se encuentra y el cuidado con que se mantiene, vale la pena visitarla y vivirla un buen rato, en el silencio y la paz.

Ahora además está Clavileño...y la sombra de don Quijote, quizá apócrifa, pero ¿no son imaginarias casi todas las maravillas que la literatura nos depara?  

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