Conocí a Fernando Martínez Laínez en Madrid, en la sede de la agencia Efe por los años setenta cumpliditos, él un treintañero inquieto, que volvía o iba como delegado de la Agencia a Cuba. Nos encontramos gracias a mi compañera de entonces, Nana de Juan, que trabajaba en la Agencia también y que me anunció a su compañero con estas palabras o parecidas: "Sois bastante parecidos, él un poco mayor que tú, y también loco por la literatura y experto en política internacional". Simpatizamos de inmediato, incluso nos parecíamos un poco físicamente, para gran regodeo de Nana. Hablamos y pronto surgió el tema de la literatura. Yo acababa de publicar un par de novelas y él sacaba a la luz una novela negra. Supo que me dedicaba también a la crítica literaria y me prometió enviarme un ejemplar de "Carne de trueque" para su reseña.
Leí su novela y saludé con ella la aparición de uno de los primeros escritores españoles que escribía novela negra bastante genuina (en la época lo máximo que recuerdo en ese género eran las novelas de Plinio, jefe de la Guardia municipal de Tomelloso, que firmaba el castizo García Pavón).
Seguí más tarde la profusa y prolífica carrera literaria de Fernando, (más de 50 libros), aunque no nos volvimos ni a ver ni a relacionarnos, a pesar de habernos cruzado, me consta, por esos mundos de Dios en labores periodísticas. Ahora por mediación del gran Octavi Serret (el Señor de los Libros en el Matarraña) recibo y leo "Los libros de Plomo" que edita Martínez Roca. Y ha sido un buen reencuentro.
Se trata de un excelente thriller, sujeto a las reglas y convenciones del género. Se lee como si asistieras a una filmación mental de una novela de acción, pero con los añadidos extraliterales que surgen de una mente observadora y vivida y que hacen tan superior la lectura de una buena novela a la mayoría de los productos fílmicos, ya que la fuerza y la esencia de lo escrito sugiere elementos interesantes a tu propia mente en varios niveles más de los que activa la imagen y el sonido.
La historia que se nos cuenta, la existencia y el robo de unos Libros de Plomo con mensajes apocalípticos en una Granada llevada hasta el paroxismo y el caos por un terremoto inicial y por la toma de la Alhambra por un comando yihadista y la aparición de un "Mesías" del desastre con toda su tropa de fanáticos, crea una bipolaridad cristianos-musulmanes que se muestra tan activa como en la época de las Cruzadas y también tan irremediablemente violenta. A todo esto añádase las sangrientas actividades de una especie de Jack el Destripador que va matando a diestro y siniestro con extrapolaciones pseudomísticas...Y ya tenemos un escenario en el que todo es posible.
La maestría de Fernando consiste en hilvanar con eficacia esa sopa atronadora y hacernos vivir dentro de la propia Granada, calle por calle, plaza por plaza, detalle a detalle (suculentas descripciones de lugares, bares típicos bien conocidos por los que bien conocen la ciudad, o rincones llenos de encanto, todos ellos atravesados por la vena de locura que infecta la ciudad.) La perfección de la trama, ya bastante compleja por si misma, se enriquece con la documentada habilidad del viejo periodista que es FML para ofrecernos datos sobre armamento nuclear ilegal, mafias rusas, agentes del CNI y todo el confuso pandemonium de la guerra oculta que libran los servicios secretos (llamados de inteligencia) con la plasticidad de un Le Carré, a la española y dicho sea esto sin juicios de valor negativos.
Los momentos dedicados a la profesión periodística, el delegado de la agencia Efe en Granada, o los usos y manías de la profesión en la central de Madrid, me han despertado una sonrisa de reconocimiento y, in mente, un ¡bravo Fernando!, por su cariñosa ironía y su estoica descripción del mundo de la "tribu" en palabras de un amigo común, el añorado Manu Leguineche.
El ritmo de la acción no desmaya, a pesar de la periodística aparición de "informes" oficiales o personales de jefes de policía o miembros del CNI, con los que se resume la situación de vez en cuando.
Los personajes, descritos con desparpajo y de forma clara y aséptica, de sus interrelaciones y sus intimidades, se ajustan a la estructura del género y permiten al lector situarse ante ellos y la acción, sin perder la pista.
La ambición temática de FML es enorme y sale de su cometido de forma brillante: aunar varias tramas paralelas y luego convergentes, en una novela donde se mezcla habilidosamente una trama de espías y de policías, con asesino ritual en marcha, una bellísima ciudad trastonada por el miedo y la violencia, un mensaje religioso que provoca el enfrentamiento fanático, la sombra ominosa de un estallido nuclear y en un mismo pote elementos -- a veces descritos de una forma hilarante-- de tipo político (hasta las mas altas instancias) social, religioso y profesional...crean en suma un libro que seduce y te obliga a marchar con él hasta la última página.
Enhorabuena, Fernando. Se nota además tu categoría y experiencia como guionista. ¿Para cuando una versión cinematográfica de tu novela?
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Todo comenzó en el café de Al Nofara (que algunos escriben Náufara) que es fácil de encontrar junto a la puerta este de la Gran Mezquita en Damasco. Bajo una gran cubierta de parra los hombres fuman parsimoniosos y concentrados su narguilé, emanando perfumadas volutas de humo azul entre el burbujeo insomne del agua de las pipas y el acre residuo del carbón sobre la cazoleta. Algunos turistas languidecen consumiendo café espeso o refrescos. Corrían los años 90 y yo descansaba de una dura labor de reportero político en un viaje que giraba en torno al poder omnímodo del presidente Affed El Assad. Sin embargo mi visita al apacible café popular tenía un objetivo concreto: quería ver en acción a Raheed el Hallack, un "hakawati", un cuenta cuentos (story teller, en inglés) que tocado con un fez rojo, la amplia hopalanda blanca con lineas horizontales, su bigote marxista (de Groucho más que de Karl) y sus gafas de montura metálica cabalgándole en precario equilibrio sobre la nariz, reunía en torno suyo a una multitud de fieles y curiosos y algunos turistas, que no entendían nada de lo que decía con voz cambiante, pero se sentían fascinados por los gestos y la pantomima gestual y oral que adornaba los pasajes del cuento (incluso esgrimía una espada de latón con la que ensartaba dios sabé qué demonios o infieles). La experiencia fue gratificante. Tomé mis notas y dejé en barbecho el recuerdo hasta que la lectura del libro "La princesa de jade", de Coia Valls, me lo devolvió tan fresco como aquél lejano día de junio de 199o y pocos.
que, poco a poco, ya no es tal bienestar. Aquí mismo, basta con analizar la situación de los jóvenes, incluso la mayoría de los muy bien preparados, para ver cómo la desidia y corrupción políticas, la incuria de los que mantienen las estructuras financieras y bancarias y un pueblo cada vez menos culturalizado y más adormecido por unos usos sociales que premian la inmediatez de la ganancia, la falta de esfuerzo y una cultura de lo ramplón y lo escandaloso (véanse