(publicado en "La Comarca" 010823)
A finales de los 60, Stephen Vizinczy, un escritor húngaro huido de su país tras ser invadido por la URSS, y refugiado en Estados Unidos, publicó una novela “En brazos de la mujer madura” que habla de la iniciación amorosa de un joven por una mujer que le doblaba en edad. La he recordado a causa del revuelo que hay en los medios sobre las mujeres en el climaterio, consideradas poco menos que “retiradas” del caprichoso circuito del deseo por una sociedad que privilegia lo joven por encima de todo y que ya busca y ofrece remedios farmacológicos contra algo natural, que podría ser asimilado sin envenenar al cuerpo.
Además de ser una falacia social injusta, absurda y arbitraria, carece de fundamento biológico y psicológico. En pleno siglo XXI resulta escandaloso que se mantengan tales despropósitos. ¿Por qué la madurez puede ser una nota de distinción y sabiduría emocional en los hombres y no en las mujeres? En las novelas “amorosas” del XIX y el XX, uno de los tópicos más repetidos y agradables (para los varones) era el de la jovencita atraída y fascinada por el galán maduro y experimentado. Don Giovanni es un cuarentón “de buen ver” obsesionado por las novicias, pero que consideraba un “bocatti di cardinale” seducir a mujeres maduras.
En nuestro siglo, las mujeres menopáusicas son colocadas en el lugar de lo superfluo y aparcadas en lo perecedero. Como si su faceta reproductiva fuese su único valor. Suele haber cierta condescendencia hacia ellas. Lo cual es un gran error y una grosera estupidez. Como además de maduras suelen ser inteligentes y de probada eficacia, las más capaces han iniciado una rebelión activista que puede llegar lejos si encuentran a su Lisístrata (la líder femenina de la comedia de Aristófanes). Ellas podrían acabar con las guerras, como Lisístrata y sus bravas compañeras acabaron con la del Peloponeso. Pero sin llegar a un objetivo tan lejano y posiblemente utópico, lo que sí pueden conseguir es anular la falta de respeto y el exceso de ignorancia con los que se bombardea la credibilidad de un colectivo que ya ha demostrado sus “poderes”. La madurez -para ambos sexos- es un estado superior de existencia, si es conveniente y libremente cultivado. Y la sexualidad y el deseo más que perderse, se enriquecen con la experiencia y la sabiduría del cuerpo y del espíritu que puede conllevar la madurez. Y si es así para muchos varones, ¿dónde está escrito que para las mujeres-crecientemente competitivas y ganadoras respecto a ellos- no lo sea? El siglo XXI será un siglo femenino o no será (por exceso de testosterona).
ALBERTO DÍAZ RUEDA