Si le gusta Tchaikovsky, si le emociona el ballet, si le van las películas donde se juega con elementos oscuros y primordiales, con símbolos, con juegos de la mente torturada, si tolera que utilizando las mentiras de la mente obsesionada le engañen visualmente...le gustará "Cisne negro". La película de Davren Aronojsky tiene todos los ingredientes para hacer de ella una muestra brillante y fascinante de un viaje psicodélico a las profundidades del alma de una muchacha obsesionada por el éxito hasta extremos patológicos.
La historia de esa bailarina (portentosa Natalie Portman) delicada, sensible y vulnerable como el cisne blanco que aspira a danzar, que debe pagar un precio altísimo para ser capaz de convertirse en el cisne negro que supondrá su muerte, es una historia que sobrecoge, a la que sobran algunos efectismos baratos de película de terror y faltan otros de compasión y profundidad psicológica.
La bailarina, sometida a la presión de un duro director (Vincent Cassel), manipulador y egoísta (todo por el espectáculo) y de una madre absorbente que pretende vivir el éxito (que no tuvo en su propia juventud, también fue bailarina) a través de su hija con una sobreprotección mezquina, son dos elementos activos de una fuerza destructiva excesiva para la tierna protagonista.
Es la historia de un viaje iniciático, desde la inocencia hasta la incierta maldad que produce el uso de cualquier medio para conseguir un fin, una renuncia trágica al equilibrio personal para lograr el éxito. La bailarina es un ser herido desde el principio, en la que afloran comportamientos y actitudes que evocan un problema psicológico serio, una patología psíquica que roza la esquizofrenia y, al fin, permite que la domine.
El juego permanente del espejo como puerta al otro, al lado oscuro de la mente de cualquier persona, tiene un efecto desolador y destructivo en la de la muchacha. Recuerda las obsesiones de "El doble", la novela de Dostoievsky, el asesino escindido de "Las manos de Orlac", es decir, la eclosión simultánea de una subpersonalidad perversa que acaba dominando a la que llamaremos "normal". Los continuos desdoblamientos de la psique de la bailarina, las escenas violentas o de fuerte contenido sexual (los dos centros desequilibradores, fuertemente reprimidos por ella) nos son mostradas como acciones reales (que sin duda lo parecen para la protagonista) y sin ningún detalle que permita al espectador comprender que todo el juego narrativo tiene lugar en la ficción psíquica, hasta el final del filme.
La factura visual de "Cisne negro" es impresionante. Tanto el comienzo, austero y bellísimo, trasunto en imagen de la maravillosa música de "El lago de los cisnes" (donde ya se nos muestra la inquietante presencia del mal y la vulnerabilidad de la bailarina), como las secuencias de ballet e incluso la fórmula utilizada como fondo de los titulos de crédito finales (ese fondo blanco de plumas que va siendo invadido por las negras plumas del mal hasta cubrir la pentalla, en la que solo queda una pequeña pluma blanca solitaria) son de un refinamiento y una sensibilidad visual muy eficaces.
El Oscar a Natalie Portman, es el premio a un trabajo bien hecho. La bellísima actriz convence y conmueve. La película un poco menos...y nada que ver con "Las zapatillas rojas", el clásico de Michael Powell (1948) que despertó el amor al ballet de toda una generación.
Comenta este artículo …
Se ha llevado nueve Goyas, trece premios Gaudi, uno en San Sebastián y ha devuelto al cine catalán, miunusvalorado en el resto del país, una frescura y un potencial de obra bien hecha y de gran capacidad sugestiva. "Pa negre" (Pan negro) de Agustín Villaronga es una cinta digna de verse que conmueve e irrita, que hace pensar. Basada en una novela de Emili Teixidor (2004), Premio Lletra d'Or, es el relato duro y angustioso del camino iniciático de un niño, Andreu, un adolescente sensible e inteligente, metido en el asfixiante y mezquino ambiente rural de una Catalunya tras el reciente fin de la guerra civil, con toda la carga de odios soterrados, represión, ajustes de cuentas, violencias primarias y sórdidas historias de dinero, sexo y poder. En fin, lo de siempre, pero con la pátina horrible de aquellos horrores en blanco y negro de la postguerra española.
que comienza pareciendo algo alelado y poco expresivo, termina conquistando su derecho a encarnar con vitalidad y vericidad a un personaje sumamente complejo que va oscilando a través de los golpes del conocimiento entre mentiras, ocultaciones y medias verdades. En un ambiente tan opresivo y oscuramente primario, florecen los monstruos ocultos, como ese personaje fantasmal que vive en una cueva y al que nunca veremos, que arrastra propósitos de venganza por una terrible historia de violencia y sexo prohibido. Pero los peores monstruos anidan en la mente y los corazones de los vecinos y en la propia familia del niño.
la Peer Gynt Suite de Grieg.
He visto "127 horas" con emociones encontradas, contradictorias, y con una cierta irritación al final. La película dirigida por Danny Boyle (el de "Slumdog millionaire") e interpretada por un magnífico James Franco (más verosímil en su angustioso papel que todo el desarrollo argumental desaprovechado por el director) está basada en el libro "Between a Rock and a Hard Place" escrito por Aron Ralston, el escalador norteamericano de cuya trágica experiencia se nutre el film.
No así la versión de 1960, que protagoniza un histriónico pero respetuoso Ted Danson. Ni siquiera una húngara, ilocalizable, con un Richard Harris antes de hacerse llamar caballo.






