El Liceo hasta la bandera, expectante, clima de las grandes ocasiones, esta vez no sólo por las voces, también la galanura de la ópera, "El cazador furtivo" de Carl Maria von Weber, una música excelente al servicio --como suele suceder en la ópera, con la excepción de Mozart, algunas de Verdi y otras de Wagner y que me perdonen los puristas-- de un argumento bastante mediocre, infantil y pretencioso (aunque proceda de una leyenda popular). Pero bueno uno cierra los ojos, se olvida de las traducciones y se regodea con música y voces.
La puesta en escena la firma Peter Konwiyschny, director de la ópera de Leipzig, y llama la atención desde antes de empezar la función con un hipnótico ascensor rojo con lucecitas que queda fuera de telón, junto a una pasarela sobre un lateral del foso de la orquesta. Cosas de la "modernidad" escénica que muchas veces hemos aprendido a lamentar los escarmentados fieles del Gran teatro de las Ramblas.
Tres actos, dos seguidos y uno tras el largo entreacto. El cazador furtivo cuenta con libreto de Johann Friedrich Kind, y se estrenó en 1821 en la Schauspielhaus de Berlín, y no llegó al Liceo hasta 1849. Se trata de untradicional "singspiel" en el que los números musicales alternan con los diálogos y como queda dicho se basa en una leyenda popular, con elementos fáusticos, es decir de comercio con el diablo en busca de éxito amoroso, honor y gloria. Es una historia de bosques, cazadores y guardabosques, entreverada de diablos y servidores oscuros e ingenuos y botarates guadabosques y lugareños en la Bohemia del siglo XVII (el ascensor queda muy propio, claro está en esta historia). La acción trata de los esfuerzos del diablo Samiel, ayudado por un malvador cazador, Kaspar, por llevarse el alma del guardabosques Max, al que le promete ganar un concurso de tiro a cambio de su alma, para así poder casarse con Agathe hija del jefe de los guardabosques.
Puro romanticismo alemán para el que viene de perlas los bosques oscuros y dramáticos, los malos amenazadores y la lucha eterna entre el bien y el mal, con el amor como motor fáustico en medio. Y, claro está, la victoria de la civilización sobre la barbarie (reflejada en esa Garganta del Lobo, del final del segundo acto donde reina Samiel, y donde se entroniza un televisor con llamas en la pantalla y un ridiculo búho mecánico que produce cierta hilaridad) la luz contra las tinieblas y el amor contra el odio y la envidia. Y, naturalmente, la fozosa y definitiva intervención divina para inclinar la balanza hacia el justo lado. En fin...
Otra cosa son las voces y la música que las arropa y define. Albert Dohmen como Kaspar, un estólido Alex Brendemuhl como Samiel y un Christopher Ventris como Max, poco convincente en sus movimientos en escena pero con una voz pasable, cumplen sus cometidos con acierto, así como una desvaida Agathe de Petra-Maria Schnitzar, a la que roba escena casi siempre la vivaz Ofelia Sala como Annchen.
Así que con ascensor rojo, el televisor llameante y el búho catártico, todo en una acción que se desarrolla tras la guerra de los Treinta años (1618-1648) con lugareños ingenuos (que nos brindan un coro excelente y algún momento mágico) y protagonistas esquemáticos, la opera hace su singladura dejando al espectador satisfecho sobre todo con la música y más que divertido, demasiado, con la ambigua simbología, seguramente no deseada por el director de escena, de que la tele estuviera siempre en llamas, el diablo Samiel hablara en catalán, el ascensor quedara como una incógnita injustificable y el búho lograra desarmarse con poca convicción, tras una "actuación" lamentable digna de los hermanos Marx. Dirección de actores y movimientos en escena precisos y bien conjuntados, aunque entre los protagonistas no se podía sacar más de lo que podían dar, es decir bastante poco. Con excepciones ya apuntadas.
En resumen, amigos, casi mejor que se compren una buena versión en CD de la ópera y la escuchen en casita. Se ahorraran quebraderos de cabeza con el dichoso ascensor que va de ninguna parte hasta el primer piso de la pretenciosidad inane.
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He aquí una película norteamericana que, pese a esar interpretada por auténticos pesos pesados de los actores del star sistem de Hollywood, Ben Affleck, un casi irreconocible Kevin Costern, y los soberbios Tommy Lee Jones y Chris Cooper (nuevos recitales de estos dos dinosaurios venerables de los estudios), trata de mostranos con eficacia algo tan usual y compartido en estos tiempos como los dramas que la crisis provoca en el mundo laboral.
He aquí una
Es Zhang Yimou, el deslumbrante director chino, autor de joyas visuales como "Hero" o de productos redondos desde todos los puntos de vista como "El camino a casa" o "Sorgo rojo", uno de los cineastas que forman parte sin duda de la nómina de los grandes de todos los tiempos. Pues bueno, como cualquier ser humano, es capaz de fallar en su cometido y firmar -y filmar- un bodrio, léase este calificativo como relativo: seguramente en otro director "Una mujer, una pistola y un restaurante de fideos chinos" sería algo destacable, no magnífico, pero sí aceptable.
Producida por Jerry Bruckheimer y dirigida por Rob Marshall (el director de "Nine" o "Chicago") la cuarta entrega de la franquicia de Disney "Piratas del Caribe" vuelve a ser un festival Jack Sparrow, el ambiguo e histriónico pirata antihéroe creado por la genialidad interpretativa de Johnny Depp. Nada de lo que se le añade a Depp, ya sea la mismisima "Pe", Penelope Cruz, bastante embarazada en esta filmación y por tanto sin mucha convicción en las escenas de amor con Depp, o a un capitán Barbossa descafeinado-Geofrey Rush-, muy lejos de su acierto en "El discurso del rey" e incluso de este papel en entregas anteriores,(se ve que se está cansando de piratas) o a un guión más literario y menos infantil que en el pasado, o la presencia mítica de unas sirenas muy bien recreadas por ordenador y nada que ver con la marca Disney, nada, repito, de lo "nuevo" hace que el más famoso pirata del mundo sea mejor en esta película que en el resto de la saga.
Volver a ver uno de los grandes clásicos de Moliére es un privilegio. Si además es "El misántropo" y está bien dirigido e interpretado con mesura y sentido del humor, miel sobre hojuelas. En esta ocasión (Teatro nacional de Cataluña, dirección de Georges Lavaudant y traducción de Belbel) no ha sido del todo así pero, no obstante, se disfruta y se aprecia la labor de los intérpretes, de lo más granado de la nómina catalana.
Con un inicio que recuerda al Polanski de "Frenético" (hay escenas casi calcadas sobre los tejados de Berlin, en lugar de Paris), la película transcurre por vericuetos de intriga bien llevados, con ritmo y bien resueltos técnicamente, pero faltos totalmente de originalidad. Sensación de que has visto muchas secuencias antes, quizá en Hitchcock, quizá en Bourne, pero con un sello personal del español afincado en Los Angeles, Jaume Collet-Serra.
país azotado por la miseria y mantener su matrimonio y su amor, igualmente patológico, con la bella muchacha que monta a la gran atracción del espectáculo, una elefanta amaestrada, Louisse.
Bueno, aún no salgo de mi asombro. ¿Quién convencería al irlandés Kenneth Brannagh, bienamado por los incondicionales de Shakespeare, para que dirigiera este espectacular bodrio-comic, con guaperas culturista, Chris Hemsworth, un auténtico martillo del arte interpretativo, la bellísima Portdman (menos ella misma que nunca a pesar de sus gestos y miradas intensas) o al camaleónico Anthony Hopkins embutido como Odin en un reluciente traje que le sienta como un martillazo? ¿No lo saben? Supongo que el mismo argumento que hacía que Orson Welles diera su nombre para el reparto de películas petardo, Laurence Olivier terminara sus días haciendo de malo nazi, John Gilgud de mayordomo de un payaso o el gran Michel Caine como criado de confianza del Batman oscuro. Es decir, el vil metal, poderoso caballero.