Publicado en La Comarca 140323
Una neuróloga, Nazareth Castellanos, a la que sigo en sus investigaciones sobre el cerebro y el cuerpo, menciona una situación escolar que atañe a los niños españoles y que resulta nefasta para su crecimiento equilibrado. El cerebro humano siente predilección por el movimiento y le afecta negativamente el sedentarismo. Traslademos ese principio a los niños en la escuela. ¿Cuántas horas pasan los niños sentados en sus incómodos bancos o sillas, mientras el profesor camina de un lado al otro explicando sus lecciones? Son posturas y asientos nada ergonómicos que afectan a la espalda, el cuello y la cabeza.
El cole me queda ya bastante lejos pero guardo de aquellos años la conciencia de incomodidad, tensión corporal, deseos intensos de movimiento, esperando ansiosamente el timbre del recreo o pretextando necesidades corporales para así poder estirar las piernas. Todos necesitamos movernos como una exigencia de salud corporal y mental, la vida sedentaria en exceso es enemiga de la salud física, la mental e incluso la percepción de la propia existencia. Pero en esas edades tempranas tiene una importancia capital para unos cuerpos y unas mentes en crecimiento.
Sería de agradecer que en los Consejos escolares o en el ministerio de educación, hubiese algún técnico o experto en neurología y ergonomía y sugiriera a los docentes que implementaran una serie de ejercicios físicos elementales –los profesores de yoga, gimnasia integral o artes marciales, saben a qué me refiero- intercalados en las clases, que relajaran el cuerpo y la mente de los alumnos.
Enseñar a los niños a observar su propio cuerpo, la importancia de la respiración para el organismo y la mente o algunos fáciles ejercicios de estiramientos y relajación, pueden tener tanta importancia en su futuro como personas, que la historia o las matemáticas.
Según un estudio canadiense, hacer secuencias de breves ejercicios físicos intercalados a lo largo del día es sumamente provechoso no sólo para la salud física y cardiovascular, sino para romper la incongruencia que supone para el cerebro que su plena activación no se refleje en un cuerpo estático que no se mueve de su sillón. ¿Cuántas veces en su vida, lector, tras una intensa faena mental, ha sentido el impulso de levantarse y dar saltos o correr o, simplemente y menos alarmante, ir a buscar un café o ir a charlar con un compañero de trabajo, aunque no tenga nada que decirle? Recuerde su infancia. Cuando uno es niño, esa pulsión de moverse es aún más intensa y por desgracia no comprendida por la disciplina escolar.
ALBERTO DÍAZ RUEDA