OBSERVATORIO POLÍTICO INTERNACIONAL
LA GUERRA QUE NO CESA: ÁRABES E ISRAELÍES A LA GREÑA
EL “CALENTÓN MANIQUEO” DE OCCIDENTE ES UNA HIPOCRESÍA: TODOS SOMOS HISTÓRICAMENTE RESPONSABLES
Nadie puede (ni debe) justificar la barbarie de asesinatos y secuestros contra población civil perpetrada el pasado viernes por Hamas, quizá en conmemoración de la misma fecha de hace cincuenta años (1973) en que Egipto y Siria iniciaran contra Israel la guerra del Yom Kipur. Ni la correspondiente respuesta israelí con su operación “Espadas de hierro” que también está elevando rápidamente el costo en vidas y bienes que está dañando la sensibilidad ética del mundo (suponiendo que tal cosa exista). Lo más fácil es simplificar el problema con el maniqueísmo habitual en personas, Gobiernos, medios de comunicación y las falaces, crueles y manipuladoras Redes. Esta no es una historia de buenos y malos. Las voces más prudentes se elevan pidiendo que a pesar de la trágica invasión de Hamas, el Gobierno israelí debería ajustar su respuesta bélica a las normas éticas aceptadas internacionalmente (la OTAN ha exigido a Israel “proporcionalidad” en su respuesta bélica, cosa inaceptable para los halcones de Netanyahu o la opinión pública israelí intoxicada también por las fake news sembradas por doquier hace cinco días (como la del asesinato de 40 niños y bebés en un kibutz). Es una indigna obscenidad utilizar a las víctimas inocentes como proyectiles de los dos bandos entre sí. Mientras tanto siguen muriendo niños en los bombardeos de Gaza y la cosa empeorará con el corte de suministro de alimentos y electricidad en una franja donde viven dos millones de personas. Las voces más semejantes a la barbarie de Hamas, por el lado israelí, califican de “animales humanos” a todos los palestinos, auténticos “homos sacer” a los que se puede matar sin castigo (y más si dicha calificación parte de un ministro israelí). El filósofo alemán, judío, Theodor Adorno dijo: “Auschwitz comienza donde quiera que alguien mire un matadero y piense: sólo son animales”.
Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, la miopía política histórica de las cancillerías y mandatarios occidentales, suele decidir que hay unos “buenos” a los que proteger y apoyar, los judíos, y unos “menos buenos”, los árabes, que son de poco fiar y además están muy divididos. Hasta la UE, que debería tener un criterio más elevado, amenazó de entrada con anular las ayudas a los refugiados palestinos, aunque rectificó y se supo que la noticia procedía del delegado húngaro en la institución. De todas formas, el sesgo prioritario europeo se inclina muy poco hacia los árabes. El monto de la ayuda europea a Palestina es de 691 millones de euros. El de Ucrania este año es de 77.000 millones de euros.
Y no se trata de no comprender o no respetar a los judíos: el abajo firmante ha sido siempre afecto a esa raza de grandes valores y con grandes ejemplos humanos de inteligencia, cultura, ciencia, valor y dignidad. Como tampoco comulgo con los que menosprecian al pueblo árabe y a la cultura y tradición islámica. Solo hay que recordar que en nuestro ADN hispano, árabes y judíos tienen una activa influencia de siglos. A la bestialidad de Hamas en su sorprendente ataque hay que contraponer la feroz e inhumana labor de represión, castigo y expulsión de familias palestinas por los colonos israelíes y el ejército de esa nación. Israel está aplicando la anexión brutal de territorio desde 1948, con el visto bueno implícito de la comunidad política occidental. Según datos de Amnistía hay más de 5,6 millones de palestinos refugiados, sin derecho a volver a sus lugares. Otros 150.000 está en trance de perder sus viviendas debido a desalojos forzosos de Israel ¿Esto justifica a unos o condena a otros? No. Toda la situación está podrida.
El problema es que el desastre árabe-israelí no es sólo responsabilidad de unos (tirios) o los otros (troyanos), sino de todos nosotros, Occidente entero, con el añadido importante y no siempre positivo del gigante norteamericano del otro lado del océano: Biden está ofreciendo toda la ayuda militar necesaria a un Netanyahu, cada vez más escorado hacia el fanatismo racista puro y duro. Mientras que Irán, la sombra alargada tras Hamas, simpatiza con Rusia, a la que suministra drones de ataque. Quizá deberíamos pensar que se está cociendo el mismo dilema que causó la guerra de Ucrania: la lucha por la hegemonía política internacional. Es hora de que abramos los ojos en Europa: nos estamos jugando la paz mundial entre tres bloques: el supuestamente democrático de Occidente (muy fisurado), el autoritario liderado por Rusia y China y el de un “tercer mundo” sobre el que se extiende el fundamentalismo religioso de la Sharia.
Un repaso a algunos de los enfrentamientos, conflictos localizados o guerras abiertas entre árabes e israelíes, eleva a nivel de estupor e incomprensión las actitudes de muchas de las naciones de occidente, más atentas a sus propios intereses económicos o políticos que a un planteamiento serio y riguroso de instaurar una paz duradera entre árabes e israelíes.
Desde el primer enfrentamiento en 1948 (tras el reconocimiento del Estado israelí) la guerra tuvo nuevos episodios en 1956 (intento israelí-britanico-francés de controlar el canal de Suez); en 1967 (la guerra de los “seis días”) que duró hasta 1970 por continuos choques por la “guerra de desgaste”; en 1973 (Yom Kipur); 1978 (los acuerdos de Camp David); 1982 (invasión israelí de Líbano); de 1983 a 1988, la primera Intifada; de 2000 a 2005, la segunda Intifada; en 2006, nuevamente Libano; 2008 y 2009, la franja de Gaza…más tarde, la apertura de relaciones entre Egipto, Jordania y Arabia Saudí con Israel puso una nota de esperanza, pero en sordina, con cortos enfrentamientos y la parcial indiferencia de occidente, la política de acoso y derribo de los palestinos por la política expansionista israelí y la labor de zapa de los colonos, bien protegidos por el Gobierno extremista de Beniamin Netanyahu
Y añadamos a esto que como ocurrió con la cercana -y ahora fuera de foco- guerra de Ucrania y Rusia, la contaminación grosera y falaz de la información procedente de las zonas en conflicto ha sido espectacular. Los juicios, comentarios e imágenes, emocionales y más atentos al impacto subjetivo que a la operatividad periodística, empujan incluso a mentes bastante claras en otras ocasiones a contagiarse del “calentón maniqueo”. Y, por añadidura, a extender ese “ethos” de la catástrofe global que nos rodea más acuciante desde el estallido beligerante entre Rusia y Ucrania. ¿Cómo gestionar el bombardeo inclemente de atrocidades mutuas que nos sirven cada día en las televisiones y los móviles? ¿Cómo tomar partido sin mancharse, evitando la tentación de simplificar en buenos y malos, sino tratando de defender lo malo de lo peor? Para resolver problemas complejos no se puede recurrir a análisis parciales y fragmentarios de las partes constituyentes del problema. Esto es lo que ocurre con la continua saga de guerras entre árabes e israelíes.
El problema lo estableció occidente históricamente con el apoyo interesado u obligado de las partes en conflicto, por la voluntad quizá inconsciente de situar el nudo del problema lejos de la afligida y necesitada Europa de la postguerra, ignorando situaciones de facto, tradiciones e historias cercanas de los elementos de la ecuación: un territorio de mayoría árabe, un pueblo judío en busca de su hogar ancestral (hacia el que Europa siente una mala conciencia activa, con los ecos de los progroms, --no solo medievales, a finales del XIX se hicieron famosos los de Rusia y Ucrania-- y los campos nazis de exterminio ), una belicosidad mutua antigua y comprensible y una suma de intereses económicos y sociales de primera magnitud: petróleo, regímenes autoritarios, necesidades básicas de supervivencia en pueblos mal administrados.
Todo esto forma un caldo ambiental irrespirable, entre bombas, asesinatos de civiles inocentes y el ensordecedor añadido de justificaciones, condenas y mensajes difundidos “urbi et orbe”. Como suele suceder la cantidad de energía necesaria para desmentir los bulos que se expanden por ambos frentes, es sustancialmente mayor que la energía precisa para evitar que se difundan y en ambos casos es una energía que se pierde sin éxito. Ni siquiera se difunden los hechos incontrovertibles: que la franja de Gaza, objetivo de la guerra es, en realidad, un campo de refugiados de 40 kms de largo por seis de ancho en el que malviven y son asediadas las personas que antes vivían como propietarios en ese territorio. ¿Se ignoraba ese hecho? No, por Dios. Lo sabían incluso en la ONU y en el Despacho Oval.
La ofensiva de Hamás con el también conocido apoyo de Irán se mira con cierta simpatía en el mundo árabe, ante el silencio cómplice de los países que mantienen relaciones diplomáticas con Tel Aviv. Solo las milicias de Hezbolá en Líbano han lanzado algunos cohetes de apoyo, rápidamente contestados con prudencia por Israel, como aviso de que la cosa se quede en eso. También la Yihad Islámica ha hecho saber su apoyo, pero seguramente no irá más allá. El resultado parece seguir un curso de implicación política más que de una victoria palestina más que improbable. Si Israel no se pasa de la raya, cosa que puede ocurrir con el Gobierno Netanyahu, Hamas habrá conseguido –con un precio muy caro en hombres y armas- un puesto en una eventual mesa de negociaciones internacional (junto con Irán). Esa es la dirección que podría marcar las conversaciones entre Arabia Saudi, Israel y Estados Unidos (en las que, por supuesto, no se contaba con Hamas para nada). La valoración de lo ocurrido – fundamentalmente la inesperada capacidad de Hamas de penetrar en Israel con efectividad- podría consistir en establecer un cuadro o esquema operativo en el que a los palestinos se les dé un asiento y una capacidad de defender un acuerdo que respete algunos de sus derechos. En lugar de seguir siendo “nudas vidas”, personas sin ningún derecho a tener derechos. La lección de este octubre sangriento está clara: el conflicto palestino no está estancado y la solución no pasa por el exterminio de este pueblo árabe. Incluso en la habitual falta de solidaridad y de sentido de pueblo y raza de los árabes, se supone que no tolerarían tal genocidio. Aunque de momento Egipto tiene cerradas sus fronteras y no permiten que los palestinos puedan refugiarse huyendo de la venganza israelí.
El curso de los acontecimientos en los próximos días marcará un antes y un después en el conflicto árabe-israelí. Se ha llegado demasiado lejos. Cuando escribo esto aún no se ha producido la invasión terrestre israelí de la capital de Gaza, la cual sería un inmenso error. La pieza enferma del problema es el señor Netanyahu que está cuidando sus intereses –pende una condena de cárcel por corrupción si es expulsado de su puesto político- y tiene una cohorte de fanáticos colonos respaldándole. Está sometido a un dilema sin solución: si invade Gaza, a la larga le costará el puesto- por descrédito y el enorme precio en sangre- y si no lo hace, perderá el apoyo de sus fanáticos partidarios de extrema derecha y se verá ante el tribunal. Uno acaba por preguntarse si el sorpresivo ataque de Hamas no fue “tolerado” por Netanyahu como excusa para poder proceder a su aire y galvanizar la unión de todos los israelíes, bajo su mando, al clamor de la venganza
La otra faceta de todo este tinglado bélico árabe-israelí es haber llevado a primera página la situación inhumana de los palestinos en la franja de Gaza. Se ha dicho que es una gran prisión al aire libre para gente que no tiene donde ir, que han perdido sus tierras y sus raíces y se hacinan en un territorio densamente poblado, sin trabajo, sin comida, con el agua limitada, con presión militar y policial constante. Una comunidad de “homos sacer” –personas que ni siquiera tienen derecho reconocido a la vida, desesperados e ignorados por las “prósperas” naciones de occidente, excepto grupos reducidos de simpatizantes.
Hamás, acrónimo en árabe de “Movimiento islámico de resistencia” (creado en 1987, en la primera Intifada), es el poder en la sombra de Gaza tras la retirada israelí de 2005 y ganó las elecciones de 2006 sobre Al Fatah que con la ANP gobiernan en Cisjordania. Es un movimiento radical y tiene la ley islámica, sharia, como credo y no reconoce a Israel como Estado. Tendría que negociar si quiere seguir mandando en Gaza. Goza del apoyo iraní y comparte con la Yihad Islámica el frente fanatizado contra la existencia de Israel.
Por tanto los futuros negociadores –en el caso de que la situación no estalle y se quede sin posible gobernanza- tendrán que contar también con Irán (el bolsillo de dinero que alimenta a estos grupos islamistas) y buscar una entente pacífica y dialogante para buscar soluciones (que jamás podrán contentar a todos). La perfección técnica del ataque de Hamas constituye una seria advertencia no sólo a Israel sino a Europa, Estados Unidos y la ONU. Los árabes podrían ser un peligro global si se les sigue ninguneando. Pero si Netanyahu sigue en el poder, tratará de “convertir Gaza en un solar quemado por las bombas y vacío de árabes” como Putin pretendía con Ucrania. Quizá esta es otra de las claves que hay que tener en cuenta para comprender la elección del momento del ataque de Hamas. Tal vez esa elección del “kairós”, el momento oportuno para la acción, fue percibida tras la estúpida profanación de la Explanada de las Mezquitas por los fundamentalistas judíos esa misma semana.
En todo caso, la guerra no resolverá un problema que no han podido evitar la política y los diplomáticos. La violencia no arregla la esterilidad diplomática, sino que encona la frustración y la rabia. Recuerden la famosa pregunta del secretario de Defensa de EE.UU. hace muchos años ante la implicación de la CIA en ataques selectivos a dirigentes árabes: “¿Estamos creando más terroristas de los que matamos?” Sólo sería eficaz un diálogo sin exclusiones, pactos compensatorios y la necesidad de aceptar soluciones y comprender que la única salida es elegir antes lo malo que lo peor. Un camino abandonado por Israel y Palestina en los últimos 30 años hasta llegar a la actual falta de horizontes y cuenta atrás para una catástrofe sin paliativos. El David árabe enfrentado al Goliat israelí, no tiene futuro. Como dijo un lúcido analista norteamericano “No se puede vencer algo con nada. Hay que recompensar a los palestinos contrarios a la violencia y llegar a un acuerdo con Israel de contención expansiva y respeto a los palestinos”. Si no es así, asistiremos a otro holocausto, esta vez palestino, a no ser que la comunidad internacional intervenga con contundencia y justicia. Espero que no nos llegue el momento de exclamar “El horror, el horror” como al fin de la novela, “En el corazón de las tinieblas”, que inspiró “Apocalypse Now”.- ALBERTO DÍAZ RUEDA.
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