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12 marzo 2022 6 12 /03 /marzo /2022 10:39

En este brillante y sorprendente libro del filósofo de la modernidad, el coreano Byung-Chul Han,  me he encontrado  con que, como de costumbre con este autor, me ha puesto negro sobre blanco una de las inquietudes cotidianas, sencilla y aparentemente triviales, que me asaltan por el simple hecho de vivir y comparar. Si usted, lector, tiene menos de 30  o 35 años no me entenderá ni compartirá, desde la nostalgia, las premisas que Chul Han desarrolla en este libro. Vayamos a un ejemplo práctico: mis hijos y mucho menos mis nietos no comprenden en absoluto que guarde amorosamente los libros que ya he leído junto a los que no he leido y quizá no lea nunca, que los amontone en todos los huecos de la casa,  que siga comprándolos. que tenga discos de vinilo y cd's, videos y dvd's, que atesore miles de fotografías en blanco y negro y color en formato de papel o diapositiva, que tenga numerosos cuadros, esculturas, recuerdos de viajes, trajes, cacharros (como radios antiguas, proyectores de super 8, relojes de péndulo, cuberterías y vajillas); que guarde los originales manuscritos de novelas, ensayos y artículos publicados, o no, durante toda mi vida, máquinas de escribir de los años cuarenta y sesenta junto a ordenadores; estilográficas y bolígrafos por decenas; libretas de muchos tamaños y agendas de hace decenios... y que no padezca el síndrome de Diógenes.  Que sea feliz con todo eso y alimente en mí recuerdos, dulces nostalgias y alguna tristeza. Y que también sea una fuente de inspiración y un goce difícil de definir que consiste en el "reencuentro" inesperado con una versión anterior, ya olvidada, de mi propio yo.

Si Walter Benjamin levantara la cabeza ya no podría sostener que la relación de posesión es la más intensa que se puede tener con las cosas. Y esa relación de afecto, de fetichismo, se percibe en personas dotadas de una memoria vital que dudo que tengan las nuevas generaciones para las que la vida se basa en la información, en las experiencias, puesto que lo digital carece de memoria al fragmentar en numerosas partes la vida. El fetichismo de los objetos, de las cosas, que nos evoca vivencias y etapas de la vida, empieza velozmente a desaparecer. Detrás de todas esas cosas que nos rodean de forma muy confortable hay historias y una narrativa de vivencias personales. Pero los nuevos habitantes de las redes sociales, que construyen sus vidas en todo a ellas, viven en el tiempo de las no-cosas.

Byung-Chul Han es uno de los filósofos más leídos en la actualidad en todo el planeta. Surcoreano, aunque residente desde hace décadas en Alemania es criticado por ser un filósofo accesible, fácil de leer y porque en muchos casos sus libros están configurados a partir de citas de otros filósofos como Barthes, Arendt, Benjamin o Martin Heidegger -cosa que, por cierto, hacen todos los filósofos: enanos subidos a hombros de gigantes, inevitablemente - en lugar de construir un "nuevo" sistema filosófico. En este libro Han nos habla de la desmaterialización del mundo actual, la eliminación de lo físico, lo objetual, en nuestras vidas. Mientras que todo sea información, ésta va a ir haciendo desaparecer las cosas, puesto que la digitalización aboca a la desmaterialización del mundo. A más información, menos materia: un juego de suma cero. Un mundo digital no es un lugar para recuerdos y sí para datos. Acabamos de iniciar una era dominada por la infomanía, los megadatos y la hipertrofia de la información, lo cual tiene una lectura buena y otra que no lo es. Empezando por la segunda, es un camino lleno de incógnitas y no sabemos en qué va a desembocar. Se trata de un cambio radical de paradigma, que no tiene precedentes y cuyo desenlace y etapas sólo podemos conjeturar. En los últimos veinte años la humanidad ha dado un salto cuántico en la forma de vida, los valores vigentes, la moral y la ética.

No hay que esperar reversibilidad o arrepentimiento. Parece ser un camino de imposible retorno. Lo que venga, sea lo que que sea, no tendrá apenas relación con lo que las generaciones del siglo XX vivieron . Ni siquiera el metaverso nos podrá informar, vía archivos documentales y algoritmos. Pero algo hemos aprendido: las cosas materiales, que tanto habíamos rechazado, transmiten durabilidad y estabilidad, pues dan un sentido referencial a nuestra existencia. No somos seres digitales o virtuales, somos corporeidades físicas, en relación directa y homeostática con el medio ambiente y las fuerzas de la Naturaleza que nos condicionan de forma vital. Quiza el nuevo universo digital que nos engloba haga que nos importen menos las cosas, que las tengamos menos en cuenta, con lo cual nuestra realidad pierde la firmeza y el sentido que las cosas proyectaban sobre nuestra vida.

Han nos dice  que para que poseamos algo es preciso que depositemos historia en ese algo, sino solo los usamos. Por eso, nos recuerda Benjamin, el coleccionista es una figura deseable y en trance de desaparecer, porque él confía a las cosas en un ultimo reducto donde se les despoja de su carácter de mercancía, de simple instrumento desechable y se les confiere una dignidad insoslayable que refleja nuestra propia dignidad, donde hay una historia, una belleza, unos rasgos de valor que están al margen del mercado y del precio.

Han, que a pesar de su pesimismo - bastante realista- tiene un ramalazo de ingenuidad, sugiere que sólo un giro romántico en el mundo y la debida re-materialización de la existencia, permitiría la vuelta de "lo otro" como valor intrínseco a la vida, esas cosas "con alma" con las que establecemos una relación cordial y profunda hasta integrarlas en nuestro universo personal, que se enriquecería con ello. Se trata de darles un significante "doméstico", un prurito de identificación por amor que se hace fuerte y sólido con el paso del tiempo (hablamos de "nuestra" pipa, "nuestra" máquina de escribir, "nuestra" pluma habituada al tacto de nuestra mano, etc.) Y este "domesticar" los objetos que nos constituyen de una forma algo mística, se repite con los "rituales" que en la vida pretérita daba ritmo y sentido cósmico a nuestra existencia: la vida sin repeticiones se convierte en algo líquido, fugaz. Los rituales  son arquitecturas del tiempo.

La "atención sin intención" es otra de  las sugerencias de Han que nos muestra el rechazo al principio básico de la información virtual: siempre es intencionada. Y ello nos hace perder la costumbre de poder  hacer una observación detallada de algo en un entorno estable. Y una observación libre de la demagogia virtual que busca siempre comunicar algo, instruir con una intención (política, moral o social). La virtualidad, por ejemplo en el arte, carece de la emoción primaria del contacto personal y directo. La pantalla como intermediario habitual de nuestra emociones áticas o estéticas, aplana, trivializa o banaliza la obra de arte.

FICHA

NO COSAS, quiebras del mundo de hoy.- Byung-Chul Han.- Trad. Joaquín Chamorro.- Ed. Taurus.- 139 págs.

 
 
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