LOGOI 325
ALGORITMOS
Toda la vida subiendo montañas y machacando senderos, con y sin señalizar, acostumbraron a mi cerebro y percepción a orientarse bastante pasablemente (a veces, con la ayuda de brújula y mapas). Conduciendo, lo mismo. Raramente me he perdido. Pero las cosas empezaron a ir regular tirando a mal cuando me acostumbré a la ayuda digital del GPS, para el coche o en el senderismo. Al principio me sentía confiado y feliz. Comencé a percibir fallos, pero los achacaba a mis dificultades técnicas. Comencé a insultar a la voz “gepesina”. Y a cambio, percibí que estaba perdiendo la facultad natural de mi cerebro de orientarse. Hay estudios que confirman el deterioro de esa facultad y también de la llamada memoria operativa: ¿Cuántos números de teléfono se sabían ustedes de memoria? Ahora confiamos en los móviles. Los “tecnoadictos” dicen que la orientación digital acierta más que falla y en esos casos, se debe a la ignorancia tecnológica del usuario.
Lo cierto es que ya no podríamos subsistir sin las “ayudas digitales”. La siliconización de nuestra sociedad nos está convirtiendo en servidores - útiles y lucrativos- para la “tecnodictadura” de los grupos empresariales que dominan el mundo digital. Pronto las decisiones humanas más corrientes serán tomadas por las máquinas a las que entregamos nuestra autonomía. No sólo concierne a los coches, la tele, la tablet o el móvil: distintas herramientas para un solo poder. Se nos proponen contenidos que los algoritmos han “leído” en nuestras búsquedas por internet: saben cuáles son nuestros gustos y cómo sacar partido económico de ello. Los datos cruzados entre los cerebros digitales a “nuestro servicio” podrían establecer en un par de minutos un esquema bastante exacto de nuestro perfil, debilidades, adicciones o tendencias; lo que comemos, bebemos, asuntos sexuales, cómo vestimos o nuestra bebida o colonia preferidas. Conocen al dedillo nuestras deudas, créditos y volumen de gastos e ingresos diarios. Toda nuestra existencia está digitalizada y ordenada en algoritmos, al servicio del mejor postor, que establecen la huella digital de todas las personas. Ya saben si somos buenos en el trabajo, si nos llevamos bien con la pareja o los hijos, dónde vamos a tomar una copa o de vacaciones o si hacemos suficiente ejercicio físico o habrá que aumentar nuestra prima de seguro porque estaríamos entre los futuros pacientes cardiacos; y lo que es más alarmante, nuestras simpatías o rechazos políticos. Los algoritmos y la tecnología que los usa, no son “inteligentes” de por sí, sino que siguen los criterios que les marcan las empresas que los crean. Ellas buscan, no el bienestar de las personas, sino el beneficio económico. Y esa tecnología abusiva e invasiva es usada en la banca, los seguros, la enseñanza, los gobiernos y los cuerpos de seguridad. ¿Seguro que, gracias a la tecnología, vivimos en un mundo mejor?
ALBERTO DÍAZ RUEDA