La pensadora Annah Arendt calificó de “banalidad del mal” el operativo de la política nazi respecto al exterminio del pueblo judío. La expresión hizo fortuna entre los analistas políticos aunque desagradó profundamente a una buena parte de los políticos y la población de Israel. El concepto es muy complejo y no merece una interpretación superficial: no es una defensa o justificación de la barbarie nazi, sino una firme invitación a censurar las actitudes que propiciaron que ese horror llegara a suceder y, también, la enorme falta de ética de quienes sabían y no se opusieron, por miedo o por indiferencia.
Esa es la reflexión que me vino a importunar tras un detenido análisis del supuesto cara a cara (más bien descarada reyerta, sin elegancia ni decoro) entre dos líderes políticos que se disputan el negocio de dirigir a este desdichado país en los próximos cuatro años. Escuchaba razones, sinrazones, suposiciones y datos arrojados como calderilla falsa en un frenético “Gish gallup”, aprendido del trumpismo, tan rápido y violento que no permitía más que musitar “eso es mentira” al otro desbordado político. La reflexión provocada por dicho inmoral teatrillo televisado fue sobre “la banalidad de la veracidad y de lo que se entiende por verdad”. En ese, digamos debate, la veracidad era zarandeada, ignorada, escarnecida. Y pensé: El pueblo español no se merece esto. ¿O quizá sí? Por activa o por pasiva, una gran parte de los ciudadanos españoles han colocado a esos dos señores en el escenario público. Pero había más: ¿de qué verdad hablamos? Y comprendí que lo alarmante de todo era que la veracidad exigible a una persona dedicada a la política se había convertido en algo banal. Superflua, innecesaria, privada de valor. Por esa razón el auténtico crimen de nuestra época es la banalización de la verdad, debido al activismo frenético de las “fake news”, impulsadas por muy diversos y ocultos intereses políticos y económicos. Y con ella, la banalización que vivimos del bien, de la ética, de la cortesía, de la educación, del sexo y de la vida social, familiar y privada. Todos esos conceptos de raíces éticas se han relativizado, son casi una excentricidad, han dejado de ser un referente de las actitudes y comportamientos correctos. Cuando se corrompe el sistema de valores de una sociedad, toda ella se banaliza y se convierte en pasto de desorientados y desequilibrados ciudadanos. Y también afecta a una praxis política que oscila entre el exceso de permisividad de unos y el exceso de represión, hipocresía y agresividad de otros, en un común caldo de corrupción. Mal va todo cuando hay que escoger entre lo malo y lo peor.
ALBERTO DÍAZ RUEDA