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2 noviembre 2022 3 02 /11 /noviembre /2022 19:04

(Publicado en La Comarca 011122)

¿Cómo se entiende que un acto de protesta sobre algo correcto, justo y necesario se haga de tal manera que se lo despoje de toda razón y se convierta en un símbolo de justamente lo contrario de lo que se reivindica? Eso es la lamentable moda de los “activistas” ecológicos que atacan obras de arte. No hay coherencia lógica entre la acción y el motivo por la cual se ejecuta. El impacto de un acto no siempre equivale a éxito en los objetivos justos que se persiguen.

Pues bien en octubre sumaron cuatro los actos de protesta de activistas poco racionales. Han consistido en lanzar sopa de tomate al cuadro de Van Gogh “Los girasoles” en Londres, puré de patatas contra un Monet en Postdam, poner la cabeza manchada sobre “La joven de la perla” de Johannes Vermeer, en La Haya o pegar las manos de los jóvenes protestatarios en el cristal que cubría un cuadro de Picasso en Melbourne. Ninguna de las acciones hizo daños serios a las obras de arte, pero llamaron la atención y despertaron una polémica crítica contra la validez de esos actos. Unos jóvenes pertenecían al grupo ecologista “Ultima generación”, otros al grupo “Just Stop Oil” (“anticapitalistas” financiados por la nieta díscola del magnate del petróleo Getty) y los australianos, no citan nombre. Uno se plantea si no sería más lógico y coherente que los activistas, como los de Greenpeace en las protestas que lideran, llevaran a cabo sus acciones directamente contra la Shell, Iberdrola o Repsol o se colgaran de torres eléctricas o de extracción petrolera, o sitiaran los palacios de los empresarios del petrodólar.

Los medios de comunicación deberían abstenerse de publicar ni una sola línea o foto sobre este tipo de actos de estulticia. No difundir ninguna de estas acciones. Y someter a esos torpes “activistas” a un castigo útil y ejemplar: integrarlos durante una temporada en brigadas públicas de limpieza de calles, letrinas públicas, hospitales y colegios.

¿Será más sostenible nuestro arrasado planeta si ensuciamos sus obras de arte? ¿A quién castigan esas acciones sino al ciudadano que admira esas obras y las disfruta en los museos públicos? ¿Quién, excepto un mentecato, puede sostener que echar salsa de tomate sobre “Los girasoles” va a mejorar la situación de nuestro clima y evitar las emisiones de gases letales? ¿Qué sentido tiene plantear la dicotomía “el arte o la vida”? El arte es vida, es una expresión magnífica de la vida.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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