Publicado en La Comarca el 250423
Hay mucha gente que cree lo de que “una imagen vale más que mil palabras”. Y si la imagen es de uno mismo, más que un libro entero. ¿Es narcisismo desbocado o simple pereza de pensar? Lo cierto es que el mundo de hoy va de la mano con la imagen, ya sea la foto o el video. El reinado del móvil y la foto inmediata está desnaturalizando la mirada humana ante la belleza, el arte o la imagen de lo terrible. No solo son las legiones de turistas que desgarran la geografía de lo hermoso con sus prisas, su miopía estética, sus ruidos y sus móviles. Todos estamos sometidos a la despótica exigencia de “poseer” la cosa que vemos, sólo en imagen desde luego, pero indiscutiblemente “nuestra”. Es un hecho que la acción del observador y su móvil alteran de forma sutil el objeto fotografiado. El problema es que el sujeto, una vez realizada la foto, olvida completamente la importancia del escenario que había tras él, cuya imagen forma parte de una trivial publicación en las redes. Ya sea el Cañón del Colorado, la catedral de Santiago o el recinto criminal de Auschwitz.
Si analizamos la costumbre del “selfie” -- palabra del año para el diccionario Oxford ya en 2013-- hay al menos, dos elementos esenciales entrelazados. La fotografía a uno mismo, la ‘selfie’, es en la prueba documental de que “hemos estado allí”, en el sitio más o menos preciado y lo pregonamos “urbi et orbe”. Es el principio cartesiano adaptado a nuestra época: aparezco en una ‘selfie’, luego existo. Al menos para el anónimo testigo de la Red de redes. Hay una valoración absurda pero evidente de la imagen propia, por encima del lugar o el hecho fotografiado. El segundo elemento es la cosificación objetual de lo que primero admiramos y luego banalizamos y olvidamos. Se ha convertido en un objeto de consumo para todos los que navegan en la red y se cumple la ley de nuestra sociedad neocapitalista de explotación de recursos y derroche: la vulgarización radical de sucesos luctuosos, lugares hermosos o asuntos culturales.
En estos tiempos de relativismo ético y del “todo está permitido”, suelen repetirse escenas como la del turista sonriente que se hace una ‘selfie’ bajo el cínico cartel de entrada de Auschwitz (“Arbeit macht frei : el trabajo os hará libres”), hasta el individuo que se auto fotografía con el fondo dantesco de un paisaje urbano destruido por bombardeos o terremotos Y luego lo “cuelga” en la Red. Es evidente que el mensaje terrible que muestra la imagen tras su cuerpo, no les afecta lo más mínimo.
ALBERTO DÍAZ RUEDA