Publicado en La Comarca 180423
Están aumentando de forma alarmante las agresiones sexuales perpetradas contra niñas por niños o adolescentes, a menudo en grupo. De 2016 a 2021 los delitos sexuales infantiles múltiples han pasado de 371 a 573, según las estimaciones de denuncias efectuadas, pero los expertos coinciden en afirmar que esta cifra es sólo la punta del iceberg ya que, ocultas o sin denunciar, hay muchísimas más. En 2023 el crecimiento se estima escandalosamente mucho más alto. Basta con leer los periódicos.
¿Cuáles son las razones de este brutal incremento? Se insiste en que la causa es el acceso mal regulado a redes de pornografía , en la que la exigencia de una edad adulta para su ingreso es fácilmente evitable. A mi entender, esa razón evita la auténtica reflexión que debería hacerse para afrontar un problema de enormes consecuencias para la salud mental y emocional de nuestra juventud y para la persistencia trágica de convertir el cuerpo de la mujer en un objeto utilizable hasta límites aberrantes. Creer que aumentando las dificultades de acceso al porno se resuelve el problema, es casi como prohibir el uso de cuchillos de cocina para evitar que los menores de la familia se corten accidentalmente. En las redes siempre ha habido y habrá ese tipo de negocio lucrativo. Y tratar de poner vallas a eso es como ponerlas en el cielo.
La cuestión necesita de una auténtica y radical toma de postura educativa, social y familiar. Solo se cambiará algo si en las escuelas, las familias y los medios sociales de información se diseña una línea clara y desinhibida de rechazo -argumentado y racional- de esas prácticas y agresiones en un ámbito de educación sexual. Mostrando el sexo no como algo escandaloso sino como algo natural y necesario. Enseñemos sexología desde el respeto y el conocimiento, fuera de lo vergonzoso o aún peor, lo pecaminoso, que crea culpa y rechazo. Una sociedad sin hipocresía en ese tema no tendrá niñas violadas por niños en grupo, ni comunicará una concepción de la sexualidad como un ritual degradante, de humillación y violencia contra la mujer.
El ámbito de ese tipo de educación imprescindible debe abarcar todas las clases sociales, empezando por las menos blindadas cultural y educativamente. Es una necesidad global, del país entero (y debería de ser del mundo, pero eso es una utopía aún) y tiene una importancia humana y social que debería superar los artificiales límites de los partidos y las ideologías. Y enriquecer el discurso tan en boga –a veces excesivo y poco realista- de las diferencias sexuales.
ALBERTO DÍAZ RUEDA