La Onirología (del griego onyros, sueño) es el estudio científico de los fenómenos que intervienen en el sueño, con especial hincapié en el no poder dormir, el famoso y problemático insomnio. Permítanme parafrasear a Lope de Vega con aquello de “olvidar el provecho, amar el daño/ creer que un infierno en un cielo cabe/ dar la vida y el alma a un desengaño/eso es insomnio, quien lo probó lo sabe”. Si les digo que un 30 % de la población no duerme bien, que la OMS ha declarado el insomnio como epidemia y que afecta indistintamente a hombres, mujeres, ancianos y niños, sólo arañamos la superficie de una problemática que hay que haberla padecido alguna vez para entender la importancia y la gravedad de sus efectos. En España ostentamos el preocupante récord de estar a la cabeza del consumo en Europa de benzodiazepinas y otros fármacos para inducir el sueño.
Decía el poeta que el insomnio es un infierno del alma, que te convierte en un extraño en tu casa y en tu propio cuerpo. Los neurólogos afirman que induce a padecer estados alterados de conciencia, desquicia a la persona, provoca somnolencia diurna y causa accidentes, problemas de corazón, hipertensión arterial, diabetes, ictus y tal vez Alzheimer.
Es un tema recurrente en literatura y poesía. Homero, Virgilio o Safo, tienen páginas magníficas dedicadas a los héroes o heroínas que padecen insomnio, incluidos los dioses. Poetas y novelistas de todas las épocas lo han usado argumentalmente. A partir de la Revolución Industrial, entre otras consecuencias, la luz eléctrica cambió la costumbre ancestral del primer sueño (cuando desaparecía la luz del sol) y el segundo sueño (a medianoche, en la que, tras una actividad breve, se volvía a dormir hasta el amanecer). Entonces se rompió para la humanidad el ritmo natural que vincula la claridad diurna con el trabajo y la oscuridad de la noche con el descanso.
En nuestro tiempo, el insomnio se ha generalizado: las nuevas tecnologías no duermen, nos mantienen activos las 24 horas, tiempo de sobras para angustiarse con preocupaciones laborales, crisis de todo tipo y en los jóvenes, falta de esperanza. Vivimos un tipo de existencia “líquida”, dominada por el estrés y los problemas afectivos o emocionales que genera. ¿Quién puede dormir con este panorama? Me temo que todos necesitamos un “reset”.
ALBERTO DÍAZ RUEDA