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22 febrero 2022 2 22 /02 /febrero /2022 12:16

Publicado en "La Comarca", 220222

Uno de los puntos en los que la espiritualidad – desde el taoísmo al zen o el misticismo cristiano, musulmán o judío- coincidía con los grandes maestros del pensamiento y la filosofía, desde los estoicos y epicúreos griegos a los pensadores modernos sobre el arte de vivir, es en la sabiduría del soltar, del dejar ir. Se trata de un requisito indispensable: renunciar a la narrativa interior que gestiona las expectativas, quejas, agravios y deseos con los que nosotros mismos sembramos la existencia. Basta con “soltar”, dejar de aferrarnos a la manía de percibir cómo “debería ser” la vida y las otras personas, en sí mismas o en relación con nosotros. Como carecemos de la clave correcta de lo que ES, pretender que debe ser como nosotros queremos que sea es, lisa y llanamente, un funesto error. Es aferrarse a algo que nos descentra y daña. Hay que “soltarlo” y dejar que podamos percibir la realidad sin los filtros de nuestras creencias o rechazos. Peter Rusell, en su obra “Déjalo ir” (Ed. Kairós), asegura que muchos de los problemas  personales a los que nos enfrentamos no son reales, sólo existen en la mente. Podemos despojarlos de su poder con sólo reconocer su naturaleza mental y “soltar” nuestras creencias sobre ellos.

Un ejemplo práctico, que he comprobado de forma personal, es el dolor. Este es un mensaje del organismo que nos alerta de que hay algo en el cuerpo que va mal. La reacción habitual es tratar de negarlo o ignorarlo, resistirnos y tensarnos en su presencia o buscar remedios rápidos para que desaparezca. No funciona. Prueba a dejarlo estar. Deja ir todos tus temores al respecto. Préstale toda la atención que te está pidiendo. El dolor es una sensación física inevitable pero el sufrimiento es opcional. Nace del deseo de que el dolor se retire. Por tanto, acepta ese dolor, deja que sea, relájate lo más que puedas…no tardarás en advertir que se convierte en una sensación de dolor disminuido,  que cubre y mitiga la exasperada tensión  de músculos y huesos. De alguna manera, “duele” menos. El dolor no ha cambiado en sí mismo, pero sí tu relación con él (aunque hay afecciones graves en las que el dolor requiere un apoyo analgésico severo). Pero en la vida cotidiana, aprenda a soltar el peso muerto de la mente.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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