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25 febrero 2022 5 25 /02 /febrero /2022 12:37

OBSERVATORIO POLÍTICO INTERNACIONAL

PUTIN SUELTA A LOS PERROS DE LA GUERRA  EN EUROPA

Publicado en La Comarca, 250222

A las cuatro y diez minutos de la madrugada del jueves 24 de febrero (hora española), ayer para el lector, el presidente ruso, Vladimir Putin, daba la orden de invadir militarmente Ucrania. A las seis ya era noticia en todo el mundo. Se estaba escribiendo la crónica de una guerra anunciada. El lunes pasado, dia 21, Putin “reconocía” la independencia del territorio “rebelde” del Donbass y añadía una nueva etapa a de la guerra de desinformación, bulos, “fake news” y mentiras o exageraciones que algunos medios califican como “shitstorm” (literalmente “tormenta de mierda” en español), justificando la acción militar por el “genocidio que estaba cometiendo las autoridades ucranianas” contra ciudadanos pro rusos de la zona. Durante los últimos meses de forma reiterada y obsesiva, pero siguiendo una tónica de tergiversación de la realidad muy común en altas esferas de la política y generosamente repartida en todo el mundo, incluidas las grandes potencias. Putin es un alumno aventajado de los norteamericanos, aunque sin la libertad de crítica pública que Estados Unidos tolera y ampara y que Putin no permite en su país. Por ejemplo, existe cierto paralelismo ético entre el asunto de las “armas de destrucción masiva” de Saddam, que motivó la guerra de Irak , y el “genocidio” de ucranianos pro rusos en el Donbass. Naturalmente la gravedad profunda del problema actual estriba en una básica cuestión geoestratégica: el teatro de operaciones está en un país europeo. Europa afronta en su espacio continental una agresión expansionista militar por primera vez desde 1945.

En cuanto al señor Putin, es un modelo de gobernante ladino, rígido, duro y sin escrúpulos, pero no hay que confundirlo con un loco o un psicópata, ni mucho menos con un torpe dictador ambicioso de detentar un poder global, tipo Hitler. El momento escogido para su bravata ha sido bastante “oportuno”, con los Estados Unidos en plena oscilación de su interés político estratégico que pasa de Europa al Índico (recuerden la reciente creación de Aukus, un organismo que le une a Australia y el Reino Unido para diseñar una política común frente a la hegemonía china) y con un Biden algo desorientado y poco firme, con la sombra fatal de Trump en un futuro cercano).  Y con Europa algo dividida, en plena crisis energética, tras una pandemia y su consiguiente crisis económica  y una crisis climática que requiere atención y medidas urgentes. Es la tormenta perfecta. ¿Alguien piensa que Putin no ha sabido escoger el momento para  dar un puñetazo en la mesa de los acuerdos de Minsk y contra el equilibrio de la actual estructura de Estados-nación en Europa, unidos por una UE cuestionada y una OTAN que ayer estaba “en muerte cerebral”, según algunos de sus miembros? Tampoco es una simple cuestión de testosterona y del alma rusa tan proclive a los extremos, la violencia y el sentimentalismo regado con vodka y lágrimas. Eso sería simplificar una decisión largamente meditada, que tiene su cronología de agravios desde 1991, con el desmoronamiento de la Unión Soviética, ocasión de oro que Occidente no supo aprovechar para atraer a Rusia en lugar de conseguir que se sintiera humillada y se alejara de Europa.

Ha sido tan enorme, activa y perniciosa la “shitstorm” global que unos y otros han montado en torno a la “guerra sí” y “guerra no”, que en los últimos quince días los elementos del problema han cambiado sin cesar.  En realidad, ha sido una farsa siniestra, porque se está jugando con “cosas que no tienen remedio”: la pérdida de vidas humanas, de la paz, el auge de las necesidades vitales de poblaciones a las que una guerra empuja a la miseria, el desastre económico y el puro y simple terror e inseguridad. Y estos males no afectan solo al país asediado, sino a todo el entorno: en esta época global tales horrores terminan exportando consecuencias por todo el mundo.  Se trata, como dijeron ayer en la UE, de una cuestión de “vida o muerte, no de bloques”.  Todos los actores políticos de este drama -en un lado y en el otro-, llevan más de un mes actuando de forma por lo menos cuestionable. Los rusos dando a entender hasta la madrugada de ayer que se estaban retirando, aunque lentamente, cosa corroborada por ejemplo por Jens Stoltenberg, secretario general de la OTAN, un político demasiado nervioso para su cargo, mientras en las webs y redes sociales se desencadenaba, orquestada por los rusos  y algunos medios occidentales una avalancha de informaciones, bulos y  consideraciones donde algunos veían la peluda oreja de los servicios mal llamados “de inteligencia”,  entre las dos partes en conflicto. Desde la Casa Blanca se denunció la existencia de videos ampliamente difundidos sobre falsos enfrentamientos con muertes y destrucciones en el Donbass contra ciudadanos pro rusos.  También se hablaba de medios oficiales rusos advirtiendo a su población de que Occidente preparaba agresiones contra Ucrania.

Pero vamos a buscar un hilo explicativo de esta crisis, por encima de los detalles concretos de las circunstancias sobre el terreno. En la guerra de Troya –que fue una guerra real, pero local- Homero nos “vendió” la leyenda de Paris y Helena como causa mítica. Lo cierto es que se trataba de una guerra de expansión comercial griega contra un enclave que entorpecía el libre paso y estaba en el lado contrario a la hegemonía griega. La “desinformación informativa” se convertía en literatura imperecedera. Aquí y ahora el problema con Rusia tiene unos puntos clave: la largamente gestada conversión de un autócrata como Putin en un paladín nacionalista ruso, más en el papel de un nuevo Zar imperial –anti comunista y crítico del otrora reverenciado Lenin- que del dirigente de una gran potencia del siglo XXI (que lleva 30 años tragándose la bilis que le provoca decenios de desprecio occidental y declive “imperial”, tras la caída de la URSS).

Y ¿qué  es lo que se dirime en el fondo, y tras los llamativos escenarios de la “shitstorm” mediática? Lo que algunos han llamado la “Trampa de Tucídides”. El historiador griego del siglo V a.C. que en su “Guerra del Peloponeso” escribió: “la guerra era inevitable por el ascenso de Atenas y el miedo que ello generó en Esparta”. Es decir, está en juego la hegemonía política, económica y comercial. Una guerra entre una potencia en declive y otra en ascenso. En nuestros tiempos, más complejos, se trata de dos hegemonías en declive. La “Occidental” encabezada por EE.UU, y la del Este, dirigida por la coyuntural –y “contranatura”- alianza  entre Moscú y Pekín. El escenario de batalla de semejantes “superegos” político –patológicos, es Ucrania, un país gobernado por una oligarquía corrupta, que tiene el apoyo “occidental”, como otra posible punta de lanza contra el Imperio del Este y que según Putin, con envidiable cinismo, ha sido un “invento del comunismo” y no se trata de un país “real”. Y con una zona secesionista, el Donbass, bajo interesada protección rusa, no en vano es la región más industrializada de Ucrania.

Putin, como buen alumno de la KGB (demasiado dado a riesgos extremos, decían sus profesores) es un experto en contra información, mentiroso contumaz al que favorece un gesto de indiferencia permanente, tipo Buster Keaton -pero sin la bondad de la mirada del cómico- y aficionado a estirar la cuerda hasta el máximo sin mover un solo músculo facial.

De hecho lo que Putin busca con su enroque ucraniano es sentar las bases para redefinir el concepto estratégico de la Federación rusa buscando una serie de “zonas grises” que garanticen la seguridad de sus fronteras ante la presencia creciente de la OTAN en lo que considera “su territorio geoestratégico” ya erosionado por Polonia y los Países Bálticos. No es probable que un hombre tan astuto se embarque en una larga guerra de ocupación en Ucrania, sería un error catastrófico. Aunque es  probable que entre en Kiev (a la que está atacando más directamente desde Bielorusia ). Aún así ocupar un territorio como el ucraniano, con 600.000 km2 , con una mayoría de ciudadanos hostil (excepto en Luhansk y Donetsk, el Donbass) y un occidente en contra, sería un error napoleónico o hitleriano , como Putin debería recordar.

Lo más lógico (aunque la lógica y el sentido común no pertenecen a este escenario) sería que todo quedara en una demostración de fuerza. Decía Voltaire que “en un mundo de lobos es necesario aullar y mostrar  los dientes de vez en cuando”.  La geopolítica se está convirtiendo en una política de “trileros” como denuncié aquí mismo hace unas semanas (cosa que también pasa en las políticas nacionales: ¿será otra pandemia?). Sólo hay que ver como un tipo de “acrisolada virtud” política e “inteligencia táctica” como Bolsonaro, el estrafalario presidente de Brasil, propone una alianza con el húngaro Orban (otro que tal) para apoyar a Putin en sus descalabros ucranianos y contra la OTAN y el “amigo americano”. Y no olviden que las ultraderechas de Europa ven con bastante agrado las actitudes y la “chulería” impasible de Putin.

Las medidas económicas anunciadas son casi un tiro en el pie de la economía europea y  mundial a la larga. Rusia no es un gigante económico –su estatura financiera internacional es semejante a la de Italia- como China o Estados Unidos  y el rendimiento de su enorme capital queda muy afectado por el aislamiento,  si fuese expulsada del sistema financiero internacional

Tal vez exista una vía política viable para el futuro, aunque quizá utópica dado el inmutable egoísmo político y codicia de los dirigentes y los blindados y anónimos círculos de poder oligárquicos: Una reorientación de la estructura política internacional, basada en el equilibrio de poder, la colaboración económica y la solidaridad social. Empoderar a la ONU y a las organizaciones internacionales de ayuda social y económica. Nada de hegemonías, de poderes absolutos, de carrera de armamentos, de polarización ideológica y de ignorante rumbo de colisión contra la supervivencia planetaria. Afrontar los enormes problemas que nos vienen, como seres humanos en peligro, no como americanos, rusos, ingleses o chinos. Ojalá no haga falta una guerra total para llegar a esa conclusión racional.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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