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28 enero 2022 5 28 /01 /enero /2022 15:41

PUBLICADO EN LA COMARCA 200122

Hacía tiempo que en el hervidero de la política internacional no se desenmascaraba tan claramente la  mediocridad de los líderes que están en los lugares de máxima decisión (alguna responsabilidad tenemos de que estén ahí, no se crean). Con una falta de sensatez y de memoria abochornantes, tanto el Nuevo Zar, Putin, como el presidente Biden  y el algo belicista secretario de la OTAN, Jen Stoltenberg, hablan conjunta y frívolamente de GUERRA (hay necios que le añaden “NUCLEAR”). Europa, con la reticente postura de Alemania y Francia -que separadamente instan al diálogo con Putin y apoyan una desescalada inmediata- sigue en su carácter de “invitado de piedra”  y  ese “coleguismo” del resto de los europeos… Mientras, en las altas esferas, se desarrolla una partida, no de ajedrez, de estrategia o de billar de fantasía, sino de trileros… donde siempre hay trampa, disimulo y superchería. Los actores principales: Biden, con el espectro del Comendador Trump vociferando en la antesala y cierto cansancio  que le hace parecer débil e indeciso, reiteradas meteduras de pata ante la prensa y unas vergonzantes bravatas de guerra civil en el ámbito populista (que la sociedad USA recibe sin rechistar). Y el segundo, Putin, una especie de sátrapa oriental que ha asumido la utópica labor de intentar reconstruir la Unión Soviética y que tiene un peligroso complejo de revancha ante la humillación de la pérdida del Imperio y de la falta de apoyo y tolerancia que occidente mantuvo ante el hundimiento de la URSS. 

Para Putin, sus pretensiones sobre Ucrania, el grifo del gas como chantaje, su poderío militar evidente y sus “lógicas” exigencias de poder sobre los países de su “zona de influencia”, es un “pack” a respetar por Estados Unidos, la OTAN y Europa. La lógica histórica de lo que pide es aplastante, si se tiene memoria del pasado. Las piezas bélicas que ha movido su gemelo hegemónico norteamericano durante todo el siglo pasado, desde Panamá a Cuba o Chile, Vietnam, Afganistán o Irak eran replicadas con el mismo desparpajo por Moscú en sus países satélites y en sus intervenciones ocultas. Ante este tablero de juego, hay que desechar el sesgado tópico occidental: Putin no es el –único- malo de la película. Ni tampoco Biden y la OTAN son los buenos, pese a ser “los nuestros”. En política no hay malos ni buenos, sino pragmáticos y populistas. A pesar de Aristóteles, no hay criterios éticos fiables para calificar a los políticos en la realidad (con la excepción de ciertos psicópatas históricos que todos conocen). La manipulación y las falsedades informativas están a la orden del día y cuanto mayor es la crisis, son más obtusas y aberrantes. Se tiende a un maniqueísmo simple que complace a las mayorías. Así no tienen que pensar.

El presidente Biden y la OTAN, su mano armada en Europa,  a día de hoy, no han variado sustancialmente su postura. Recordemos  el 20 de enero un Biden diciendo a la prensa una frase histórica “Espero que Putin sea consciente de que se encuentra no muy lejos de una guerra nuclear”. Aunque advertido de la enormidad de lo dicho, lo  retiró y sugirió que Ucrania, como estado soberano (sic), es la que ha de decidir si quiere entrar en la OTAN o no, y ante el puñetazo de Putin en la mesa, movió su cubilete de trilero y bajó el tono para reconocer que el tema de la entrada de Ucrania en la OTAN “no está en la agenda” y hay que hablar de desnuclearización del problema. Como ven una coherencia de alto estadista, que ayer volvió a negarse a aceptar en su totalidad las peticiones de Putin. Lo cierto es que las dos partes del conflicto intentan saber cuál es el límite que no deben sobrepasar. Pero de momento, vuelven a insistir en la vía diplomática para una negociación en la que las partes siguen enrocadas en sus posturas mutuas. Mientras, en Europa parece que no lo tomamos demasiado en serio (como pasó con la I Guerra Mundial), pues estamos ocupados pensando en cómo sobrellevar pandemia, crisis económica y crisis energética.  Pekin, apoya a los rusos y se frota las manos, aumentando su poder financiero y su expansión económica por todo el mundo, mientras sus rivales hegemónicos se pelean. Y  España, meneando la colita, envía un par de fragatas como aporte al juego y muestra de que estamos por la labor (de cara a la cumbre de la Alianza de Madrid, en junio). A ver si tenemos contento a Biden y se digna darle cancha a Sánchez.

Ucrania se perfila como un posible “casus belli” que de ninguna manera se va a circunscribir a ese país, ya que Moscú la incluye como una pieza más dentro de sus “líneas rojas” de seguridad. Y el conflicto, advierte, creará una “incómoda realidad económica y de seguridad para Europa”. Por otro lado la aplicación de “castigos severos”, medidas económicas y restricciones de tipo fiscal y bancario, por parte de la UE y Washington (que añade cerrar las exportaciones de microchips y material tecnológico,) suena a coro de tragedia griega antes de pegarse un tiro en el propio pie. Dinero, inversiones y balanza de pagos forman un techo de cristal que compartimos todos en occidente. Sin olvidar los mordiscos financieros y económicos de la pandemia, que sólo parece estar lucrando a China  y al consorcio farmacéutico, o el suministro de gas y petróleo. Además Rusia ya se está aprovechando de las diferencias que existen entre los estados europeos (por ejemplo, sobre el paso del gasoducto Nord Stream  2 por Alemania) usando la cicatería del chantaje y la activa labor de los “hackers” rusos muy ocupados esparciendo “fakes news” y alarmas por el internet occidental.

El nudo gordiano de la crisis es simple: un nuevo diseño de la seguridad europea en el que Rusia se reserva un área de control propio sobre una serie de países de su “área de influencia” y exigiendo que otros, Finlandia, Suecia y algunos países bálticos, por ejemplo, no se conviertan en cabeza de puente de la OTAN en caso de conflicto con Moscú. “Es hora de que la Alianza retorne a las fronteras de 1997”, dijo un negociador ruso, con una referencia no explícita a Estonia, Letonia, Lituania, Polonia, Chequia, Eslovaquia, Hungría, Eslovenia, Croacia, Montenegro, Rumanía y Bulgaria. Y en el lado de Moscú está la memoria viva del golpe de Estado apoyado por Washington y Europa que derribó un gobierno pro ruso en Ucrania en 2014.

En el fondo nadie quiere una solución bélica. Pero Putin, dominado por su sueño de desandar el pasado y volver a la gran Unión Soviética, un cambio global geoestratégico que es un imposible categórico para occidente. Esto nos lleva a un callejón sin salida. Putin está “trileando” con el miedo justificado a la guerra, dando a entender que está dispuesto a desafiar al destino, aprovechando el momento estratégico de la debilidad intereuropea, las divisiones (Alemania, Francia, Reino Unido), la disminución de poder norteamericano (tras la sangría de Trump y la fractura interna del país) y la  amistad con China que observa satisfecha –mirando a Taiwan- un posible cambio de política geoestratégica de Estados Unidos  hacia Europa en lugar de hacia el eje Indo-Pacífico.

Quizá el planteamiento ruso pueda ser algo más que un farol. Ya que aunque el proyecto de acuerdo ruso propuesto a Estados Unidos acaba de volver a ser rechazado, debería ser analizado con cuidado por Europa  ya que hay puntos bastante razonables (aunque no tanto para Washington o  la OTAN): las partes no deben emprender acciones que afecten a la seguridad del otro; las alianzas militares de las que forman parte, deben adherirse a los principios contenidos en la Carta de las Naciones Unidas; las partes deben abstenerse de desplegar armas nucleares fuera de sus territorios nacionales y repatriar a su territorio las que ya tengan desplegadas; no deben entrenar al personal civil y militar de los países no nucleares para usar armas nucleares, ni realizar maniobras que contemplen el uso de armas nucleares; que la Alianza  cese su propósito de ampliarse hacia el Este, es decir, Ucrania y Georgia; que garantice que no estacionará baterías de misiles en países fronterizos con Rusia; que se abra un diálogo serio entre Este/Oeste en materia de seguridad…

Para Europa sería una ventaja apreciable que se aceptaran y firmaran estos puntos, sobre todo la renuncia a las armas nucleares y el estatuto de neutralidad para los países del Este. Lo malo es que Europa no es un interlocutor necesario para los trileros. Una vez más, es una partida de poder hegemónico entre dos países líderes históricos, condenados por su propia necesidad de prestigio, interior y exterior, a hacerse trampas continuamente. Los dos tienen el suelo movedizo bajo los pies: Moscú está expuesto a revueltas en su territorio, a causa del estancamiento económico, la desigualdad y el abuso oligárquico o el sistema de poder elitista... Como Washington lo está, por la posible vuelta de Trump, que debilita a Biden y los problemas sociales adyacentes. Quizá ambos han dado con la clásica maniobra: un conflicto exterior para ocupar al pueblo y que se olviden de los problemas en casa. En puridad los dos grandes actores del drama, deberían comprender y respetar sus mutuas debilidades y dejar de jugar un juego hegemónico obsoleto e inaceptable que puede llevarnos a todos al desastre.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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