LOGOI 386
“LITERACURA”
Parece que en Cataluña se preparaba –ya no, debido a la abundancia de protestas– el destierro de la literatura, la filosofía y las lecturas de la lista de asignaturas obligatorias del bachillerato de humanidades y convertirlas en optativas. A pesar de que estamos casi en la cola en estadísticas nacionales y europeas de falta de comprensión lectora entre jóvenes y adolescentes españoles. Los neurólogos no se cansan de advertir sobre las virtudes de la lectura para el cerebro, los pedagogos, para la cultura y los filósofos, para la vida. La bienaventurada lectura de ficción –y en casos muy sensibles- de poesía, no sólo enriquece la inteligencia y cultiva la mente, sino que supone un escudo magnífico para compensar los males y excesos emotivos que la vida nos proporciona con envidiable soltura. “No hay mal que no cure una hora de atenta y profunda lectura”, escribía un clásico. La fuerza “curativa” de la literatura, “literacura”, ha sido aconsejada por los grandes cerebros de todos los tiempos.
Pero habría que recordar a esos altos funcionarios de ámbitos educativos (que parecen competir para ver quién la hace más gorda), lo que los expertos llaman “educación integral”, en la que la literatura tiene un papel esencial. Los estudios e informes consultados aseguran que dicha educación integral es un equilibrio entre conocimientos de tipo técnico, matemático o científico, con una esencial aportación de elementos humanísticos como la narrativa, el arte o la filosofía. La desvalorización del saber humanístico en la enseñanza, debido a lo que la filósofa norteamericana Martha Nussbaum llamaba la “utilidad” crematística, profesional, comercial-empresarial o curricular de los estudios, supone en empobrecimiento grave de la formación personal y social del estudiante.
Pregunten a cualquier profesor sobre el nivel de léxico, ortografía, lógica y actividades como razonar, argumentar o simplemente de pensar y estructurar una conversación, que tienen en general los alumnos. Las modas sociales y tecnológicas no ayudan con su rapidez, variabilidad y simpleza: se está perdiendo el hábito –lento, pausado- de la reflexión.
Pero no nos hagamos mala sangre. Celebremos esta noche la fiesta -¿sigue siendo realmente religiosa?-, del nacimiento de Jesús y entonemos algunos de esos villancicos tradicionales que tan sencillamente nos recuerdan el acontecimiento mítico-místico. Aunque, según un divertido artículo de Álex Grijelmo en El País, esos textos cantables están llenos de contradicciones. Como aquello de los peces que beben y beben por ver a Dios nacido y luego lo hacen por ver a Dios nacer. ¿No debería ir primero lo de nacer? También lo de que en el Portal de Belén haya simultáneamente “estrellas, sol y luna”. Si tal cosa aconteció, qué susto para los astrónomos y qué fallo para los historiadores por no haber dado cuenta de ello. Les debía una sonrisa, amigos lectores. ¡Feliz Navidad!
ALBERTO DÍAZ RUEDA