Artículo publicado en La Comarca 040423
Si Plutarco hubiera vivido en nuestra época, en sus “Vidas paralelas” colocaría a Donald y Laura como pareja de destinos y talantes políticos. Y eso que son dos vidas, las de Donald Trump y Laura Borrás, totalmente diferentes. Un ex presidente de Estados Unidos y una ex presidenta del Parlament de una autonomía española, no parecen tener mucho que ver. Pero si uno analiza –con algo de humor e ironía- las actitudes públicas y políticas de ambos, la intolerancia de sus inflados egos, su ambición y la auto convicción de ser intocables, más la irracionalidad de sus seguidores que parecen justificar la absurda tendencia de ambos en constituirse como encarnación de todos los valores e ideales de sus ciudadanías…señores, tenemos unas “Vidas paralelas” a la altura de las de Alejandro y Julio César, o las de de Hitler y Mussolini.
Trump ha sido imputado por soborno a la actriz porno Sroemy Daniels. En plena campaña de las presidenciales de 2016, Trump pagó 130.000 dólares para que la Daniels no hablara de la aventurilla extramarital del estrambótico expresidente, el primero en la historia del país sometido a una causa penal. La primera reacción de Trump fue amenazar que su inculpación provocaría “muerte y destrucción” en el país, seguramente a la altura de lo que provocó el ataque al Capitolio de sus violentos partidarios, siguiendo sus instrucciones. Lo inconcebible es que la mayoría de esos partidarios no duden en seguir siéndolo.
Por su parte, Laura Borrás, emula al americano en su maniobra básica de irresponsabilidad: olvida su culpabilidad probada en los delitos de prevaricación y falsedad documental y asegura que es una maniobra estatal contra el independentismo y la sacrosanta autoridad parlamentaria catalana. Junts, el partido que sigue presidiendo Laura B., no forzará su dimisión “por intereses electorales” .Y también siguen ese guión tóxico los radicales “indepes”. Ella asegura, al estilo mesiánico y excesivo de Trump: “esa sentencia no se hubiera dictado nunca si no fuera quien soy”. En ambos casos el desastre ético público es semejante, aunque en EE.UU puede originar una tragedia y en Cataluña, sólo una farsa. Pero angustia el egocentrismo patológico de Laura B. (como en Trump) y preocupa que ésta insista en un victimismo trasnochado e ignore que no se ha juzgado al independentismo, sino su conducta corrupta al frente de una institución. No se condena a Laura B. “en defensa de la unidad de España”, sino debido a una praxis personal ilegal al frente de una institución de la Generalitat.
ALBERTO DÍAZ RUEDA