LOGOI 272
OPTIMISMO
En varias ocasiones he recibido notas de algunos lectores sugiriendo que en mis artículos suelo pecar de pesimista. Cuando la temática es la política internacional o las crisis ecológica, energética o educacional, se me acusa cariñosamente de ser “un poco” apocalíptico. La página mensual que publico en este periódico sobre cuestiones globales son las que más “peros” suscitan sobre mi presunto pesimismo. Aunque se reconoce que lo que apunto “es la realidad”, me censuran el “sesgo pesimista”.
Pues bien, déjenme queridos lectores, que les aclare mi punto de vista al respecto. Básicamente soy un optimista irredento y lo he sido desde siempre y en prácticamente todos los órdenes de la vida. Para mí, un optimista no es el individuo que cree que todo acaba saliendo bien por muy torcido que parezca, que la vida puede ser un camino de rosas y que el género humano es básicamente bueno, solidario y altruista. Eso es ser un inocente bienintencionado que, tal vez, tenga un recorrido vital lleno de desengaños.
Un optimista real es el que, aun sabiendo que todo lo positivo apuntado sobre la existencia y los humanos es una falacia, actúa y piensa “como si” pudiera enderezar lo torcido, aceptar los tropiezos con los que la vida siembra el día a día, evitándolos o tras caer, levantándose con ánimo… pero abriendo los ojos, con un pacífico estado de alerta –sin tensiones- ante el comportamiento de sus congéneres, aceptando que todos podemos ser buenas personas y algunos incluso lo son. El optimista real sabe que hay una regla humana básica: el gen egoísta o instinto de auto conservación. Lo habitual es “barrer para casa” y nadie debe escandalizarse por ello. El optimista no lo hace jamás, porque lo comprende. Por eso se alegra cuando se producen actos y actitudes de generosidad y altruismo. Y él, si es coherente, procura ser uno de esos “escogidos” que anteponen el interés de todos al suyo. Dejemos de creer en la intocable respetabilidad humana y aceptemos, por ejemplo, la postura de Jonathan Swift, que consideraba a los humanos como “los seres más dañinos de la Creación”…pero estimaba que, a pesar de todo, el hombre era capaz a menudo de buscar el bien para la comunidad. El pesimista ve una sola cara de la moneda y la toma por un todo. El tipo de optimista que proclamo ve las dos y sabe que son distintas y complementarias. Es capaz de ver las virtudes de la civilización humana y la tecnología: también ve que están vinculadas a una cierta degradación si no se las vigila. Y siempre confía en que prevalezca la virtud.
ALBERTO DÍAZ RUEDA