artículo publicado por La Comarca el 200922
Podemos opinar que lo del “Inmemorial Torneo del Toro de la Vega”, en la vallisoletana Tordesillas, tiene sus propias razones. Pero no podemos compararlo con la tauromaquia, que aunque a muchos no nos atrae, acumula una historia ancestral y es un arte y un riesgo que, en cierta forma, concierne a sus protagonistas por igual. Nos referimos a ciertos festejos, en algunos pueblos españoles, en los que la muchedumbre, o algunos escogidos, persigue, martiriza, golpea, alancea, apuñala, despeña, a animales de diferente tamaño y condición, principalmente toros y vaquillas (también alguna cabra que se arrojaba desde una torre al vacío), entre el entusiasmo, los vítores y la excitación popular. Causa un poco de estupor comprobar cómo jueces, fiscales, alcaldes, comentaristas de televisión y muchos particulares, ya sean sapienciales tertulianos o entrevistados a pie de calle, ponen el grito en el cielo con santa indignación contra los que protestan contra semejante tradición medieval de puro maltrato populachero a ciertos animales. Los psicólogos dirían que esas multitudes excitadas por el desenfreno festivo, agresiva, alegre y descontrolada por el permiso al alboroto que suponen las fiestas mayores, parecen necesitar un “chivo expiatorio” en el que volcar todas sus frustraciones particulares, sociales o nacionales. Otros apuntan a rescoldos de crueldad gregaria y “tradicional”. En otros tiempos, arguyendo un “motivo” semejante, se perseguía a ciertas etnias religiosas, raciales, políticas o lingüísticas.
No resurge la “España negra” del trabuco y la navaja barbera y el crimen pasional, lo de “la letra con sangre entra” o “el que bien te quiere te hará llorar”. Ya no existe aquél país atrasado que toleraba la agresividad con niños, mujeres y ancianos o con animales que están a nuestro servicio. Ni tampoco somos una excepción. Esa agresividad con los más débiles, los menos dotados económica o socialmente y los animales, también ha sido una lacra en el pasado y en algunos países lo sigue siendo.
En pleno siglo XXI ese exceso de violencia inmotivada contra unos animales no debería existir. ¿No es ya demasiado censurable y dañino el belicismo actual, con sus graves daños sobre las personas, la falta de alimentos o de energía? Divirtámonos sin hacer daño a ninguna criatura: a ningún ser vivo que sufre. Hoy, la bestialidad no procede.
ALBERTO DÍAZ RUEDA