Película canadiense bastante apreciable pese a que combina unas magníficas escenas bélicas (con una visión dantesca de la guerra de trincheras que pone la piel de gallina y que sin duda fue imitada por Spielberg en su reciente "Caballo de batalla") con una trama doble sentimental con formato casi de telefilme y un guión político social de un certero sentido crítico (el mezquino ambiente antialemán en los pueblos de Canadá, incluso contra descendientes de alemanes, ya nacidos ciudadanos canadienses). Dirige Paul Grass (un apreciable hombre-orquesta, ya que además protagoniza la película y es autor del guión y de parte de la música) con un elenco de actores del país donde sólo descuella Caroline Dharverne en el papel de la joven Sara Mann (descendiente de alemanes, cuyo padre combate en las trincheras bajo la bandera alemana a pesar de haber vivido décadas en Canadá, donde nacieron sus dos hijos), no convence tanto Joe Dinicol, como su hermano David y bastante más convincente el actor que da vida al oficial británico de reclutamiento en el pueblo canadiense de nuestros héroes.
La película está rodada en el bello país del norte americano, en Calgary y los bellísimos parajes del Heritage Park en Alberta. Recoge la participación de las fuerzas canadienses junto a los aliados, Francia y Gran Bretaña, en la Primera Guerra Mundial y en concreto en la famosa batalla de Passchendeale (Bélgica) donde murieron cinco mil soldados de esa nacionalidad. Esta batalla está considerada como uno de los más penosos ejemplos del absurdo y futilidad de algunas célebres batallas, cuyos logros están en apabullante minoría respecto a su precio en vidas humanas. De hecho la toma de Passchendeale no supuso ningun avance en la situación bélica para los contendientes y pasó de manos a los cuatro meses de la batalla sin que generara ninguna consecuencia en la marcha de la guerra.
Paul Grass trata de hacer con Passchendeale lo que Peter Weir hizo magistralmente con "Gallipoli". El resultado, siendo respetable, no está a la altura. Las secuencias bélicas son realmente impactantes, empezando con el episodio bélico que dramatiza la vida del protagonista con una imagen difícil de olvidar, cuando el sargento Michael Dunne (Paul Gross) mata de un bayonetazo en la frente a un jovencisimo soldado alemán que se habia rendido y le tiende una mano musitando "Camarade". El sargento acaba de vivir como matan a tres compañeros suyos, cuando se estaban rindiendo, a pesar de gritarles a los alemanes "Camaraden" para que no dispararan (estos acaban disparando porque uno de los aterrorizados soldados canadienses, que se esta despojando de su uniforme y armas, sin percatarse tiene una granada en la mano).
Toda la mitad de la película se dedica a la vida en Canadá durante la guerra, donde se recluta a los jóvenes y hay un ambiente social lleno de patriotismo, cuyo aspecto más degradado dará lugar al drama del sargento y la enfermera --que le cuidó tras las heridas recbidas en el primer episodio que hemos comentado y luego la encuentra --bendita casualidad que desvaloriza un poco al guionista-- en su propio pueblo, hermana del otro vector dramático de la historia, el joven asmático David, que va a la guerra para que el padre de su novia le permita casarse con ella).
La tercera parte de la historia, las trincheras llenas de cráteres de los obuses, agua de lluvia, barro, lodazales, muertos y miembros humanos esparcidos por la artillería, es la mas sólida de la película. Con un sólo reparo, el final de la cruz (que no revelaremos) y que recuerda muchísimo a la secuencia del caballo aprisionado entre alambre de espino de la citada película de Spielberg "Caballo de batalla". Un poco excesiva la secuencia, pero que no desmerece la calificación notable de la película. Y, por favor, no se pierdan el final, con los títulos de crédito, en el que bajo las notas inspiradas de la canción de amor del filme, se compone una sucesión de instantáneas reales, tomadas entre las fuerzas expedicionarias canadienses, allá por los ultimos meses de 1917, en plena ofensiva de una guerra atroz que llevó a 600.000 canadienses a las pantanosas trincheras europeas, de los cuales uno de cada diez jamás regresó a casa.
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