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30 julio 2021 5 30 /07 /julio /2021 09:30

Hay quien confunde cosmopolitismo con globalización. Un ciudadano global es el que pertenece al pandemonium interclasista de las personas que viven esta época y se adhiere a su país, cultura o religión como una segunda piel. No es lo mismo que un "kosmopolités", un ciudadano del mundo (según la definición del griego Diógenes, el cínico). El cosmopolitismo, según observadores superficiales, podría ser una característica de la élite neoliberal capitalista o de una forma de estructura financiera de inversiones y fondos buitre, sin nacionalidad ni bandera. Según otros comentaristas más sesgados políticamente podría ser la definición funcional de los que no pertenecen a ningún lugar, el hombre sacer, el sujeto que es nuda vida, carece de derechos y nutre el inframundo que se mantiene en los guetos raciales. Es una clase nacida en nuestro siglo que ya no es el proletariado, sino que está mucho más abajo, lejos del mundo obrero y la clase media-baja y más aún de la pequeña burguesía, cada día más empobrecida. Un inframundo en los barrios extraradiales de las grandes urbes que bulle a fuego lento esperando un desborde o, peor, un estallido.

El cosmopolitismo que profesamos algunos, es brillantemente analizado por Martha Nussbaum en el libro "La tradición cosmopolita". Comienza asegurando, al citar al filósofo del cinismo, Diógenes, que "es posible una política -o una aproximación moral a la política- centrada en la humanidad que compartimos, más que en las marcas del origen local, el estatus, la clase y el género que nos dividen". Esa minoría de pensadores digamos profesionales y gentes del común que comparten el noble vicio de pensar, utilizan la razón para desear y promover, en la medida de sus posibilidades, que las personas comiencen a comprender que sólo uniéndonos todos los humanos podemos dejar de degradarnos. Vivir bajo unas leyes consensuadas y basadas en la razón y el sentido común. Enfocar objetivos de sostenibles de la naturaleza, igualdad y solidaridad entre las personas, fuera de convenciones, clases e intereses particulares. Eso sería el principio para poder sobrevivir y progresar. Un sistema ligado al respeto al "kosmos",  por una libre elección moral,  sostenido por la justicia y la igualdad.

Por tanto el cosmopolitismo, cuya trayectoria analiza críticamente la Nussbaum, consiste en definirnos precisamente por lo que nos hace iguales –nuestra común humanidad– es decir por lo que somos, y no por lo que tenemos, algo que cada vez es más líquido, inseguro, amenazado y evanescente. Propone un mundo donde las jerarquías no las define el dinero, las propiedades, acciones o lugar social que escalamos, sino la colaboración y la solidaridad en el reto de salvar este mundo que agoniza en muchos aspectos. Y justamente uno de los aspectos más preocupantes de las reflexiones que nos propone Nussbaum es precisamente la "otra faz" del cosmopolitismo auténtico, los nacionalismo feroces, hegemónicos, de signo autoritario, racista, excluyente y violento que están surgiendo por todo el orbe. Una demonización del Otro, extranjeros, inmigrantes, minorías raciales o de sexo, como amenazas letales que hay que eliminar de la forma más radical y brutal posible. 

Ha llegado el momento de montar un contraataque. Sin embargo, el contraargumento no puede ser tecnocrático. Las estadísticas acerca del potencial de la globalización para aumentar el crecimiento no van a prevalecer. El argumento debe ser moral, y aquí es donde entra en juego el cosmopolitismo.A los populistas de izquierda les gusta sostener que defienden la igualdad. Pero, dado que el punto de partida de los liberales cosmopolitas es la igual dignidad de todos los seres humanos, su defensa de la igualdad puede ser tan vigorosa como la de cualquier otro. Ni los cínicos ni los estoicos griegos lo hicieron, pero partiendo con Cicerón y llegando hasta John Rawls, Amartya Sen y la propia Nussbaum, la tradición cosmopolita liberal hace hincapié en que la justicia requiere “deberes de ayuda material”. No basta con invocar el valor inherente de un niño pobre. Para que ese niño realice su potencial humano, se precisan algunos estándares básicos de igualdad en el acceso a la nutrición, la salud y la educación. La igualdad, entonces, no es enemiga de la libertad, sino su aliada. Es por ello que el liberalismo cosmopolita constituye un poderoso antídoto a la retórica populista de izquierda.

En contraste, los populistas de derecha afirman representar el amor a la patria. Pero, también en este ámbito los liberales cosmopolitas pueden derrotar a los populistas en su propio juego. Como lo señala Nussbaum, no hay conflicto entre el amor a la humanidad y el amor a la patria. Por el contrario, como lo sostiene en un libro anterior, Political Emotions [Emociones políticas], el amor a las tradiciones y a las instituciones democráticas de la patria es clave para mantenerlas estables, robustas y capaces de garantizar la igualdad de derechos y de dignidad para todos.La política moderna, de modo inevitable, tiende hacia la política identitaria. Lo que resta por decidir es a qué identidad nacional apelan los políticos. Los populistas de derecha apelan a una identidad basada en “la sangre y la tierra”. Los liberales, en contraste, no aman a su patria debido a un equivocado sentido de superioridad racial o étnica, sino porque ella representa valores universales nobles.

Ya en 1945, George Orwell explicó la diferencia entre nacionalismo y patriotismo: “Por ‘nacionalismo’… entiendo el hábito de identificarse con una sola nación u otra unidad, colocándola más allá del bien y del mal, y reconociendo como único deber la promoción de sus intereses… Por ‘patriotismo’ entiendo la devoción a un lugar y a un modo de vida en particular, que uno cree son los mejores del mundo, pero que no desea imponer a otros pueblos”. El nacionalismo es tóxico; el patriotismo no lo es. Y el mejor tipo de patriotismo es el que se basa en valores tan antiguos como la libertad, la dignidad y el respeto mutuo. ¿Por qué no llamarlo patriotismo liberal? Los liberales cosmopolitas son idealistas para quienes el amor a la patria comienza con un compromiso fundamental con la igual dignidad de todos los seres humanos. 

Sin  embargo actualmente pensadores como Eric A. Posner han demostrado que el cosmopolitismo internacional , el famoso gobierno mundial, tiene un enorme recorrido lleno de obstáculos para llegar a tener alguna posibilidad, ya que es del todo evidente que el funcionamiento de las entidades como las Naciones Unidos o la UE o el Tribunal Internacional de La Haya han conseguido pocos resultados positivos y prácticos. No gozan de confianza popular ni gubernamental. En conjunto sus intervenciones en los asuntos internos de las naciones han sido desacertadas.

Particularmente destacable es el último capítulo del .libro, en el que la autora nos habla de su teoría del "enfoque de las capacidades" que enfatiza la prioridad de los derechos individuales (cada individuo es un fin en sí mismo y no un simple medio para los fines de otro), la defensa  de la importancia moral de la nación y la paralela riqueza moral del ámbito internacional. Además abunda en el aspecto económico y social practico de los derechos morales, con  lo que no se puede separar  los deberes de justicia de los deberes de la ayuda material. Unido a la distribución de  los recursos multiusos como la renta y la riqueza de una forma justa y lo más igualitaria posible, en una sociedad donde las personas tengan libertades esenciales para poder elegir las cosas que valoran. Y Nussbaum preconiza un tipo de capacidad individual interna que leva añadidas las condiciones externas que llevan consigo la oportunidad de elegir. Propone diez capacidades humanas centrales que deben ser atendidas para posibilitar el desarrollo de esa política cosmopolita global que cambiaría al mundo. No entraremos en ellas, pero aconsejamos al lector que  se empeñe en analizar ese ultimo capítulo. Como Nussbaum preconiza en su última línea:"Las puertas de la ciudad cósmica deben estar abiertas para todos", y eso es lo que "La tradición cosmopolita" demuestra.

FICHA

LA TRADICIÓN COSMOPOLITA.-Martha Nussbaum.- Trad Albino Santos.-326 pÁGS. Ed. Paidós

 

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